La amarga y breve experiencia de la Fábrica de Azúcar de Portas

La multiplicación de la oferta y la carencia de materia prima hizo fracasar uno de los grandes proyectos industriales de Galicia
Una imagen de la factoría antes de su reconversión en un centro social. CEDIDA
photo_camera Una imagen de la factoría antes de su reconversión en un centro social. CEDIDA

Una de las grandes iniciativas industriales de capitalistas gallegos a principios del siglo XX fue la construcción de la Fábrica de Azúcar de Portas. España había quedado desabastecida a raíz de la pérdida de Cuba, tras la guerra con Estados Unidos en 1898. El Gobierno fomentó la producción de remolacha, lo que dio lugar a una expansión descontrolada de su cultivo y a la multiplicación del número de refinerías.

El Diario de Pontevedra informaba, el 21 de enero de 1899, que se había visto en la capital una comisión que traía la misión de elegir un terreno para la instalación de una fábrica de remolacha. Se había encargado a Roque Carús, un médico con vocación científica, un estudio en el que concluyó que el suelo y el clima de algunas comarcas gallegas eran adecuados.

La Sociedad Azucarera Gallega de Portas se constituyó en A Coruña el 19 de febrero de 1899 con un capital de 3.500.000 de pesetas. El consejo de administración estaba presidido por Ricardo Rodríguez Pastor, del Banco Sobrinos de José Pastor. El caldense Laureano Salgado formaba parte del mismo.

La primera piedra fue colocada el 4 de junio de 1899. Se publicaron anuncios en la prensa en los que se decía que se admitían trabajadores para un año cuando menos.

Se trajo ladrillo en vapores que fondearon en Carril y también se descubrieron unas vetas de barro para su fabricación en las excavaciones hechas para la cimentación de los edificios.

En las obras de la Azucarera hubo algunos incidentes y accidentes. El más grave fue el que ocurrió al colocar una viga en la techumbre, que se vino al suelo cayendo sobre la cabeza del ingeniero que se encargaba de las obras, Herr Emilio Jurgues, de nacionalidad alemana, que falleció, siendo enterrado en Caldas.

Fue concedida, en diciembre 1899, a la Sociedad La Azucarera Gallega, autorización para establecer un ramal de vía de ferrocarril para enlace entre la fábrica y la estación ferroviaria, y en enero de 1900 se obtuvo autorización para aprovechar cien litros de agua por segundo del río Chaín.

«La chimenea tiene una altura de 65 metros, y un diámetro interior de tres metros; la torre de filtraciones 27 metros. La cimentación tiene por término medio cuatro metros de profundidad, y seis y medio en muchas partes; en los cimientos se han invertido más de 500 barricas de cemento. El perímetro de la fábrica es un rectángulo de 95 de longitud por 20 de ancho, los muros tienen una altura media de 15 metros, sin contar las casas para bombas; las máquinas elevarán 6.000 litros de agua por minuto. Cada una de las calderas pesa 15 toneladas. Los hornos de cal, las oficinas para la dirección y los laboratorios son muy espaciosos» describía la prensa.

A finales de marzo e 1900 vinieron de Alemania, un ingeniero y varios operarios mecánicos a montar la maquinaria. A principios del mes de mayo las obras de cantería de la fábrica estaban a punto de terminarse. En junio llegaron seis calderas aljibes. En julio, en el Arzobispado de Santiago hacían planes para ir a Portas con objeto de bendecir la Azucarera.

El 20 de octubre de 1900 comenzó a funcionar la fábrica con toda precisión. En dos horas de trabajo se producía un azúcar exquisito.

Los asistentes pudieron ver cómo giraban tanta y tanta rueda con el auxilio del vapor, ejecutando todas las operaciones necesarias para convertir en azúcar la raíz de la remolacha.

El aspecto que presentaba el interior era grandioso, y el ruido que se producía era ensordecedor. Por la noche, su aspecto llamativo y fantástico por la multitud de luces que brillaban a través de sus cien ventanas y por los cuatro arcos voltaicos, situados en sus costados.

Pero tanto la fábrica de Portas como la de Padrón fracasaron por la incapacidad para abastecerse de remolacha, a pesar de las campañas desarrolladas para convencer a los paisanos de los beneficios que conseguirían sembrándola en las veigas que destinaban al maíz y a las patatas. Otro motivo estriba en que compitieron entre sí por la captación del suministro de remolacha y por el personal.

Para el fracaso de las dos fábricas indicadas fue todavía más determinante la evolución del mercado, pues en España se multiplicaron las factorías. Había a principios del siglo XX más de 40, casi una por provincia. La producción superó a la demanda, lo que hizo que bajaran los precios y todo el sector se situó en números rojos.

El 15 de diciembre de 1903 se integró en la Sociedad General Azucarera de España, creada para reorganizar el sector, y fue una de las veinte que se cerró al año siguiente, casi simultáneamente con la de Padrón. En el otoño de 1906 se especuló con la posibilidad de que ambas fábricas reanudaran los trabajos, pero la cuestión quedó en rumor.