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"A mí me cogieron por los pelos, ya no contaban conmigo"

Lalo Fernández con su perra Nala en el exterior de su casa, en San Salvador de Poio, por donde camina para recuperar el tono físico. GONZALO GARCÍA
Lalo Fernández con su perra Nala en el exterior de su casa, en San Salvador de Poio, por donde camina para recuperar el tono físico. GONZALO GARCÍA
Lalo Fernández, extaxista de Poio, explica como vivió la covid-19, tras más de un mes ingresado y 17 días en la Uci

A Lisardo Fernández González, de San Salvador de Poio, poca gente le conoce por su nombre. Sin embargo, si se habla de Lalo, el que fue taxista en San Xoán durante más de 30 años, sucede al revés, son contados los que no le recuerdan en su puesto o no han precisado de sus servicios en la capital administrativa del concello poiense. Muchos han sido también los que supieron, por el boca a boca, que era uno de los vecinos que necesitó ser ingresado en Montecelo tras contraer el coronavirus.

Lalo está en su casa de San Salvador desde el pasado día 4 de este mes, tras haber pasado más de un mes ingresado en Montecelo, casi desde el principio en la Uci, y, después de 17 días de los que no recuerda nada, prácticamente otro mes en planta. El poiense reconoce, dos semanas después cerrar la pesadilla de la covid-19, que su caso ha sido de los complicados y por eso se siente afortunado. "Me cogieron por los pelos, ya no contaban conmigo", confiesa.

"Por suerte, en mi casa, no se contagió nadie más, ni mi mujer, ni mi hija"

El extaxista y su mujer regresaron de un viaje a Menorca el día 10, pocas jornadas antes de que se decretase el confinamiento y el estado de alarma. Entonces estaba bien. En los días anteriores cumplió con su hábito de ir al gimnasio. En aquel entonces, antes de la enfermedad que, entre otras secuelas le dejó con 20 kilos menos de masa muscular, solía ir tres veces por semana a gimnasia de mantenimiento y pesaba 80 kilos. Ahora pesa unos 60.

Recuerda todo aquello porque sospecha que el contagio pudo haberse producido en uno de esos dos momentos: viaje o práctica deportiva, aunque no descarta nada, porque lo cierto es que no supo de más casos. "Por suerte, en mi casa, no se contagió nadie más, ni mi mujer, ni mi hija".

A sus 69 años y con una neumonía tan agresiva, el pronóstico no dejaba mucho lugar a la esperanza

Su enfermedad comenzó con una fiebre que no se bajaba con medicación y con varias llamadas al número habilitado para realizar consultas sobre la posibilidad de tener coronavirus. Al final, el malestar pudo con su paciencia y llamó al 061 antes de irse a Urgencias. Cuando lo hizo llevaba un par de días durmiendo separado de su mujer, por precaución, ante la sospecha de tener la enfermedad. A pesar de haber tenido esa prudencia, como a muchos otros contagiados, cuando por fin le vieron los médicos, la infección había avanzado mucho más de lo deseable: a sus 69 años y con una neumonía tan agresiva, el pronóstico, según cuenta, no dejaba mucho lugar a la esperanza.

Con respecto a la experiencia hospitalaria, hay una cosa que este poiense tiene clara y que no se cansa de repetir: "los que hablan mal de la Sanidad no saben lo que dicen. A mí me salvaron, me dieron la vida. Cuando estaba en planta les pedía perdón, porque como tenía alucinaciones y delirios, la cosa estuvo complicada, y ellos siempre me decían: 'de perdón, nada. ¡Este es nuestro trabajo!'".

"Antes pesaba 80 kilos y en el gimnasio hacía los mismos ejercicios que uno de 30 años. Estaba hecho un roble y ahora estoy hecho una birria"

Incluso una vez de alta, está agradecido por las llamadas de control que recibe, tanto del hospital como de su médica de cabecera, que ya le ha sometido a una profunda revisión para empezar a trabajar en el triste legado que esta enfermedad deja a algunos de los que la superan: secuelas como sus dolores matutinos, una arritmia que deberá ver un cardiólogo, la merma de su capacidad auditiva o la pérdida de 20 kilos de masa muscular que le obliga a realizar ejercicios de rehabilitación, en casa, todos los días. "Yo antes pesaba 80 kilos y en el gimnasio hacía los mismos ejercicios que uno de 30 años. Estaba hecho un roble y ahora estoy hecho una birria", confiesa quejoso, aunque con algo de humor.

Lalo reconoce que, por suerte, se le ha olvidado mucho de lo que pasó tanto en la planta como en la Uci, en donde estaba sedado, aunque es consciente de que, por la infección y la medicación, pasó por muchos momentos de delirios y alucinaciones. "Estaba intubado y boca abajo, pero me veía andando por las paredes", comenta, y, posteriormente en planta, hasta tuvieron que sujetarle porque con la desorientación "me creía una especie de teniente coronel y les daba órdenes a todas, tenían que obedecerme y quería irme".

Por suerte, con el tiempo su situación evolucionó todo lo bien que se podía desear y ya hace dos semanas que se recupera en casa. Esta nueva faceta de su vida también se la toma muy en serio: los ejercicios de rehabilitación de brazos y piernas los cumple a rajatabla y el apetito lo ha recuperado con creces. "Como incluso el doble", sostiene, aunque reconoce que "nunca creí que me vería tan escuchumizado".

En la jornada del miércoles, completó un paseo de más de una hora por Lourido y, a pesar del cansancio, no le faltan ganas de seguir recuperándose ni de recordar lo agradecido que está con los suyos y con todos los profesionales que han conseguido que salga de esta.

"A mí me cogieron por los pelos, ya no contaban conmigo"
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