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Defensores del 'cruising' piden que se respete el área de la AP-9

Área de descanso de la AP-9 en Vilaboa, escenario habitual para numerosos practicantes del 'cruising'. DAVID FREIRE
Área de descanso de la AP-9 en Vilaboa, escenario habitual para numerosos practicantes del 'cruising'. DAVID FREIRE

La polémica en torno al 'cancaneo' en la AP-9 ha animado a sus practicantes a alzar la voz para reclamar respeto hacia unos encuentros sexuales que, sostienen, son tan antiguos como la propia autopista y que en absoluto se relacionan con el escándalo o el trapicheo, como asegura el alcalde de Vilaboa, al que critican por su falta de tolerancia

Las palabras del alcalde de Vilaboa responden a una profunda ignorancia sobre los encuentros sexuales que se desarrollan en el área de descanso de la AP-9, según sostienen los practicantes de esta actividad, visiblemente molestos con el regidor socialista. Sus manifestaciones no han dejado indiferentes a los ciudadanos que utilizan esos espacios apartados como punto de encuentro para conocer a otras personas con sus mismas apetencias.

La práctica de coincidir con gente desconocida para mantener sexo se denomina cruising -término vinculado preferentemente a encuentros entre homosexuales- y tiene lugar en espacios exteriores como el de la autopista, pero también en interiores, como clubes, bares o sex-shops, y no tiene relación alguna con la prostitución o la explotación sexual. El área de Vilaboa es una de las más antiguas de Galicia, pero no la única. 

Cerca de las ciudades existen lugares de este tipo que los usuarios, normalmente hombres, conocen perfectamente. En total hay unos diez recintos de cruising al aire libre (tres en las proximidades de A Coruña, dos cerca de Vigo, y uno en Santiago, Ferrol, Pontevedra y Ourense, además de otro muy cerca de la frontera portuguesa, ya en territorio luso), además de varias playas que disponen de zonas de encuentro sexual libre.

En boca de Pedro Suárez, pontevedrés que frecuenta el área desde hace ocho años, "venimos precisamente a eso, a descansar tranquilamente y, si se produce un encuentro apetecible con otra persona que viene con la misma intención, puede dar lugar a un momento sexual en plena naturaleza, entre dos o más personas maduras, que saben lo que quieren y lo que hacen y sobre todo, no hacen daño a nadie".

En impresión de este usuario, las palabras del alcalde de Vilaboa son "profundamente injustas" y revelan "una enorme ignorancia sobre lo que allí ocurre cada día y cada noche", ya que los encuentros se producen con una gran reserva y enorme discreción, "pues a casi nadie le gusta ser visto mientras mantiene sexo con otra persona".

Las denuncias de vecinos de las que habla el alcalde "seguro que se deben más a prejuicios morales que a un problema real, ya que en ese entorno no hay viviendas próximas y por los caminos de acceso que cruzan la autopista por arriba o por abajo hay poquísimo tráfico; sólo se entera quien tiene la insana intención de mirar o cotillear". Otra persona que frecuenta este lugar dice que "nunca vio a ningún niño por allí y escasamente a algún lugareño. Normalmente se producen encuentros breves, de no más de 10 o 15 minutos, y se buscan lugares apartados para ello".

desmentido. Lo que más indignó a las personas que frecuentan este lugar es la "tendencia que muchas personas tienen a relacionar la actividad sexual con el escándalo, y más con el consumo de drogas, algo que parece mentira en un alcalde progresista como Poceiro. Allí la gente no va a drogarse, sólo a disfrutar del sexo en libertad, tanto libres de paredes y techos, como de tabúes sociales, ya que son muchos los que toman el cruising como un desahogo y un escape de su vida familiar. Eso es una decisión de cada persona en la que nadie se tiene que meter".

"Si queremos que la sociedad disponga de espacios de libertad, debemos defender estos lugares discretos, en los que no hay escándalos, donde no se dan situaciones de comercio sexual, donde no se explota a nadie y donde se respeta la voluntad de cada persona a follar con quien quiera", dice Suárez, que añade que "son lugares que se autogeneran precisamente porque están apartados, aislados de la gente, y además tienen un alto grado de discreción". 

A su juicio, "visibilizar este asunto en los medios, mezclarlo con lo ilícito, con lo amoral o pedir más vigilancia es un ataque a la libertad de personas que no generan ningún problema social, puesto que el área existe casi desde que existe la autopista, y aquí nunca ha ocurrido ningún problema de orden público".

Los usuarios están convencidos de que la Policía conoce perfectamente las actividades que allí se realizan, pero que no le resultan preocupantes, pues las personas que lo frecuentan son ciudadanos alejados de cualquier perfil conflictivo, que van a lo suyo y no molestan a nadie. "La Policía sabe bien lo que tiene que hacer y allí no hay delincuentes, por eso no necesitan vigilar nada", aclaran. 

También realizan alguna autocrítica: "Muchos de los que vienen tiran en cualquier sitio condones o clínex, y a veces el aspecto es poco edificante. Hace años se reunían varios y dedicaban un rato a retirar fundas de preservativos y gomas, pero hace tiempo que no lo hacemos".

Más allá de las críticas, quienes frecuentan el lugar reivindican con orgullo el cruising: "Es impagable hacer el amor o practicar el sexo bajo la luna llena con otra persona a la que estás dando placer, disfrutando del tiempo y el espacio. Y resulta muy miserable perseguir a personas libres que lo único que quieren es besarse y gozar de su cuerpo sin ataduras".

Una práctica con códigos concretos

La invitación al sexo por parte de un hombre hacia otro en una zona de cruising sigue una pauta universal: contacto visual, mirada fija y palpación de los genitales propios.

También el coche juega un papel fundamental: las luces de posición encendidas actúan de reclamo y si se deja también activa la interior es para que quien se acerca pueda ver al ocupante y decidir si es o no de su tipo. En algunos sitios, también se deja un paquete de pañuelos en el salpicadero como señal.

DOGGING. El dogging (cuyo nombre deriva del famoso voy a sacar el perro) es la versión del cruising entre heterosexuales.

Basado en el exhibicionismo, ambas prácticas comparten escenarios discretos y ciertos códigos: si el coche está abierto y con las luces encendidas, los desconocidos pueden participar e integrarse en el encuentro sexual. Si las puertas y ventanillas se encuentran cerradas, no se permite contacto físico alguno. Si el interior carece de iluminación, la pareja no quiere ser molestada.

Dos áreas con actividad frecuente

De las dos áreas de descanso, la más grande y frecuentada es la que se ubica en dirección a la capital, que dispone de un torno para pasar a pie hacia el exterior del recinto vallado de la autopista. Ese torno da a una pista de muy poco tráfico, y el edificio más cercano es una residencia de ancianos, si bien desde allí sólo se divisan un par de ventanas de la esquina superior.

Cerca del torno existe un pequeño galpón que debe albergar una instalación, de apariencia abandonada, y los restos de una minúscula cantera, así como una loma sobre la que se instaló una torre de telefonía móvil. Esos espacios, aislados visualmente de cualquier vivienda, son los que mayoritariamente se utilizan durante el día para disfrutar del sexo en libertad. Por la noche se usan también los bosquecillos de la propia área.

Durante el día, resulta extraño ver más de 3 o 4 coches aparcados (y no siempre con intención sexual), mientras que a primeras horas de la noche este número puede ascender a 7 u 8, ya que es una hora socialmente más adecuada para este tipo de actividades de ocio alternativo.

El área de descanso en dirección Vigo es mucho menos utilizada, no dispone de torno, pero con frecuencia algunas personas rompen la alambrada para facilitar el acceso peatonal al frondoso bosque anexo, de dimensiones más reducidas.

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