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A Fonsagrada sube el nivel de ocio y descanso

Seimeira de Vilagocende
Seimeira de Vilagocende
El municipio más extenso de A Montaña lucense presume de bosques, seimeiras, castros y gastronomía

A Fonsagrasda sabe cómo subir el nivel. Cómo mudar estados de ánimo, cómo entrar en ti y cambiarte para siempre. Y recordártelo cada vez que vuelves. Es algo casi telúrico, me decía ayer Isidro Novo. Y será, que yo a Isidro le tengo fe, igual que a A Fonsagrada.

El municipio más extenso de Galicia —438,45 kilómetros cuadrados y 20 parroquias— sitúa al viajero a las puertas del cielo, concretamente a 952 metros sobre el nivel del mar. A cambio de esta lejanía del gran azul, el terreno se alfombra de verde en valles, se cubre de frondosos bosques, serpentean ríos, refrescan con sus cabelleras seimeiras de cuento...

Es precisamente la naturaleza uno de los grandes recursos de A Fonsagrada. Así, destacan el bosque de Carballido, la Fraga do Sanxés, la cuenca del río Rodil o las seimeiras de Queixoiro y Vilagocende. Esta última, a cinco kilómetros de la villa, es la cascada de caída libre más grande de Galicia. El salto de agua está perfectamente acondicionado con vallas, un puente de madera e incluso una pequeña fuente y restos de antiguos edificios dedicados a la molienda del grano, hoy prácticamente reducido a ruinas. Es, pues, un lugar no solo para admirar la cascada sino para deambular por el bosque de castaños y abedules.

Cerca ya de la temporada estival, otros espacios de ocio para refrescarse son las áreas recreativas de Loma de Pergua, la playa fluvial de Pena do Inferno, o el área recreativa de la Ferrería, que cuenta con el valor añadido de constituir un lugar de interés histórico.

La Ferrería do Vilar de Cuíña fue construida por la Compañía de La Vega de Ribadeo durante los años 1793 y 1794. Fue una de las ferrerías más grandes del noroeste de la Península y mantuvo su actividad hasta finales del siglo pasado. Se trataba de una herrería de las apodadas mayores, dotada no solo del horno para la reducción del mineral, sino también de varios mazos.

Lo que aquí se obtenía era hierro, el cual se vendía como materia prima a los herreros de la zona o se exportaba a otros lugares como Cuba o Países Bajos. El mineral procedía, por lo menos en ese momento, de las minas que la propia empresa explotaba en Chan de Pereira, Grandas de Salime y de la zona de Riodeporcos, aparte de lo que le llevaban a vender los particulares.

El mayor quebrantamiento de esta factoría comienza con la Guerra de la Independencia, del cual no lograría ya recuperarse, aparte claro está, de la Revolución Industrial, que hacía obsoletas y no aptas para la competencia las prácticas tradicionales. Sin actividad metalúrgica alguna, se dedicó exclusivamente a la molienda de grano.

Son estos algunos datos históricos de los que ya son conocedores un grupo de senderistas de Oleiros (A Coruña), que encontramos durante nuestra incursión a este municipio de montaña. Descansan a la sombra tras el almuerzo y alaban las maravillas naturales y patrimoniales de la zona. Expertos en esta parte de la geografía lucense, recomiendan recorrer el Camiño da República, una ruta de senderismo que transcurre entre un paisaje de gran belleza y valor ecológico.

Fueron los canteros pontevedreses de la CNT los que trabajaron en esta carretera para abrir un camino que conectara estas tierras montañosas por el cañón del río Navia. Fue un proyecto ambicioso de la II República paralizado por la Guerra Civil. A unos kilómetros de la Ferrería, en dirección a Ibias, se encuentra la aldea abandonada de A Fornaza, con una antigua capilla. Las panorámica es de infarto, al igual que desde el cercano mirador de Arexo, un enclave idóneo para todos los aficionados a la fotografía. Las instantáneas no defraudarán, eso seguro.

ALGO DE HISTORIA. Según algunos autores, la historia de A Fonsagrada se remonta a hace más de dos mil años como estación de un itinerario entre Asturias y Lugo, que pasaba por A Pobra de Burón. Por estas tierras discurre hoy el Camiño Primitivo que seguían y siguen los peregrinos provenientes de Asturias o que entran por el Alto do Acebo y atraviesan la comarca por A Fonsagrada y Baleira.

En torno al año 1200 se fundó la villa de A Pobra de Burón, que hasta 1833 estaba integrada por los actuales concellos de A Fonsagrada y Negueira de Muñiz. A lo largo de los siglos, estas tierras pasaron por las manos del conde de Trastámara, doña Inés de Guzmán o el conde de Lemos y acabaron a cargo del conde de Altamira, que mantuvo su feudo hasta principios del siglo XIX.

A Pobra de Burón merece también una visita por lo que queda de su torre medieval del siglo XV y por sus calles, bautizadas con nombres de dirigentes comunistas como Lenin o Fidel Castro. Fue el sueño de un vecino ya fallecido, Enrique Fernández, conocido como O Burón Roxo, que ansiaba recuperar para la villa la capitalidad municipal y a quien se le rinde homenaje el próximo domingo.

Ya en la propia villa de A Fonsagrada, una de las primeras paradas es la capilla de Santa María, que tiene una fuente (fontem sacratam) de donde podría venir el topónimo del lugar. El Museo da Fonsagrada ofrece una gran colección de piezas donadas por los vecinos de la comarca. Cuenta con tres plantas en las que se muestras diferentes secciones. En la de etnografía se incluye la instalación de una bodega, una forja de herrero y una lareira, así como una sección de oficios tradicionales. El mundo de la labranza se representa con un carro y herramientas típicas. La arquitectura popular se expone en la segunda planta. Un retablo y material de las antiguas escuelas rurales son otros de los elementos que pueden contemplarse.

El Museo de A Fonsagrada busca recoger la esencia de un municipio que además está plagado de mámoas, dólmenes y más de un centenar de castros que dan fe de asentamientos humanos desde épocas prehistóricas. También se conservan algunas pallozas en Paradavella, Ervellais, Pedrouzos y Liñares de Maderne y algunos molinos de agua en Vilaframil y Lamas de Moreira. Este último núcleo cuenta además con una importante iglesia románica del siglo XIII.

A Fonsagrada, hogar de naturaleza, rincón de descanso y buenrollismo. No me crean pelota, que los fonsagradinos tienen un gen especial, ese del bienestar, de la acogida, del afecto. Medio segundo tarda uno en sentirse en famila. Y más si se acompaña de un butelo. Sí, tenía que salir la gastronomía por algún lado, porque de eso también presumen en estas tierras. Y junto a los exquisitos embutidos, para endulzarse la existencia está el pastel de A Fonsagrada, de almendras y crema. Toda una delicia.

Viajen. Porque ya se sabe, hacerlo siempre es ganar. Pero hasta A Fonsagrada, mucho más. Es no sentirse extraño. Luzcan así en las alturas su mejor versión: gloria y euforia.

A Fonsagrada sube el nivel de ocio y descanso
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