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Celeste Garrido: "Me interesa darle al espectador más que algo bonito"

La artista plástica Celeste Garrido (Marín, 1972). MARTA G. BREA
La artista plástica Celeste Garrido (Marín, 1972). MARTA G. BREA
ENTREVISTA ► Crítica y feminista, su obra inspiró Beleza vermella. Acaba de iniciar una serie sobre abusos infantiles. En el marco hasta febrero

¿Qué es Tus ojos dicen lo que tu boca calla?

En esta exposición en el Marco inicio un camino en el que trabajo sobre la violencia sexual. Tus ojos dicen lo que tu boca calla es una pieza en la que se ve un vestido de niña blanco, como de comunión, levitando sobre un círculo de ojos que observan a la niña con lascivia, amenazando con agredirla en cualquier momento. De ahí que parte de esos ojos se conviertan en tentáculos. El título de la exposición y de la pieza me parecía especialmente adecuado en una circunstancia como la actual, en la que todos tenemos la boca tapada y solo nos podemos comunicar con la mirada. Cuando una agresión sexual tiene lugar cerca de nosotros, algo mucho más frecuente de lo que pensamos, se guarda silencio. Esas niñas cargan con ese lastre el resto de su vida y solo te lo trasladan con la mirada.

Hace en sus obras un uso muy impactante del vestido de novia.

Toda la serie Nupcial gira en torno al vestido de novia. Preparando este trabajo he sido consciente de cómo me fascinaba de niña ver llegar a las señoras a casa de mi madre, que era modista, para confeccionar sus vestidos. Sobre todo los de boda o de fiesta. Aquellas telas me fascinaban. Guardaba los recortes y hacía con ellos mil vestiditos. Recuerdo todos aquellos vestidos colgados por mi casa con un efecto fantasmagórico. Me he dado cuenta de que son esos vestidos vacíos son los que utilizo en mi trabajo. No hay cuerpo. Ese espacio, a priori, es como una arquitectura preciosista que nos atrae, pero que por otra parte tiene ese efecto casi siniestro.

El cine y la literatura se han acercado con frecuencia a los abusos sexuales en la infancia. Menos, el arte contemporáneo. ¿Es importante que lo haga?

Es importantísimo. Yo considero a los museos espacios pedagógicos en los que poder intervenir. Hay un libro de María Martínez-Sagrera titulado Infancias rotas en el que habla sobre lo habitual que es la violencia sexual infantil. No solamente en países en vías de desarrollo, sino también en la puerta de al lado e incluso en nuestra propia familia. Y muchas veces ni siquiera se detecta la agresión. Para las víctimas no siempre es fácil identificar que algo horroroso está sucediendo en su círculo de confianza. Que se hable de esto en museos que visitan los colegios es muy importante porque ayuda a sacarlo a la luz. Generalmente, en las escuelas no se trata la violencia y mucho menos la violencia sexual. Hablar del asunto puede ayudar a identificarlo y, además, contribuir a que adolescentes que ejercen algún tipo de violencia con primas, sobrinas, etc. y no le ven la gravedad, después sí lo hagan.

¿Se puede decir que la cuestión de género y el feminismo atraviesan el conjunto de su obra?

Totalmente. Son los dos aspectos clave de mi trayectoria.

En la escuela se estudian logaritmos, que casi nadie va a usar, pero no se habla de temas clave como violencia o feminismo

Prácticamente desde que estudiaba Belas Artes.

Es cierto. Porque cuando era estudiante acudí a clases de la profesora Yolanda Herranz, que me propuso que fuese becaria de la Cátedra de Estudios Feministas. Eso fue muy importante para mí. En aquel momento identificaba feminismo con hembrismo. Es decir, creía que si eras feminista eras anti-hombres. Otra cuestión de la que nunca se habla en las escuelas. Se estudian los logaritmos, que casi nadie va a poder aplicar, pero no se educa sobre violencia sexual o feminismo, temas clave para la mayor parte de la población, que son omitidos por completo. En la cátedra empecé a ser consciente de que el feminismo lo que reivindica es la igualdad real, la paridad, un concepto importantísimo, que tanto hombres como mujeres tengamos las mismas obligaciones y los mismos derechos. A partir de ahí todo mi trabajo fue por ese camino.

De la misma manera, le interesa el arte apegado a la realidad y a la denuncia.

Sí. Porque yo creo que el artista puede ejercer un papel social fundamental a través de la denuncia. En el momento que tú vas más allá de lo meramente estético, aunque este sea un aspecto que yo también cuido mucho porque me interesa la búsqueda de la belleza, e incluso trabajo con el deseo y con la seducción, penetras socialmente. A mí me interesa atraer al espectador, pero después me gusta ofrecerle algo más que una cosa bonita, digámoslo así. Ahí es cuando meto reflexiones sobre la identidad, el género, la violencia, etc. Me interesa mantener como creadora una actitud poética al mismo tiempo que una actitud de denuncia. Y me interesa ayudar a hacer consciente a la sociedad de los problemas que nos rodean. Muchas veces creemos que no tendremos ninguna transcendencia, pero nunca se sabe. Puede que después alguien escriba algo sobre eso y alcance una mayor repercusión.

A usted le pasó cuando Arantza Portabales se inspiró en sus obras para la novela Beleza vermella.  

Eso es. Arantza y yo somos amigas desde hace muchos años. Pero ella no conocía mi obra. No quedábamos para hablar de mis esculturas, hablábamos de otras cosas. Hasta que visitó la exposición que hice en el Museo Manuel Torres de Marín en 2016. Cuando vio la obra en la que hay un vestido sobre un círculo rojo de gelatina, la experiencia sensorial que le produjo, esa mezcla entre algo bello y dramático, una contraposición con la que me gusta trabajar especialmente, empezó a escribir su novela. Ese libro después vendió, y sigue vendiendo, miles de copias. Y todo empezó con una pequeña acción mía en Marín

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