La Odisea del Endurance

Cuando acaban de encontrarse los restos del Endurance, el escritor pontevedrés Alberto Fortes, autor del libro 'Los viajes del Shackleton a la Antártida' (2014), recuerda en este artículo algunos de los hitos de la impresionante aventura del explorador irlandés ▶ Ediciones del Viento ha anunciado que reeditará su volumen
Imagen de los restos del Endurance que acaban de descubrirse en el mar de Weddel. EFE
photo_camera Imagen de los restos del Endurance que acaban de descubrirse en el mar de Weddel. EFE

Cuando se cumplen cien años de la muerte del explorador irlandés Sir Ernest Shackleton (1874-1922), una expedición científica a bordo del S.A. Agulhas II ha localizado los restos del Endurance en el fondo del mar de Weddel, a unos tres mil metros de profundidad. Lo que más impresiona del pecio son las imágenes de su bovedilla, en la que todavía se puede leer con total claridad su nombre profético: Resistencia.

Shackleton ya había participado en otras expediciones a la Antártida: la del Discovery (en 1901, con el mítico Scott) y la del Nimrod (en 1907). Sin embargo, siempre será recordado por la expedición Endurance. Esta fue la que fracasó de manera más estrepitosa, pero también la que le concedió gloria inmortal: ni siquiera llegó a desembarcar en el continente que pretendía cruzar a pie de un extremo a otro, pero dejó boquiabierto al mundo con una aventura de supervivencia en la que fueron decisivas sus dotes de liderazgo. Como era habitual en él, supo darle la vuelta a un fracaso para convertirlo en un éxito. Eso decía el verso de su querido Robert Browning: sudden the worst turns the best to the brave.

Esta expedición fue la que fracasó de manera más estrepitosa, pero también la que le concedió gloria inmortal a Shackleton

Situémonos. A finales de la primera década del siglo veinte había una dura competición entre tres famosos exploradores polares para ver cuál de ellos alcanzaba antes el polo sur. Cuando llegó la noticia de que lo había hecho Amundsen el 14 de diciembre de 1911, un mes antes que Scott, quien murió trágicamente al regreso con sus compañeros, Shackleton no se lamentó ni cinco minutos de haber perdido la carrera sino que se puso enseguida una nueva meta: cruzar diametralmente la Antártida. Eso era lo que pretendía hacer la Expedición Imperial Transatlántica que salió de Londres el primero de agosto de 1914 a bordo del Endurance, justamente cuando la guerra estallaba en Europa. Sin embargo, todo se torció el 19 de enero de 1915, cuando la embarcación, que llevaba aparejo de vela cuadra en el trinquete y de crujía en el mayor y mesana, fue atrapada por los hielos en 76º 30' S y 31º 30' O, con 28 hombres a bordo. Quedó como una almendra en una tableta de chocolate, según la gráfica expresión de uno de los tripulantes. Muchas de las imágenes de Frank Hurley, el fotógrafo de la expedición, nos muestran al barco en esa situación y a veces uno piensa que sería difícilmente creíble su odisea si no contásemos con sus fotos. 

ISLA DE PAULETT. Tras quedar apresado, el barco fue derivando con la placa, pero las crestas de presión, que elevaban en el aire enormes bloques de hielo, iban aplastando sus costillas inexorablemente. Nueve meses más tarde, después de haber estado gareteando en dirección norte, la presión aumentó tanto que se dio la orden de abandonar el barco e instalarse en el témpano para marchar luego arrastrando los botes sobre trineos en dirección a la isla de Paulett. Durante tres semanas el barco se mantuvo a la vista, pero a las cinco de la tarde del 21 de noviembre de 1915 se hundió. En realidad, fue algo positivo: desde entonces todos los pensamientos se olvidaron de la nave y se concentraron en la nueva situación, algo similar a lo de las naves de Cortés. 

El 19 de enero de 1915, la embarcación quedó atrapada por los hielos como una almendra en una tableta de chocolate

Posteriormente, los expedicionarios lograron llegar en sus botes a la isla Elefante. Desde ella, Shackleton y Worsley, junto con Crean y McCarthy, se dirigieron en el bote James Caird a la isla Georgia del Sur, donde había una factoría ballenera, cubriendo ochocientas millas por uno de los mares más tempestuosos del mundo. Aquella fue la mejor navegación en bote de la historia, solo comparable a la de William Blight, el capitán de la Bounty. Finalmente, Shackleton y  sus compañeros lograron milagrosamente arribar a la isla y rescatar después al resto de sus compañeros con vida. 

Lo más importante de esta impresionante aventura es que nos ha dejado las mejores lecciones de supervivencia. No está de más enumerar, aunque sea muy brevemente, algunas de ellas. En primer lugar, y aunque parezca extraño: cuando se está atrapado en una situación límite, vale más dejar la realidad de lado para que lo gobierne todo la imaginación. Segundo: tampoco valen entonces los argumentos lógicos, pues es posible que la opción más racional en la práctica no sea la mejor estrategia de supervivencia. En tercer lugar: para aguantar, para resistir, hay que mantener siempre la rutina. De lo contrario, el tiempo pierde cualquier sentido para convertirse en un vacío que lo devora todo y la mente se va deshilachando como un harapo azotado por el viento. Por último, resistir, resistir siempre y a toda costa. Ese era el lema que campeaba en el escudo de los Shackleton: By Endurance We Conquer.

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