"Hay que nutrirse incluso de la destrucción"

La huella que Palermo ha dejado en Beatriz Hernanz Angulo ha quedado plasmada en una serie de poemas que ahora reúne en Cenizas solares (cuaderno siciliano). En ellos habla del mar, la soledad y la vida.
 
La poeta pontevedresa Beatriz Hernanz. JUAN ANTONIO BLANCO GÓMEZ
photo_camera La poeta pontevedresa Beatriz Hernanz. JUAN ANTONIO BLANCO GÓMEZ

Nieva en Cracovia. "La ciudad está hermosísima, pero el frío es muy intenso. Cuesta habituarse". Beatriz Hernanz Angulo (Pontevedra, 1963) todavía no ha cumplido dos años como directora del Instituto Cervantes de la localidad polaca. Confiesa que aún le cuesta lidiar con temperaturas de 18 grados bajo cero como las de estos días. Desde ese paisaje helado, la poeta habla de Palermo, donde también fue directora del Instituto Cervantes (durante cinco años). Allí escribió los poemas que ahora reúne en su nuevo libro, Cenizas solares (cuaderno siciliano).

¿Qué es este nuevo título?
Entre otras cosas, un homenaje al mar. Parte del mar de la infancia, el océano Atlántico, para llegar a otro mar, el Mediterráneo, al pie del que he estado viviendo cinco años, en Palermo. Es una reflexión sobre el paso del tiempo, que nos va configurando; una reflexión sobre el amor, la soledad y la muerte, cuando se supone que ya se ha superado la mitad de la vida. Es un análisis poético del sentido de la vida.

Mientras hay vida, hay que seguir adelante y volver siempre a buscar la alegría, la esperanza y la belleza, a pesar de la fragilidad

¿Por qué Cenizas solares?
Es un oxímoron, na figura retórica que implica una contradicción. Las cenizas son lo que queda después del fuego, cuando este ya está apagado. El Sol, sin embargo, es algo vivo y activo, la fuente de vida en la Tierra. El título tiene que ver con la idea del ave Fénix y el resurgir de las cenizas. Así fue que en ese territorio siciliano recomienzo, después de la muerte de seres queridos, de mi madre y de mi hermano [el árbitro y abogado Rafael Hernánz Angulo], y del final de una historia de amor que ocupó casi media vida. ¿Qué hay que hacer cuando el amor se acaba? ¿Cuando fallecen los que quieres? Hubo que volver a la niña que fui para volver a recomenzar. Porque mientras hay vida hay que hacer eso, seguir adelante, recomenzar, volver siempre a buscar la alegría, la belleza, la esperanza y la luz, a pesar de la fragilidad. En definitiva hay que volver al Sol y tratar de rescatar las cenizas de la vida hasta el último segundo.

¿A eso hay que agarrarse cuando el amor se acaba o la muerte se cruza en el camino?
Nos golpea la muerte y nos golpea la vida. Hay muchas cosas que van desgastándonos. Ahí hay que volver la mirada a la naturaleza. En este sentido, este libro es una vuelta a la observación del mar, de las montañas, de los animales y del ciclo de la vida. En los poemas está toda esa observación que realiza una mujer sola para volver a conectarse con la vida.

En la poesía no hay que tener prisa. La poesía te dirige a ti. Así que hay que ser humilde y dejarse llevar

¿Hay mucho en este libro de la huella que ha dejado Palermo en usted? ¿Qué diría que ha sido lo que más la ha marcado de su etapa en Sicilia?
Muchísimas cosas. Una belleza espectacular. Creo que los suyos son unos paisajes hermosísimos. Date cuenta de que no solo estamos hablando de una tierra rica de por sí, sino que hay un volcán, el Etna, que nutre con sus cenizas su agricultura. Por eso las naranjas tienen ese sabor tan rico, porque las cenizas del volcán están abonando su tierra. El Etna es un volcán que marca la llegada a Sicilia. Es una especie de metáfora para mí, de cómo hay que nutrirse, incluso de la destrucción, para seguir reivindicando la vida. Sicilia recibe también unos vientos cargados con arenas del desierto. El desierto, que parece simbolizar la falta de vida, en esas arenas que vienen de África trae beneficios para la tierra, la nutre. Todo eso es Sicilia. En invierno y en verano crecen las flores en todas partes, incluso en los desechos. Esa exuberancia te llena de optimismo. Aparte está la gente. He dejado allí grandes amigos. Es un lugar al que siempre quieres volver. La experiencia siciliana para mí ha sido muy enriquecedora como persona, como poeta y como gestora cultural. He aprendido a amar profundamente ese territorio complicado en muchas cosas, pero maravilloso.

Le gusta definirse como una poeta lenta. Realmente lo es. Su anterior poemario, Habitarás la luz que te cobija (Ars Poética) es de 2017.
En la poesía no hay que tener prisa. La poesía te dirige a ti. Así que hay que ser humilde y dejarse llevar. Si intentas escribir un poema solamente a través del oficio, probablemente el resultado formalmente esté bien, pero carecerá de alma. No tiene esa sustancia que te permite llegar al lector. Y el lector es que el que termina el poema. Yo utilizo una serie de elementos biográficos, emocionales, observacionales, con lo que construyo un protopoema. Luego elimino la anécdota y la narrativa hasta que queda lo que para mí es la esencia. Finalmente es el lector el que reconstruye el poema y comprueba si le golpea de alguna manera o no. 

¿Ha cambiado mucho su forma de enfrentar la escritura poética a lo largo de los años?
Hay algunos temas que como leitmotivs atraviesan todos mis libros. Pero evidentemente hay una evolución. Al principio introducía muchas metáforas surrealistas. Hoy mis poemas son más depurados y bastante más libres. De cualquier manera, cada libro te va marcando su tono. Esa fertilidad de la tierra siciliana, a mí también me provocó una cierta fertilidad literaria. Hubo etapas en las que escribía poemas todos los días. De una forma casi compulsiva. Si no escribía, no estaba tranquila. Lo que hay que hacer, como te decía antes, es dejarse llevar por la poesía. 

¿Podría haber dentro de un tiempo un cuaderno polaco?
Podría ser. Estoy escribiendo bastante en Cracovia, un sitio que está en las antípodas de Palermo. En cuestiones de trabajo estoy feliz. El equipo que tengo es estupendo. Además, la ciudad es preciosa y, cuando nieva, que lo hace con frecuencia, bellísima. Pero el clima es opuesto. En Sicilia tenía muchas horas de luz solar, calor y Mediterráneo. Aquí no. Aquí estamos en Centroeuropa, el invierno es duro y hay que habituarse a la falta de luz y a convivir con 18 grados bajo cero. La experiencia es radicalmente distinta. Todo eso, de alguna manera, marca también la poesía.

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