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Semblanza de De la Sota

Foto histórica. Arquitecto pontevedrés Alejandro de la Sota
Foto histórica. Arquitecto pontevedrés Alejandro de la Sota

Coincidiendo con el homenaje de la Real Academia Galega de Belas Artes, este diario recogen una "semblanza" del arquitecto pontevedrés escrita por uno de sus hijos, José de la Sota Rius, y publicada originalmente en la revista Galegos

En el caso de mi padre, Alejandro de la Sota, vida y obra caminaron excepcionalmente juntas, tan juntas que resulta aún hoy imposible separarlas. A partir de un punto, sólo el recuerdo y las obras perduran. Después, sólo estas. Hoy aún estamos los que le podemos recordar, los que podemos hacer un relato que se asemeje a la vida, lo que queda en nuestra memoria después del paso del tiempo, transmitir en suma una semblanza —un semblante— verosímil y cercano que permita también, quizás, conocer mejor sus obras.

En esta semblanza contaré dos imágenes, dos recuerdos, uno del principio de cuando yo era aún niño y otro del final, de cuando él era ya mayor. Cierto día nos preguntaron en clase sobre la profesión de nuestros padres. Uno contó cómo su padre médico, en bata blanca, curaba a los enfermos en el hospital: él, de mayor, también sería médico. Otro, cuyo padre era abogado, habló del despacho con sus inmensas estanterías llenas de libros —imagino que aranzadis— y los otros de otras ocupaciones. Cuando me llegó el turno me preguntaron cómo trabajaba mi padre que dije que era arquitecto. Expliqué entonces que pasaba las mañanas en pijama, tocando el piano y que por las tardes iba al estudio donde hacía unos dibujos en papel muy fino que luego daba a Fermín, el aparejador, para que se dibujaran a tinta en papel cebolla. Todo hizo mucha gracia en clase: imaginar al papá de un compañero a las doce de la mañana en pijama, tocando el piano y haciendo dibujitos en "papel cebolla" no debía ser para menos. Para mí era lo normal. Mi padre iba tarde al estudio, regresaba aún más tarde y en muchas ocasiones al irnos por la mañana al colegio, podíamos encontrarle charlando plácidamente con un whisky en la mano con mis tíos o con amigos en el salón de casa como si fueran las ocho de la tarde y no las ocho de la mañana. Otra versión de este recuerdo es mi padre tarareando mientras tocaba imaginariamente el piano en su cabeza calva, sentado en el sofá, pensando en su arquitectura. En qué si no. Esto sería más difícil de explicar que lo del piano y seguramente por eso opté por el primer relato. Todo era normal, nada que no tuviera que ver con la libertad para estar y hacer en el mundo, ser dueño de uno mismo, coincidencia casi exacta entre lo que haces, quieres hacer y debes hacer, tomándote tu tiempo, sin ansiedad de ningún tipo, incluso sin la que marca tu vocación y más aún, el ejercicio de la profesión. Todo contrastaba con la imagen de obligaciones y deberes que el mundo adulto proyectaba sobre los niños. Nada que ver, tampoco, con la imagen al uso de bohemia más o menos ácrata del artista. Insisto, todo era muy normal.

Pasaba las mañanas en pijama, tocando el piano y por las tardes iba al estudio

Se estaba mucho en casa y la casa era un espacio importante para estar. Los salones de las tres casas en las que fuimos viviendo estaban muy cuidados en sus detalles para estar bien, para estar a gusto y para estar todos, también, claro, los amigos de los padres y los nuestros que se integraban fácilmente a ese espacio y a ese estar. Es cierto que con siete hijos el grado de deterioro era rápido y difícilmente reparable, pero aún así siguieron siendo lugares donde el tiempo pasaba sin notarse. "La importancia de la arquitectura no es otra que la del ambiente que crea, un ambiente es conformador de conductas" es una frase de mi padre que refleja para la arquitectura una idea de la utopía moral en la que nosotros fuimos educados y que se reflejaba y vivía en esas casas. Las paredes y techos con corcho Armstrong y aislamiento acústico permitían estar hasta altas horas de la noche oyendo música sin molestar y sin ser molestados y conversar durante horas sin ecos.

En casa se oía mucha música. Como ya he dicho, mi padre tocaba el piano y lo tocó desde niño aunque de forma irregular. Posiblemente le hubiera gustado ser pianista y tenía dotes para ello pero cuando iba a terminar el bachillerato y a decidirse su futuro, su padre y el director del colegio de los Maristas donde estudiaba pensaron que, dibujando bien y sin tener problemas con las matemáticas, lo lógico era que estudiase para arquitecto. Y así se hizo. Dos años de preparación en Santiago y después ya, definitivamente, en Madrid.

Pero siempre la música estuvo presente. Recordaba que cuando no tenía piano pasaba largas tardes leyendo partituras, desde las sonatas de Beethoven a las reducciones para piano de grandes obras sinfónicas muy comunes entre los aficionados. Después, en los momentos de inactividad profesional buscada o sobrevenida, volvía siempre al piano. Sobre todo a Mozart. La exactitud y libertad que exige eran cualidades a las que se sentía muy cercano junto con el sentido del humor para saber ver la sorpresa y la aparente sencillez sencilla, inalcanzable. Todavía guardamos una grabación de las variaciones K. 265 muy bien tocadas, repito, con exactitud y mucha libertad. También se acercaba regularmente a Beethoven que aportaba el rigor de un ideario moral y seguridad en la propia obra, en su persona y en su papel en el mundo. Y de Bach, todo mejor o peor tocado en la medida en que la técnica se lo permitía, pero leído y conocido a conciencia. Desde las Variaciones Goldberg hasta El Clave bien temperado, el Concierto Italiano y todas las partitas y las suites inglesas y francesas para piano o los pequeños preludios y fugas, las invenciones formaban un repertorio constante y repetido. Bach aportaba la teología de la Razón y la del corazón. Un poco del Microkosmos de Bartok, algo de Schubert y de Chopin. La música contemporánea tenía su hueco más como descubrimientos sorpresivos que generaban extraños entusiasmos que por voluntad de estar al día o por "obligación" intelectual. Todavía recordamos los hermanos como nos hizo escuchar, al poco de salir el disco en Alemania, la obra Stimmung de Karlheinz Stockhausen para seis voces y seis micrófonos del año 1968. Las risas por esas modulaciones electrónicas de la voz no estaban permitidas y con paciencia y obediencia, escuchamos más de una vez los setenta y ocho minutos que dura la obra. Otro "ejercicio espiritual" al que nos obligaba alguna vez era Tomás Luis de Victoria y su Officium defunctorum que se escuchaba en silencio y sacramental penumbra.

Alejandro de la Sota en su estudio. Fundación Alejandro de la Sota

Al ir creciendo los hermanos nos incorporábamos a la tertulia de los mayores en las que se hablaba de pintura, exposiciones o fotografías. Estas reuniones nocturnas eran muy familiares, mi tío Jesús, mi tía Amparo Cores y sus hermanos, pintores los dos exquisitos y escondidos también en la recreación del mundo a partir de uno propio, íntimo y suficiente, y unos pocos amigos muy cercanos o jóvenes colaboradores del estudio. No eran, "tertulias intelectuales" como las que conforman una parte de nuestra historia. No había voluntad de construir ningún grupo, ni ninguna sensación de estar en ninguna Resistencia, por más que sus obras, tanto entonces como después, eran combativas contra las sucesivas modas. Mi padre vivió toda su vida al margen de grupos y tendencias articuladas. Simplemente no le interesó nada y a partir de su salida forzada a comienzo de los setenta de la Escuela de Arquitectura de Madrid, donde había sido profesor 16 o 17 años, se enclaustró más aún en casa y en su estudio. Este hecho le marcó profundamente y como en tantas otras ocasiones, no entró en negociaciones con lo establecido y, al día siguiente de su suspenso, dimitió definitivamente y no volvió a la Escuela de Arquitectura.

Mi padre vivió toda su vida al margen de grupos y tendencias articuladas

Continuó en casa y en el estudio. Podría dar charlas sobre su obra a arquitectos jóvenes que duraban cuatro y cinco horas pero difícilmente se le podría encontrar en tertulia pública o privada con otros arquitectos. Rehusó con humor los intentos de algunos amigos por hacerle académico de Bellas Artes y doctor honoris causa de varias universidades y sólo muy al final de su vida aceptó algunos reconocimientos y premios.

Tomándose muy en serio la arquitectura, paradójicamente, se alejó de sus colegas y no parece que hiciera de ella una carrera ni tan siquiera una profesión al uso, si por esto se entiende la culminación creciente y con éxito de obligaciones externas. José Llinás, arquitecto que le conoció bien en las últimas décadas, habla de su arquitectura como de "pasatiempo", es decir del juego intelectual que supone la resolución mental de problemas con muchas variables. Desde el momento inicial en que el arquitecto se enfrenta al proyecto en su cabeza, con su papel y su lápiz, con toda las incógnitas abiertas, el hacer arquitectura se va espesando, "cosificando" con la intervención y el acuerdo con otros, con la materia misma y sus cálculos de resistencia, con las normativas, con la opinión de los colegas de profesión que te observan, con la cambiante opinión del cliente o interesada del constructor. Del impulso original, del disfrute por resolver, poco queda ya entonces y suele la melancolía o la soberbia invadir a los arquitectos. Mi padre supo conjugar este inevitable proceso de "cosificación" y pesantez (pesadez diría él seguramente) de la arquitectura, con una "sencillez sencilla" con la que disfrutaba en cada paso, hasta el remate final, si le dejaban, de amueblar el edificio. Tenía una enorme prevención a la arquitectura aprendida y daba más importancia, toda, a la sensibilidad y a estar abierto a la sorpresa que marca el propio proyecto, que a la erudición y al "estar al día" que daban las revistas de arquitectura.

Todo tenía que estar claro en la cabeza mucho antes de trazar la primera línea y, aunque fue un dibujante excepcional, defendió siempre que el dibujo debería ir después del pensamiento. Sus croquis y planos tienen una coherencia interna centrada en la claridad, en no poner nada que no fuera necesario para la comprensión de la idea que había de construirse. Los croquis generales o los de detalles constructivos que de niño le veía hacer en una servilleta de papel de una cafetería o en el reverso de un sobre tenían más intención en la construcción que el plano oficial entregado al Colegio de Arquitectos. Los delineantes del estudio fueron magníficos y tradujeron fielmente y con un estilo propio ese espíritu a los planos necesarios para permisos, calculistas y constructores.

En ese sentido, podría decir que mi padre tuvo en su vida sólo dos pasiones: la música y el dibujo. A la arquitectura, creo yo, llegó por el dibujo y por la ética entendida como la satisfacción de pensar que resolvía honestamente problemas de cierto interés. Y creo, también, que la música, su constante cercanía, le hizo mejor arquitecto. Música y dibujo los practicó desde la infancia hasta el final de su vida, le acompañaron siempre y fueron para él siempre motivo de alegría y de su fino sentido del humor.

Podría decir que mi padre tuvo en su vida sólo dos pasiones: la música y el dibujo

Muchas veces junto al croquis de la barandilla o del encuentro entre la ventana y el muro, aparece una caricatura del interlocutor a quien explica el detalle. Porque desde la infancia, junto a la música, el hacer caricaturas fue otra constante en su vida. Contaba siempre que de niño conoció a Castelao, precisamente por esta afición. Sus caricaturas no buscaba la exageración de los rasgos sino las intenciones y eso dolía y mucho por lo que no solían gustar a casi nadie las propias. A mí, que me hizo muchísimas, desde luego me molestaban entonces y aún ahora, cuando ya, me temo, me parezco demasiado a ellas.

Sus pocas obras construidas, su silencio público, el estar siempre donde quería estar -charlas con alumnos en su estudio o siendo jurado elegido por los arquitectos en infinitos concursos por toda "la geografía española"- le permitió siempre una presencia atenuada pero constante que sin embargo hizo que se le siguiera siempre con tensión. La fascinación que su obra aún produce y unos pocos alumnos fieles hicieron el resto. Al morir su familia creó una pequeñísima Fundación para que su archivo no terminara desperdigado y para poder ponerlo a disposición de aquellos estudiantes con los que siempre le gustó estar (www.alejandrodelasota.org).

Segunda imagen de esta semblanza. A principios de los ochenta mi padre tuvo que cerrar por segunda vez el estudio. En los cincuenta, y según confesión propia y sin pudor, lo hizo porque no le interesaba lo que ya sabía y el camino "fácil" y "aprendido" de la profesión. El Gobierno Civil de Tarragona y sobre todo el Gimnasio Maravillas le mostraron un camino posible para él. En realidad su obra construida es escasa y casi toda pública, bien ganada en concursos o por su condición de funcionario; además de unos pocos encargos de familiares y amigos cercanos. Ni la reconstrucción de la postguerra, ni el desarrollismo de los setenta, ni el boom inmobiliario de los noventa le pillaron y todos estos grandes momentos para la profesión pasaron por él sin apenas dejar señal o algún encargo señalado. Siempre fue arquitecto público y de concursos. La libertad del concurso público le parecía enormemente atractiva. La exigencia y responsabilidad que la obra institucional debía tener, la ausencia de tontería frente al capricho del promotor encajaba con su forma de estar. El Gobierno Civil de Tarragona, una de sus obras emblemáticas, se ganó en concurso público y gracias a eso ni el Excelentísimo Señor Gobernador Civil de entonces ni tan siquiera su Excelentísima Señora Esposa pudieron evitar su construcción. Y eso que lo intentaron con todo el poder de sus cargos puesto encima de la mesa de dibujo. En un momento dado, contaba mi padre, el Gobernador Civil cogió el lápiz para tratar de explicar torpemente su opinión sobre el mismísimo plano. Mi padre, con calma lo impidió y sonriendo le explicó que el lápiz era un instrumento exclusivo del arquitecto. Da la sensación que se ha perdido ese espíritu en la obra pública y hoy sus responsables actúan con el mismo capricho que aquel gobernador de Tarragona. A mi padre le sentaba mal no ganar los concursos pero, en ese sentido como en tanto otros, tenía espíritu deportivo y volvía a presentarse de nuevo. Como solía decir, el arquitecto debía intentar "dar liebre por gato" a los propietarios, más aún en las obras del Estado.

De la Sota recibiendo la Medalla de Oro de Arquitectura en 1988. archivo

En esta situación límite, sin trabajo durante meses, deudas por el cierre del estudio y una familia numerosa, algún buen amigo le recomendó que volviese a ser arquitecto de Correos. Mi padre, al comienzo de su carrera había trabajado para el Instituto Nacional de Colonización y entró también de funcionario en Correos, el tiempo justo para pedir a continuación la excedencia y dedicarse a los concursos.

A punto de entrar en la edad de jubilación, volver de nuevo a Correos suponía un sueldo "in extremis" y una pensión después. Así, con más de sesenta años "tocando el piano en pijama por las mañanas" y trabajando por las noches, tuvo que volver a madrugar y fichar. Madrugar, visto los antecedentes, lo llevó muy mal pero en pocos meses consiguió al menos que le dejaran llegar más tarde. Sus hijos, al que le tocara, le llevábamos en coche hasta la plaza de Cibeles y después nos íbamos a la universidad. Su trabajo consistía en rehabilitar multitud de oficinas de correos dispersas por toda la geografía. Coger un mal local y adecentarlo con poco presupuesto para unas oficinas oficiales, era un trabajo poco atractivo incluso para un recién salido de la Escuela. La verdad es que nunca se quejó de esto. Muchas veces le llevamos de "visita de obra" por aquellos pueblos y disfrutaba dándole la vuelta a aquellas oficinas mugres, diseñando el mostrador o la sala de espera, los apartados de correos o la barandilla de entrada con el mismo interés que si fuera un gran edificio. Un ejemplo. En Correos de León los archivadores tenían una ligera inclinación que impedía que se acumulasen los expedientes a la vista del público, algo de por sí muy deprimente pues inevitablemente piensas en qué lugar de esa montaña estará tu sobre. Con esos detalles se divertía mucho. Y no era optimismo, era disfrutar con resolver problemas arquitectónicos, pensar en el público de la oficina, en el trabajo de sus funcionarios, en la luz o en el orden visual que todo aquello tenía que tener, en la tolva de las sacas de correo, en la el engarce de la fachada con el jardín (propuso al Ayuntamiento acometer también su remodelación) y dar otro aire a la imagen que las oficinas de Correos tenían en España, buscando dignificar la presencia importante del Estado en aquellos pueblos. Íbamos y veníamos en el día, con un picho en el bar de la plaza, con el aparejador de turno, el delineante o con el joven arquitecto funcionario que no podía creerse la suerte de tener a D. Alejandro tan cerca. Hacer de cada tema un tema importante y sacarle punta era una actitud, una suerte, un disfrute.

Hacer de cada  tema un tema importante y sacarle punta era una actitud, una suerte, un disfrute

Un día, de camino al Palacio de Correos, me comentó que le habían encargado un edificio grande, la sede provincial de Correos en León y que estaba preocupado porque no tenía ninguna idea, nada con lo que poder arrancar un proyecto de esas características situado, además, en el casco histórico de la ciudad. Nada. Le comenté que no podía creer que no tuviera recursos, después de cuarenta años de profesión, para abordar sin más el trabajo. En el fondo, mis palabras sonaron a que hiciera una "faena de aliño" unos meses antes de la jubilación. Me miró, no sin cierta decepción creo, como si yo no entendiera que la experiencia no sirve, es más, que es un estorbo que hay que conjurar. Sentir la soledad, -no la inseguridad-, formaba parte de una actitud, jugar siempre en campo contrario, sin contar siquiera con lo aprendido, también. El no hacer "Arquitectura" ayudaba para que el resultado último fuese mejor.

Estas dudas, terminaron pronto y se lanzó a uno de los edificios más complejos, más trabajosos de su vida. Un edificio de chapa industrial, "color León" trabajada con el aplomo y elegancia suficiente para que pudiera estar sin ofender en los aledaños de un casco histórico. También le llevábamos sus hijos a las visitas de obra a León. Estos viajes eran siempre una incógnita. Un edificio que creo que no gustó a casi nadie hasta que se terminó y que tenía en su contra multitud de pequeñas trabas con el Ayuntamiento, la contrata, el delegado provincial, el subdelegado provincial, el jefe del negociado del subdelegado provincial, el jefe de Correos y a su mujer que vivirían en el edificio... No sabía lo que se iba a encontrar después de un mes sin ir. Las contratas terminaban casi siempre siendo aliadas de "la propiedad" representada en este caso paradójicamente no por mi padre sino por las autoridades locales de Correos y aprovechaban estas inevitables ausencias para avanzar a toda prisa modificando el proyecto, sin esperar a una arquitectura que también se amasaba y rectificaba en caliente. Una vez allí, visitando cada detalle, la decisión era cómo integrar la chapuza encontrada en el proyecto para no causar ni retrasos ni recargos en el presupuesto.

Algunas veces nos acompañaban otros arquitectos. Uno de ellos, realmente muy conocido ya entonces, le cogió en un aparte y sorprendido le dijo a mi padre "¿De verdad que te has lanzado a este proyecto sólo con el sueldo de funcionario?". No recuerdo la respuesta pero sí la que le dio a otro arquitecto cuando, repasando su obra importante disculpaba algunas de menor exigencia llamándolas "alimenticias" como Buñuel con sus películas mexicanas. Mi padre, le miró y le dijo con su media sonrisa, "siempre existe la posibilidad de comer menos". No le gustaría que contase estas cosas porque de estas cosas no se hablan. Lo siento.

Una vida tan radical ha sido interpretada algunas veces como impostación. Pero eso es no entender nada. Fue arquitecto con la misma naturalidad y seguridad en sí mismo, con el mismo entusiasmo y coherencia y, por tanto, con la misma renuncia a otras muchas cosas, que cuando tocaba el piano en las mañanas de mi infancia, hacía caricaturas o dedicaba muchísimas horas a diseñar un marco universal para puertas que facilitaba sin esfuerzo el cambio de sentido de la apertura en obra con lo que se abarataba la construcción, o un colchón que permitía que no se te durmiera el brazo al dormir de lado (una idea que le dio un gran disgusto al comprobarse que ya estaba patentada en Estados Unidos). De las horquillas de pelo de mi madre hizo unas sillas en tubo de acero convertibles en tumbona con un simple movimiento que nos mantuvieron entretenidos durante años. Visitar los polígonos para encontrar al metalistero que las doblase o al tapicero le llenó estos años con el mismo entusiasmo y constancia que cualquier proyecto más ambicioso.

Dedicarse con esta intensidad a las cosas que le apasionaban le salvaron de lo cotidiano, con sus pequeñas alegrías y grandes tristezas: "Me gustó siempre hablar de la Arquitectura como divertimento; si no se hace alegremente no es Arquitectura. Esta alegría es, precisamente, la Arquitectura, la satisfacción que se siente. La emoción de la Arquitectura hace sonreír, da risa. La vida no". Solo mi madre Sara hizo posible que esto fuera posible.

*José de la Sota Rius (Madrid, 1961) es el séptimo hijo de Alejandro de la Sota y Sara Rius. Estudió Historia en la Universidad Complutense y se dedica a la gestión de la ciencia y la tecnología. Versiones de este texto se han publicado en la Revista Orvis Tertius de la Fundación SEK bajo la dirección de Jon Juaristi y en la revista Galegos. Más información sobre Alejandro de la Sota en la página web de la Fundación: www.alejandrodelasota.org

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