"Soy un tipo muy afortunado"

Robar los huesos del apóstol Santiago de la Catedral de Santiago, "al más puro estilo Ocean’s Eleven". Es lo que tiene que hacer la protagonista de la última novela de Manel Loureiro. La ladrona de huesos se presenta este lunes (20.15 horas) en la iglesia de San Francisco de Pontevedra.
Manel Loureiro, con su libro, en las escaleras de San Francisco. GONZALO GARCÍA
photo_camera Manel Loureiro, con su libro, en las escaleras de San Francisco. GONZALO GARCÍA

Espías, robos imposibles, reliquias religiosas y el Camino de Santiago se mezclan en la última novela de Manel Loureiro (Pontevedra, 1975). En apenas unos pocos días, el escritor superventas ha colocado esta nueva obra, La ladrona de huesos, en el top 10 de libros más vendidos en España. De su anterior trabajo, La puerta, que transcurría en Pontevedra y en Cerdedo-Cotobade, despachó más de 100.000 ejemplares.

Para presentar la novela en Pontevedra ha elegido la iglesia del convento de San Francisco.
Estoy superfeliz y no puedo estar más agradecido. La de San Francisco es una iglesia que está en el mismo corazón de Pontevedra y que lleva siete siglos formando parte de esta ciudad. Se fundó en el 1300 y pico y ésta va a ser la primera vez que se va a utilizar para algo no sacro. Soy consciente de que esto es un privilegio enorme. ¿Qué es lo que va a pasar el lunes a las 20.15 horas? Lo veremos. Va a haber sorpresas, ya te lo puedo asegurar.

Nos tenemos que sacar muchas tonterías de la cabeza, muchos complejos estúpidos, y entender de una vez que lo que tenemos aquí puede llegar a todo el mundo.

¿Por qué eligió el Camino de Santiago para ambientar esta historia?
Por varios motivos. Uno de ellos tiene que ver con lo que significa para esos millones de personas que lo han hecho a lo largo de la historia. Cada año lo siguen realizando cientos de miles de individuos y para todos es una experiencia transformadora. Y no solo desde un punto de vista religioso. Por otra parte, aunque se han contado muchas veces historias del Camino, casi siempre ha sido en clave histórica o en clave de realización personal. Nunca se había contado un thriller de este tipo, que yo sepa: un robo imposible, una historia tan aparentemente absurda como la de conseguir hacerse con una de las reliquias más sagradas de la cristiandad. Quería contar eso. Y meterle agentes de la KGB y un robo al estilo Ocean’s Eleven. Al principio pensaba que igual, si metía todo eso, reventaban las costuras, pero quería hacerlo. ¡Quería contar la historia del robo perfecto! ¡Más aún: quería planificar ese robo! Cuando vivía en Santiago, aprovechaba la Catedral como atajo, los días de lluvia en invierno, para cruzar de un punto a otro de la zona vieja. Por las mañanas temprano estabas allí solo y no podías evitar pensar que podías hacer cualquier cosa, cualquier locura, y que nadie se enteraría. Yo qué sé, esa fantasía morbosa de pintar un pentáculo en el suelo, o robar algo, o... Años después, un tipo hizo realidad mi fantasía cuando robó el Códice Calixtino. Pero además de todo esto, la novela tiene más lecturas. Por ejemplo, la de la importancia que tienen los símbolos en nuestra cultura, en este Occidente tan descreído. También va de eso. Y de empoderamiento femenino.

Porque aquí, como en La puerta, vuelve a escoger a una mujer como protagonista.
Laura, que es una mujer que se ha pasado toda su vida complaciendo a los demás y trabajando para otros. Hasta que empieza a tomar decisiones por sí misma y para sí misma, a coger las riendas de su vida. Que esa transformación tuviese lugar en el Camino encajaba perfectamente.

Otra cosa en la que coincide con La puerta es en el uso de la historia local para proyectarla internacionalmente y probar que puede ser universal.
Nos tenemos que sacar muchas tonterías de la cabeza, muchos complejos estúpidos, y entender de una vez que lo que tenemos aquí puede llegar a todo el mundo. Lo local puede ser universal.

Manel Loureiro durante la entrevista con Diario de Pontevedra. GONZALO GARCÍA
Manel Loureiro, en el Café Savoy, durante la entrevista con Diario de Pontevedra. GONZALO GARCÍA

Usted ha conseguido que una historia sobre la Porta do Alén haya llegado a más de 100.00 lectores.
En España. Aparte, el libro tiene su recorrido en el extranjero. La puerta ha llegado a la República Checa, a Rumanía, a Eslovaquia... Y va a ser publicada pronto en Japón y en Alemania. Que toda esa gente viaje hasta Pontevedra, recorra conmigo sus calles y suba hasta el Monte Seixo, es algo maravilloso. Fíjate, yo llevo en la literatura desde el año 2005 y todavía sigo teniendo el síndrome del impostor. Me considero un recién llegado. Pero la sensación de responsabilidad que tienes, cuando sabes que 100.000 personas están esperando tu siguiente título, es mucha. Porque van a invertir en ti dos cosas muy importantes: su dinero y su tiempo de ocio. Y, sobre todo por esto último, no puedes defraudarlas. Soy un tipo muy afortunado. Si me pidieses que titulase esta entrevista sería así: soy un tipo afortunado. Posiblemente en España no haya más de 100 personas que hayan conseguido vivir profesionalmente de la literatura y yo he conseguido colarme en ese club tan selecto. Te digo una cosa: no es una cuestión de talento. A esto hay que meterle muchas horas. Olvídate de las musas, eso es una tontería. La fórmula consiste en algo de talento, una considerable dosis de suerte y muchísimo, pero muchísimo, trabajo.

Escribió sobre una pandemia mundial en Veinte. Y llegó. Aquí ha escrito una novela donde Rusia juega un papel destacado. Y el país ha invadido Ucrania. Me da miedo preguntarle en qué anda ahora.
Sí, parece que tenga una habilidad especial para ser un Nostradamus de Mercadona. La realidad y la ficción tienen la costumbre de solaparse y en mi caso se solapan mucho. Creo que voy a tener que dejar de escribir de desgracias porque, al final, la voy a liar y alguien me va a acabar pidiendo cuentas.

Yo me sigo considerando el mismo chaval de siempre de Pontevedra. De verdad que sí.  Y quiero seguir siendo ese chaval porque lo que no quiero es convertirme en un gilipollas.

Le dedica este libro a un pontevedrés muy apreciado, Raúl Canay.
Mi amigo Raúl Canay. El primero que se me muere. Fue una bofetada tremenda. Porque además era una persona con una calidad humana y una calidad intelectual excepcional. Era un lujo tenerle alrededor porque era de esas personas que te enriquecen, de esas que cuando salen por la puerta dejan mucho más de lo que se llevan. Tenía claro que este libro tenía que ser para él, porque la gente no se va del todo mientras haya quien se acuerde de ella. Y yo a Raúl le echo muchísimo de menos.

Y, entre los agradecimientos, otro pontevedrés, de Lalín, el mismísimo conselleiro de Cultura.
Porque jugó un papel fundamental en que pudiese acceder a la Catedral. Yo necesito conocer los escenarios de mis novelas de cerca: saber cómo huelen, qué temperatura hace, si son silenciosos o ruidosos... En este caso tenía que negociar con el Arzobispado y recurrí a Román Rodríguez, que me presentó a Daniel Lorenzo (director de la Fundación Catedral), con el que acabé tomando café en una terraza en Santiago durante dos horas. Le debí caer bien porque me dio permiso para recorrer esos espacios que después recorrieron los protagonistas.

Y otro agradecimiento más: a Juan García, de O Sanatorio.
Claro. O Sanatorio, que se convirtió en mi refugio mientras escribía este libro, está justo enfrente de mi estudio. ¡Somos vecinos! Estoy muy agradecido a Juan. Y su Sanatorio es ya un referente cultural en la ciudad, un sitio totalmente efervescente. Mira, yo me sigo considerando el mismo chaval de siempre de Pontevedra. De verdad que sí. Y quiero seguir siendo ese chaval porque lo que no quiero es convertirme en un gilipollas. Por eso Pontevedra está tan presente en todo lo que hago. Soy muy feliz viviendo aquí, estando aquí con mi familia, criando aquí a mis hijos, quedando con mis amigos de siempre. Me gusta sentir que este es mi sitio y me gusta pensar que desde aquí puedo llegar a todo el mundo.