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UN CINE A MEDIDA DEL HOMBRE

Luchino Visconti y la marca de la nobleza

Luchino Visconti
Luchino Visconti
Luchino Visconti fue el conde Visconti. Su aristocrática familia y, sobre todo, su madre, marcaron su itinerario vital. Es un tema recurrente en toda su filmografía, vinculado a un esplendor estético que definiría su estilo. De carácter controvertido y de extrema distinción, tuvo adoradores y enemigos que no restaron su elegancia. De él emanaba un brillo que nadie consiguió imitar

PRESENTAMOS AQUÍ la historia de un hombre de personalidad arrolladora, de genio indiscutible, de singular trayectoria. Sabemos su nombre porque se cuenta entre los mejores directores de la historia del cine. Es italiano, podemos seguir sus pasos e incluso, aventurarnos a ciertas deducciones amparadas en los datos de que disponemos. Presentamos a uno al tiempo que recordamos a otro cuyo nombre ignoramos. Era judío y solo conocemos de él un hecho.

Entre ambos existe una conexión estúpida y fatal.

Giuseppe Visconti di Modrone y su esposa, doña Carla Erba, causaban sensación en el Milán de principios del siglo XX. Eran los más admirados y envidiados representantes de la aristocracia de la época. No podían ser más refinados. Vivían en un 'palazzo' y sus fiestas eran una interminable muestra de lujo y distinción. Un cuadro que, a ojos de cualquiera no perteneciente a ese ámbito, hubiera resultado deslumbrante. Puede que le ocurriera algo parecido a eso a nuestro hombre anónimo. Pero es solamente una conjetura.

Había mucho de artificio, de puesta en escena, en esa forma de vida de una nobleza que todavía brillaba en aquel entonces. Sin embargo, para Luchino Visconti, cuarto hijo de ese matrimonio magnífico y privilegiado, ese resplandor no era otra cosa que la cotidianidad. Don Giuseppe podría calificarse de persona extravagante, peculiaridad que, dada su procedencia, no tenía consecuencias demasiado desagradables. Las habladurías populares poseían tanto de admiración como de rechazo, tanto de ridiculización como de envidia. Era un apasionado de la representación, del drama y de los juegos, cualidades todas que heredaría su hijo Luchino. El palacio tenía un teatro propio y todos los miembros de la familia actuaban en él. Su esposa Carla poseía dotes de actriz extraordinarias y también Luchino heredaría eso. Eran cultos y profundamente melómanos, los orígenes del teatro de La Scala de Milán están vinculados a los Visconti y el abuelo de Luchino, el duque Guido, fue uno de los artífices de la transformación de La Scala en uno de los mejores teatros de ópera del mundo de la mano de Toscanini, amigo íntimo de la familia. Luchino estudiaba música, tocaba el violonchelo y acudía a la ópera al palco reservado vestido para la ocasión. Después de las representaciones, cuando tuvo la edad suficiente, disfrutaba de las fastuosas fiestas que preparaba su madre y cenaba en suntuosos salones manjares servidos por criados de guante blanco.

Quizá resulte más cercano a nuestra imaginación pensar en la vida del hombre judío. Quizá su sino haya sido el de víctima, el de perseguido. Aunque preferiríamos pensar que no.

Basta con ver alguna de las películas de Visconti para imaginarnos cómo vivía. Con su obsesión estética y su preocupación por el detalle, no solamente confería a sus filmes el realismo que buscaba, sino que estos iban reflejando retazos de su biografía. Muchas de las escenas de El Gatopardo o de La caída de los dioses son fotografías de su memoria. Así transcurrió su infancia y adolescencia, con el añadido de una creciente adoración por su madre y un desapego por su padre que, más tarde, se traduciría en un distanciamiento casi absoluto. Con el tiempo, el matrimonio se rompió y los hijos decidieron con quién vivir. Luchino eligió a doña Carla que, poco a poco, fue construyendo un mundo cada vez más cerrado, más íntimo, envuelto en un aura de misticismo que encontramos asimismo en las últimas películas de Visconti. Comenzaba a producirse una transformación en ese niño aristócrata, a vislumbrarse una existencia más allá de su privilegiada condición.

Correspondiendo con su nobleza, el trabajo no era algo en lo que tenía que pensar. Sin embargo, era un muchacho díscolo, que no parecía encajar en lo establecido. Se escapó en varias ocasiones de casa en un estado de confusión existencial que jamás volvería a mostrar en público y que se convertiría en un rasgo de su carácter. Esa naturaleza introspectiva, combinada con una presencia inquebrantable y una distinción arrebatadora, hizo temblar a más de uno. Porque Visconti poseía la capacidad de rendir a sus pies a todo aquel que se le acercara. Era imponente y lo sabía. Inteligente, orgulloso y definitivamente ilustrado. Un ejemplo claro de la fuerza irresistible del bien y de su contrario. Podía ser generoso, amable, encantador y sacrificado en un segundo y al siguiente, despiadado y déspota. Muchos lo tacharon de hombre cruel y otros tantos de dios único al que venerar por siempre.

Nadie sabe o a nadie interesa —salvo a los suyos— si nuestro hombre desconocido tenía una capacidad similar a la de Visconti. Nadie sabe a quién adoraba o por quién fue adorado. Ya que estamos reconstruyendo un pedazo de su historia, vamos a inclinarnos por un temperamento afable, un hombre respetado en su entorno, alguien honrado y querido que, ciertamente, no llevó una vida fácil.

Luchino encontró tardíamente su vocación. Era un espíritu creativo y se manejó con rigor y profesionalidad en varios campos artísticos: el cine fue su hilo conductor y el teatro y la ópera, algo así como sus álter ego. Todo lo que emprendió lo hizo con severidad y esplendor, fluctuando siempre entre oposiciones inexorables. Gustaba de rodearse de personas sobre las que ejercer influencia y, de ese modo, convirtió en estrellas a compositores, intérpretes, escenógrafos y escritores. Gaia Servadio, su biógrafa, escribe lo siguiente: "No se podía ser amigo de Visconti si no se había leído y digerido a Proust, Mann, la literatura americana, Balzac y Stendhal, si no se conocían las obras de Verdi y de Wagner de memoria, y si no se tenía un amplio conocimiento de la historia". Ante tanta exigencia, se entiende, muchos quedaron fuera, pero algunos de los que consiguieron mantenerse, pasaron a la historia con él. Alain Delon, Claudia Cardinale o Maria Callas son un ejemplo de ello.

Fue un hombre poderoso y extraordinario, que creó enormes obras cinematográficas, teatrales y operísticas. Tenía un gusto exquisito y no permitía pasar por alto ningún detalle, ni del decorado ni de la interpretación. Odiaba la vulgaridad. Y respondía ante ella de un modo abrupto y definitivo. La historia, la política y la familia —con elementos perturbadores en su raíces que salen al exterior— son los centros alrededor de los cuales giran sus películas. En todas ellas hace gala de un realismo estético que define su trayectoria.

Pese a sus orígenes, se declaró comunista y colaboró con la resistencia en la Italia de Mussolini. Un comunista que previamente había flirteado con el nazismo y que al final de su vida, desencantado, habría de caer en una espiritualidad casi inaccesible. Y todas esas cosas sin perder un ápice la exquisitez que le caracterizaba.


Es 1969. Un pequeño pueblo austríaco se transforma en el escenario del furor nazi. Luchino Visconti está rodando La caída de los dioses. Y ya sabemos lo serio que se pone a la hora de montar la escenografía. Un hombre, simplemente, pasa por allí. Es judío. Y no se da cuenta de que aquello es mentira. Hoy recordamos su ataque al corazón.

Luchino Visconti y la marca de la nobleza
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