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Rafa Ceresuela: un gol que lo convirtió en eterno para los pontevedreses

Ceresuela, abrazado tras marcar un gol que valió el ascenso. ARCHIVO
Ceresuela, abrazado tras marcar un gol que valió el ascenso. ARCHIVO

Zaragozano de nacimiento, fichó por el Pontevedra con 22 años

Hay goles y goles. Unos para ganar un partido, otros para empatar e incluso alguno para ninguna de las dos cosas. Pero hay otros, unos pocos, que entran en la eternidad, tanto el hecho en sí de marcar, como su autor.

Zarra será recordado por el de Maracaná, Iniesta por el que dio a España el soñado Mundial, Torres por el de Viena, Cardeñosa por el que no marcó y un chaval (por aquel entonces) zaragozano por el que el 14 de abril de 1963 logró en la portería de Norte del viejo estadio de Pasarón ante el Celta. Porque fue más que un gol: fue el pasaporte para la felicidad colectiva y para su autor fue la entrada en la eternidad.

Aquel balón tocó las mallas de la portería del Celta tras un extraordinario lanzamiento desde la frontal del área y se convirtió en uno de esos momentos que ni el paso del tiempo puede olvidar, sino todo lo contrario: lo convirtió en algo mitológico, ya que muchos niños de Pontevedra crecieron, y seguro que todavía crecen, escuchando a alguien de su casa contar cómo fue.

Representó los valores de una época en la que un grupo de anónimos enloqueció a una ciudad que asombró a la España balompédica

Aquel es el gol compartido, el sueño hecho realidad, cuyo autor sabía, a los pocos segundos de que subiera al marcador, que le cambaría una vida que estaba comenzando a desarrollar en una ciudad nueva para él y que acabaría siendo su ciudad para toda la vida, aunque 23 años antes hubiese nacido en Zaragoza.

Aquel delantero se llamaba Rafa Ceresuela. Esa temporada, la 62-63, había recalado en el Pontevedra procedente del Burgos, aunque traspasado por el Real Zaragoza, al que pertenecía. En el club maño comenzó su carrera deportiva. Todavía conservaba su primera ficha federativa, que exhibía, de vez en cuando, con orgullo y añoranza en la categoría juvenil hasta que en el inicio de la campaña 60-61 fichó -cosas del destino- por un Burgos al que unos meses antes el conjunto granate había alejado de la Segunda División en aquella legendaria promoción que tuvo su desenlace final en La Puentecilla de León, con el famoso gol de Guillermo.

Con el Burgos, Rafa Ceresuela, que así se llama el protagonista de esta historia, consiguió el ascenso a Segunda, siendo un jugador determinante en los planes de Rafa Yunta Navarro, persona clave, como se verá más adelante, en su carrera deportiva. En el club castellano estuvo dos temporadas y al mismo tiempo estaba cerca de su casa aragonesa, ya que seguía perteneciendo al Real Zaragoza.

Fue entrenador del Atlético Pontevedrés en los años 70 y directivo con Pedro Antonio Rivas como presidente

En el verano del 62 su intención era seguir cerca de la capital aragonesa, pero de repente le llegó la propuesta de un Pontevedra CF ya consolidado en Segunda. El Zaragoza dio el visto bueno y el jugador se lo pensó, pero el hecho de que en el conjunto granate acabara de fichar Rafa Yunta Navarro, el entrenador que había tenido en el Burgos, influyó decisivamente porque el delantero pensó que si lo querían era por el interés del técnico, como así era.

Ceresuela estampó su firma en el contrato del Pontevedra y, a la vez, en la eternidad de la ciudad. Como era previsible, aquella temporada se convirtió en un jugador imprescindible en un conjunto que partía con el objetivo de mantenerse en la categoría y que, gracias a su sacrificio, se encontró metido de lleno en la lucha por ascender en las últimas jornadas y no lo desaprovechó.

[Ceresuela, en el centro junto a Martín Esperanza, Calleja o Cholo. RAFA]

En el centro, junto a Martín Esperanza, Calleja o Cholo. RAFA

Aquella fue la primera de las siete temporadas en las que vistió la camiseta de un Pontevedra en el que fue fijo en los equipos titulares en las primeras cuatro campañas, comenzó a ir al banquillo con la llegada de un Héctor Rial, del que aun así guardaba un extraordinario recuerdo.

Para muchos es el autor del gol del ajo, el del ascenso, pero este maño de nacimiento y pontevedrés de vocación es mucho más que eso. Es una parte del alma de un grupo de futbolistas -es de los pocos que no enfocó su vida como entrenador, aunque dirigió temporada y media al Atlético Pontevedrés- que enloqueció a una ciudad y que medio siglo después sigue siendo un equipo. Un jugador determinante en los años de esplendor del Pontevedra y un caballero de la vida.

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