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El Pontevedra CF, estación de sueños

Uzochukwu Adighibe y Sana N'Diaye. GONZALO GARCÁ
Uzochukwu Adighibe y Sana N'Diaye. GONZALO GARCÁ
Uzochukwu Adighibe y Sana N'Diaye abandonaron África hace varios años con la ilusión de vivir el fútbol en Europa

Aprender a vivir con unos recursos que en Europa equivaldrían a pobreza forja un carácter diferente. Uno disfruta hasta de las cosas más insignificantes y construye su infancia en base a sueños que ve muy lejanos, pero que le otorgan una ilusión y felicidad mayores que muchos otros bienes tangibles. Cuando Uzochukwu Adighibe (Owarri, Nigeria, 1996) y Sana N’Diaye (Mbou, Senegal, 1992) nacieron, el fútbol ya les corría por las venas. Aunque solo en sus imaginaciones más optimistas se confeccionaba un futuro en el balompié como medio de vida.

"Allí los niños jugamos al fútbol con la ilusión de poder dar algún día el salto a Europa. Pero no es fácil de conseguir. Todos queremos lo mismo, así que hay que destacar y, sobre todo, tener suerte. Gracias a Dios, yo pude conseguirlo", explica Adighibe, más conocido como Adibe, en un castellano todavía rudimentario. Su escaso último lustro como residente en España no ha sido suficiente tiempo como para pulir la comprensión y expresión de un idioma que ni había oído durante sus primeros 18 años de vida.

Caso diferente es del Sana N’Diaye. El mediocentro es casi más español que africano. Acumula en la Península Ibérica 15 años. Y su acento francosenegalés inicial se ha transformado ahora en un español con deje andalu. Su historia es diferente a la de Adibe. Pero su ilusión en la infancia era la misma: triunfar en Europa. "En Senegal jugábamos todos al fútbol. Casi siempre descalzos. No tiene nada que ver con esta realidad. Siempre que podíamos nos juntábamos para ver los partidos de Europa en alguna televisión del vecindario. Y era algo que veías tan lejos...", explica.

"Llegué con 18 años porque el Leganés me fichó. Compartí casa con Thomas y en el Atlético, Manzukic me daba ánimos", explica Adighibe

Pero N’Diaye acabó llegando a España. Lo hizo a través de su padre, que unos años antes de que el pequeño Sana cumpliese nueve primaveras, se vino a Europa "en busca de un futuro mejor". El patriarca de los N’Diaye se asentó en Roquetas de Mar (Almería), donde el duro trabajo en los invernaderos ejerce de efecto llamada y maltrecho flotador económico para los muchos inmigrantes que llegan a la zona. "Cuando pudo, mi padre nos trajo a España. Vinimos mi hermana mayor y yo. Nunca había montado en un avión. Como mucho, en algún coche en Senegal", recuerda Sana.

Pero si la experiencia en aeroplano había sido confusa para el pequeño N’Diaye, la realidad que se encontró en Madrid terminó por aturdirle del todo: "Era todo extrañísimo. Imagínate. Estaba perdidísimo". En la capital vivía su tío, que les acogió durante dos días, antes de emprender rumbo a Roquetas, en un viaje largo en autobús que Sana recuerda como una odisea.

Una vez en el municipio almeriense, la adaptación "no fue tan difícil como si fuese en otro lugar con menos inmigrantes". Sana comenzó en el colegio y en clases de apoyo. Hablaba francés con muchos otros niños negros. Pero no hubo mejor forma de integración que el fútbol: "Es como aprendes más". En el balompié, N’Diaye empezó a destacar y fue con la selección andaluz infantil a un campeonato en el que llamó la atención de un ojeador del Betis, que le fichó para sus cadetes.

"En Senegal jugábamos casi siempre descalzos. Cuando nos juntábamos para seguir los partidos de Europa era algo que veías lejísimos", señala Sana N'Diaye

THOMAS PARTNEY. Por aquel entonces, Adibe todavía era un niño que levantaba pocos palmos del suelo. Pero cuando alcanzó los 18, fue el fútbol el que le dio la oportunidad de tener una vida mejor. Su exrepresentante lo vio en unos entrenamientos con la selección de Nigeria sub-17 y le comentó que le veía posibilidades de jugar en Europa. Mandó vídeos de Adibe al Leganés, que acabó por hacerle un contrato para su filial. El fútbol le daba al delantero la oportunidad de llegar a Europa. Y el balompié también ejerció como factor integrador, pues empezó compartiendo casa con el jugador del Atlético de Madrid Thomas Partney, amigo también de su exagente.

"Él me comenzó ayudando con el español y me dijo que estudiase", explica Uzochukwu, que posteriormente acabaría coincidiendo con él en el vestuario. "En el Leganés jugué poco y fiché por el Atlético B", comenta. Allí entrenó varias veces a las órdenes de Simeone y el Profe Ortega. "Griataban: ¡corre, corre!", recuerda Adibe, que también tiene grabados los consejos de Mandzukic. "Me daba ánimos y me decía que siguiese así porque iba a llegar alto", explica. Y precisamente eso es lo que quiere. Llegar alto. Al igual que Sana, que tras pasar por el Betis y el Cádiz, se hizo un hueco en Segunda B con el Olot y la Balona. Ahora ambos piensan en triunfar en el Pontevedra, la última estación de sus sueños.

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