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La promesa vuelve a ser promesa

Pablo Cacheda. RAFA FARIÑA
Pablo Cacheda. RAFA FARIÑA
Una grave lesión truncó la carrera como jugador de Pablo Cacheda, quien formó parte de la 'Generación de Oro' del balonmano nacional ►Ahora, el lalinense ha iniciado una etapa en los banquillos que no podía haber comenzado mejor

Compartió vestuario con Aitor Ariño, Álex Dujshebaev o Ferrán Solé, en la que fue la llamada Generación de Oro del balonmano español, compuesta también por el cisneísta David Chapela. Pero una grave lesión de rodilla privó a los aficionados al deporte balonmanístico de poder disfrutar más de una de las grandes promesas nacionales balonmanísticas. Tan solo dos años después de su retirada, Pablo Cacheda (Lalín, 1992) ha pasado de vivir lo que es poner fin a una carrera que apuntaba alto en las pistas a iniciar un periplo en los banquillos que ha arrancado de manera fulgurante en el Embutidos Lalinense.

"En año y medio he pasado de entrenar a los infantiles a hacerlo en Plata", reconoce con cierto pudor Cacheda, que a sus 28 años será el técnico más joven de la División de Honor Plata, una categoría en la que el Lalín volverá a competir casi tres décadas después.

"Es cierto que esa trayectoria que había tenido como jugador hace que te ganes ese respeto inicial. Pero es importarte mostrar conocimientos"

La historia de Pablo en los banquillos comenzó casi por casualidad, cuando regresó a su Deza natal para intentar recuperarse de la lesión de rodilla que sufrió en 2016 frente al Cangas Frigoríficos, cuando jugaba en el Naturhouse La Rioja, actual Balonmano Logroño. Alberto Mouriño y Aser Pereira, ahora compañeros en el Centro Move en el que Cacheda trabaja por las mañanas, comenzaron a tratarle en una recta final de una rehabilitación nunca concluida.

Mientras volvía a hacer vida en su entorno natal, Diogo Pereira, del club rojillo, le ofreció la posibilidad de seguir vinculado al balonmano ofreciendo charlas a los chavales de las categorías inferiores de las que un día salió él. Con Pereira le unía una relación de años atrás, ya que ambos quedaban durante los veranos para charlar de balonmano. "Él se interesaba mucho por la forma de trabajar que tenían en Logroño, por ejemplo. Y eso me hizo despertar todavía más interés por entender el balonmano. Siempre me ha gustado mucho porque considero que el jugador es mejor cuanto más sabe del juego", apunta.

Así, aquello que comenzó primero como conversaciones estivales informales, después se trasladó a un ofrecimiento de vinculación con el Balonmán Lalín que acabó con el excentral como ayudante en la base. A los pocos meses de aquello, en el verano del 2018 y tras anunciar su retirada definitiva como jugador, Cacheda pasó a ser el segundo de Milucho Pintos en el primer equipo del club. La entidad quería que aprendiese del actual director deportivo del Teucro.

Pablo tenía por aquel entonces 26 años y ganas de absorber. A los pocos meses, Pintos fue destituido por el club, que puso al frente del equipo a Cacheda. Era febrero de 2019. "Llegué de una manera que no me esperaba y que, sinceramente, a nadie le gusta", apunta el lalinense, que surgió como "un parche" pero que se hizo con el equipo. "Ganamos la mayoría de los partidos y me ofrecieron la renovación", recuerda Pablo, para quien la situación era "extraña" y el hecho de que el contexto fuese en su casa lo hacía todo "todavía más raro". "Estaba dirigiendo a jugadores de los que había sido compañero y a otros que, cuando empecé, veía en categorías por encima de mí. La mitad de la plantilla era mayor que yo", dice.

En ese inicio le ayudó mucho su experiencia como jugador. "Sí que esa trayectoria que había tenido como jugador hace que te ganes ese respeto inicial. Pero es importante intentar mostrar que tienes conocimientos sobre lo que tú concibes que es el balonmano y que demuestres la seguridad de que sabes acerca de lo que quieres mostrar. Eso aporta confianza al jugador", matiza Cacheda, que focaliza como enormes fuentes de aprendizaje a Quique Domínguez, con el que coincidió en el Octavio, y a Jota González, del Logroño.

"Como jugador tenía muy claro que quería llegar lo más alto posible. Como entrenador no me pongo esa meta. Quiero disfrutar"

EL ASCENSO. De este modo, aquel jugador apasionado en conocer los porqués del balonmano ("siempre he creído que el central es la extensión del entrenador en la pista") se había ganado la oportunidad de comenzar una temporada de cero con las riendas del primer equipo. Y la cosa no pudo ir mejor. El Lalín fue líder durante buena parte de la competición, hasta que la pandemia por la Covid-19 se llevó por delante el deporte y cualquier otro hábito de vida antiguo.

Luego llegó el ascenso concedido por la Federación Española de Balonmano al haber sido el mejor equipo del Grupo A de Primera Nacional y la oportunidad de probarse en Plata. "No ha sido de la manera que me gustaría. Como deportista que me considero, me gusta conseguir los éxitos con trabajo y no a medias" reconoce Pablo, que entiende la decisión del ente federativo y la aplaude.

Ahora le llega el reto de la Plata. "Pasamos de una categoría prácticamente amateur, en la que había partidos que sabías que ibas a ganar, a otra semiprofesional en la que todas las semanas tendremos partidos muy fastidiados. Eso es una exigencia muy grande para mí y para todo el club. Me lo tomo, obviamente, como un año de aprendizaje y en el que se verán las limitaciones que, obviamente, tengo. Me falta experiencia", señala autocrítico.

Pese a ello, tiene claro que por horas no será. A más dificultad, más trabajo. "El balonmano me encanta, así que tendré que seguir aprendiendo más de análisis, de preparación de partidos... Dedicarle cinco horas todas las tardes al ordenador y al papel para preparar todo lo disfruto. Es mi pasión", apunta alguien que tiene ganas de probarse de verdad, ya que tiene un "regustillo amargo" de no haber podido completar una temporada entera en el banquillo del Lalín: "En la primera cogí al equipo en febrero y esta última se acabó en marzo. Me gustaría poder empezar y terminar una temporada para sentarme y valorar lo que he hecho bien y lo que no. Ver qué frutos ha dado el trabajo".

Precisamente por esa falta de carrera en los banquillos, Cacheda considera que todavía no ha "demostrado nada" porque no ha podido hacerlo todavía. "Sinceramente, no he tenido ofertas porque no me lo he ganado", asegura el técnico, que se toma su carrera en los banquillos de forma muy diferente a cómo lo hacía como jugador: "Como jugador tenía muy claro que quería llegar lo más alto posible. Como entrenador no me pongo esa meta. Quiero disfrutar y enseñar los pocos conocimientos que tengo y mi pasión por el balonmano. Intento dedicarle todas las horas que puedo, pero no tengo el objetivo claro de ser profesional.Si llega, ya llegará".

Pese a su ausencia de afán, aquel central que "influía en el juego de su equipo" trata de hacer ahora lo mismo desde el banquillo, en el que también apunta a ser una promesa con visos de convertirse en realidad.

Lesión de tríada. "Importa tener una vida normal"
Tras brillar con las selecciones inferiores de España, las lesiones empezaron a cruzarse en la vida de Pablo. Con 21, se rompió el cruzado de su rodilla derecha. Tres años después, la tríada de su rodilla izquierda. "Me ayudó saber que era probable que lo tuviese que dejar", apunta Cacheda, que tras dos operaciones y 554 días parado dijo basta. "Si tenía una recaída, era probable que tuviese problemas para caminar luego. Y lo primero es poder tener una vida normal", reconoce, que no siente pena por su carrera como un jugador que llegó a jugar la Champions y estuvo en la órbita de la selección absoluta. "Es más de lo que soñaba", dice.

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