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Támara Echegoyen

Támara Echegoyen
Támara Echegoyen
La regatista gallega vive para la vela. Y cuando sale a competir lo hace en nombre de un país

EN 2014 recibió el premio Pontevedreses que organiza este periódico. Durante su intervención se dirigió a las autoridades y a los representantes de las grandes empresas y les pidió su apoyo. Los regatistas de élite no están precisamente bien tratados por feredaciones ni instituciones. Ella, campeona del mundo y olímpica, se tiene que comprar a medias con su compañera el barco en el que entrenan. Cuando tienen que desplazarse por Europa, ellas tienen que coger el coche, meter en un remolcador la embarcación y conducir día y noche. Luego, cuando consiguen una medalla, entonces sí, se presentan los políticos y los burócratas para hacerse la foto y protagonizar una hazaña con la que nada tienen que ver.

Así que Támara Echegoyen estaba en su perfecto derecho a pedir ayuda. Si un país la cubre con una bandera, la manda a por una medalla y vuelve con ella, lo menos que puede hacer ese país es ponerle un avión para ir a Alemania y que otro conduzca y traslade el barco. Tampoco cosas como esa eran demasiado pedir.

Pero el caso es que aquella noche, cuando tomó el micrófono y lanzó una llamada de auxilio, no lo hacía para ella. Lo hacía para el deporte de base, para los clubes y asociaciones que promueven el deporte entre niños y niñas. Yo venía de mantener con ella una ronda de entrevistas para los textos un libro ilustrado con fotos de Rafa Fariña y había algo que no entendía del todo en Echegoyen. Nadie llega a ser el mejor del mundo en algo si no tiene una alta dosis de egoísmo. Se trata de competir para ganar, de ser la mejor y para ello hay que ir hundiendo en el mar los cadáveres de los enemigos. No queda otra. No parecía ella persona falsa, pero uno ya se toma estas cosas con cierta prevención. Cada vez que me decía que tienen tanto mérito sus rivales cuando llegan quintas como cuando ganan; cada vez que hacía una declaración de deportividad yo pensaba que a fin de cuentas aquello era para un libro en el que tenía que quedar bien. No es que yo dudara de su sinceridad, pero con toda franqueza, me resultaba chocante tanto exceso de generosidad. Sus medallas decían una cosa y ella otra.

Fue aquella noche, en la gala Pontevedreses, cuando me convencí de que lo que de verdad ocurre es que ella es así. Con su palmarés y con su proyección, no hubiera sido difícil para ella salir de ahí con un patrocinador o con el compromiso de ayuda de algún representante público. Pudo haberlo hecho, y como queda dicho, bien hecho. Pudo haber reprochado el desinterés oficial por los deportistas que representan a un país; más aún: pudo haber exigido. Ella se pasa la vida entrenando y sometiéndose a sacrificios terribles; viendo vídeos de regatas en sus ratos libres y estudiando meteorología, a la que es aficionada precisamente porque esa disciplina le resulta muy útil para competir. Vive para la vela. Y cuando sale a competir lo hace en nombre de un país. Pudo haber pedido un poco de respeto para sí misma y para su compañera, pero no lo hizo. Aprovechó la tribuna para lanzar una súplica en favor de todos los que empiezan a practicar un deporte. Sin duda lo hizo recordando su infancia, pues prácticamente aprendió a caminar en un barco y ya nunca lo dejó. Conoce como nadie lo que representa para un niño practicar un deporte sin medios, a base del sacrificio de los padres primero e invirtiendo luego en barcos y en viajes lo que gana.

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