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José Antonio Fernández: "Aprendí ruso en un año para hacer este viaje"

José Antonio Fernández. EP
José Antonio Fernández. EP

No lo ven mucho por casa. Acaba de llegar de Mongolia, a donde fue a lomos de su vespa. Su próximo desafío: cruzar el Báltico

José Antonio Fernández, reconocido aventurero ourensano, atiende la llamada de AGN pocos minutos antes de apearse del legendario Transiberiano. En su voz, con un marcado acento gallego que todavía no ha perdido, hace mella el cansancio, pero también se percibe un cierto atisbo de tranquilidad, alegría y orgullo. Pese a que la morriña no ha podido con él a lo largo de un intenso y trepidante viaje de más de 20.000 kilómetros cabalgando su flamante vespa, no duda: "Volver a casa es todo lo que quiero ahora".

Como diría un buen amigo, vamos a empezar por el final. Acaba de llegar de Mongolia, más de 20.000 kilómetros en vespa... ¿Cómo ha sido la experiencia?

Salí de España a Moscú, y desde allí a Mongolia. Lugo volví por Irkutsk, en Siberia, y allí cogí el Transiberiano hasta Moscú. Tardé cinco días [el trayecto de Irkutsk a Moscú es de más de 5.000 kilómetros]. En total, me llevó un mes.

Habrá conocido a mucha gente.

Iba en el Transiberiano normal y corriente, de literas y sin ningún lujo. La gente ahí lleva la comida. Ha sido una experiencia interesante y he conocido a un montón de gente. Merece la pena vivirlo, aunque sea una vez en la vida.

¿Por qué Mongolia?

Me apetecía. Estos viajes solidarios que hago están enmarcados en el proyecto Vespa Extreme, cuyo objetivo es sensibilizar a la sociedad sobre las enfermedades olvidadas, las enfermedades tropicales. Afectan a millones de personas, sobre todo en el tercer mundo. Lo que recaudamos va destinado a un hospital de El Congo referente en el trato a niños y madres.

¿Qué papel cumple usted en esto?

Hago viajes de aventura a lugares lejanos y en solitario. Voy en vespa, con poco equipaje, en mis vacaciones laborales y con mis ahorros. Todo el dinero que consigo de empresas y particulares va destinado al proyecto solidario.

¿Se financia solo con sus ahorros? No parecen viajes baratos...

Cuesta dinero, pero tampoco son viajes de lujo. Ahora mismo estoy en un ‘hostel’, por ocho días me cobran cien euros. He estado en casa de muchos moteros que me han alojado, y además aquí la gasolina es cuatro veces más barata. Al final, tampoco es tan caro.

¿Cómo contacta con los moteros?

Tengo amigos rusos que viven en Moscú y ellos me ponen en contacto. Cuando llego allí, me hacen un recibimiento y me presentan personalmente a la gente. Por ejemplo, conozco al presidente de un motoclub de Moscú y el me pone en contacto con el de otro motoclub de la ciudad a la que voy a ir.

Imagino que hay muy buen rollo.

Los sitios son muy sencillos; ni ducha ni nada, un catre y da gracias. Pero bueno, hay mucho ambiente motero, te dan información sobre el estado de las carreteras... Es gente muy amable, muy hospitalaria, que te da lo que tiene.

Puedes estar en Nueva York y sentirte más solo que la una, pero en un sitio perdido como este te sientes muy arropado

¿En qué momento dice ‘venga, nos vamos a Mongolia’?

Normalmente preparo los viajes con un año de antelación.

¿Y cómo se comunica con la gente?

Porque pasa por muchos lugares. Para este viaje he estado un año estudiando ruso. Si no sabes ruso, este viaje es totalmente diferente. Es importante para hablar con la gente, establecer un primer contacto. Toda la señalización está en cirílico. Si no tienes una mínima idea, estás totalmente perdido.

Eso de «con el inglés vas a todas partes» no se cumple aquí.

Con el inglés te manejas en Moscú. Fuera de Moscú solamente saben ruso. Los gestos y la manera de ser también ayudan mucho, te acercas a las personas.

¿Y qué tal la gente en Mongolia?

Son muy amables, siempre con ganas de echarte una mano. Cuando les dices que vienes de España, se quedan alucinados. Y cuando ven una vespa... Están acostumbrados a ver motos grandes.

¿Alguna anécdota especial que le dejara este viaje?

Hay muchas. He ido a lavar la vespa en Irkutsk, que estaba llena de barro, y cuando fui a pagar no me quisieron cobrar. Me dijeron que cómo iban a cobrar a un tío que viene desde España.

Una mentalidad muy diferente.

La gente, cuanto más sencilla es, más hospitalaria. Puedes estar en Nueva York y estar más solo que la una, pero estás en un sitio de estos perdidos, con gente superhumilde que vive casi en chabolas, y te sientes muy arropado.

¿Tan precarias son las condiciones en las que viven estas personas?

La carretera principal de Rusia está asfaltada, y de aquella manera; pero en cuanto sales, todo es tierra, no hay asfalto. En los pueblos que yo he ido encontrando las calles son de tierra. ¡Imagínate cómo vive la gente! Yo he estado en sus casas, conviviendo con ellos. Las que tienen ducha, la tienen fuera, en mitad del campo. El retrete está también fuera, y no es más que una chapa y un agujero. Ni en la España de los años sesenta. Y si enfermas, olvídate de ir a un hospital, porque entras con una enfermedad y sales con cuatro.

¿Llegó a sentir peligro en algún momento de esta travesía?

Un hándicap de este viaje son las grandes distancias. Las carreteras son muy malas y están llenas de zonas de obras. Con una moto pequeña, como la vespa, si te encuentras un barrizal, no puedes avanzar. Te encuentras agujeros sin señalizar en los que cabe la moto entera. Hubo una vez que iba detrás de un coche y casi me lleva por delante un tren, porque no había una barrera que te señalizara el paso de las vías. Volví a nacer.

¿Cuál será su próxima aventura?

Cruzar el mar Báltico en invierno. Si viene un invierno duro, se congela, y hay suficiente espesor para que aguante el peso de la vespa.

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