Tras la estela del Prestige

Una marea negra de veinte años

La cicatriz del Prestige, el mayor desastre medioambiental de la historia de Galicia, continúa presente en la memoria colectiva. Desde la zona cero, Muxía se sacude el trauma con la reinvención que le permitió la llegada de voluntarios de todo el mundo
Muxía, 20 años después. PEPE FERRÍN (AGN)
photo_camera Muxía, 20 años después. PEPE FERRÍN (AGN)

Muxía funde este domingo a negro. La iluminación de sus calles se apagará para representar la oscuridad en la que hace veinte años se sumió este pueblo de la Costa da Morte, zona cero de la peor catástrofe ecológica jamás sufrida por Galicia. Solo quedará prendida la sala-museo que conserva la memoria del desastre. Una luz que pretende recordar que la colaboración y la solidaridad son capaces de hacer frente, e incluso revertir, una tragedia.

El 13 de noviembre de 2002, el Prestige, un petrolero monocasco cargado con 77.000 toneladas de fuel, muestra una peligrosa escora tras sufrir una rotura entre dos tanques de lastre en pleno temporal, según algunos por un golpe de mar, según otros por el impacto de un objeto a la deriva, casuísticas ambas que, en cualquier caso, terminaron por dar la puntilla al cuestionable estado del barco.

Los servicios de salvamento evacuaron a 24 de sus 27 tripulantes, pero no se condujo a la embarcación a un puerto de refugio. Se decidió alejarlo del litoral todo lo posible y, después de varias jornadas de trayectoria errática, terminó partiéndose en dos y yéndose a pique el día 19 a 246 kilómetros de Fisterra. Una marea negra anegó Galicia, donde se desplegó un contingente de miles de voluntarios para colaborar en la limpieza del chapapote, que también llegó a tierra en la costa cantábrica, Francia y Portugal. Hubo casi 3.000 kilómetros de litoral afectados.

Desde la zona cero, Muxía se sacude el trauma con la reinvención que le permitió la llegada de voluntarios de todo el mundo

Tras una década de investigación judicial, la Audiencia de A Coruña condenaría a nueve meses de prisión al capitán Apostolos Mangouras por desobediencia grave a la autoridad. Luego, el Tribunal Supremo eliminó el castigo por ese cargo pero, en cambio, le impuso dos años por un delito contra el medio ambiente. El Estado español aún litiga para recibir 1.000 millones de dólares de la aseguradora británica del Prestige.

"El impacto económico fue brutal. De un día para otro te encuentras sin tu medio de vida. Lo que nos volvía todos locos era precisamente no saber qué iba a pasar, la incertidumbre", rememora el secretario de la cofradía de pescadores Virxe da Barca, Nacho Castro.

Dos días después del SOS del petrolero, las manchas de fueloil que iba dejando en su estela ya eran perfectamente apreciables. Al final, 63.000 toneladas de su carga acabaron vertidas al mar. Los pescadores de Muxía y de otras localidades tuvieron que embarcarse pero no para capturar su sustento, sino para tratar de reparar, solo con la fuerza de su trabajo, el desastre producido. Esa fue su única actividad durante un buen tiempo. Al menos hasta el junio siguiente para los pescadores; durante cerca de un año para la actividad marisquera, calcula Castro.

Es el caso de Manuel. Hoy, se aposta en el malecón de la Praia do Coído para matar la mañana conversando con un par de amigos. Desde ahí, señala el punto exacto donde vio al Rey en su visita a Muxía. Por aquel entonces, él se dedicaba al percebe, un oficio duro que ahora, a sus 79 años, ha cambiado por echar una mano a su hijo arreglándole las nasas para el pulpo. La marea negra le costó meses de parón que capeó gracias a las ayudas. "¡Daban 200.000 pesetas a la semana!", celebra. Desde su perspectiva, la cosa pudo ser aún peor. "Hubo suerte de que el viento viniera del suroeste; si llega a ser de noroeste el barco se queda clavado en Punta Boucieiras", dice. "Se le veía desde aquí".

"Los pescadores pudieron sobrevivir, no quedó nadie por el camino", cuenta Castro, quien, con todo, es crítico con las ayudas que recibió el sector. "Siempre se utilizan como sistema de desvío de atención por parte de determinadas personas o intereses", desliza. "Las que se entregaron no era nada nuevo y ya estaban reguladas por norma: eran las que se daban a la flota española en aguas marroquíes del Mediterráneo para compensarles durante el tiempo que estaban paralizados", explica, antes de dejar también dudas sobre si todos los fondos públicos tuvieron un destino adecuado. "En toda catástrofe siempre hay quien se lleva el dinero", lamenta.

"Existen matrimonios que se forjaron en aquel momento e hijos nacidos del Prestige", recuerda el alcalde de Muxía, Iago Toba

La desconfianza hacia la actuación de los poderes públicos es una de las constantes cuando se recapitula lo ocurrido. "¿Por qué tuvimos una catástrofe? Porque no se tomó una decisión técnica, sino política", zanja el secretario de la cofradía, que remacha que una decisión "basada en el criterio científico" hubiera concluido que era preciso "traer el barco dentro de una ría y acotar la contaminación, no extenderla por Europa entera".

Las medidas a posteriori no fueron mejores, añade. "La Administración se quedó corta en sus acciones, pecó de inacción", sostiene Castro, que, en cambio, no repara elogios para la "determinante" reacción ciudadana. "Ese mismo 15 de noviembre [fecha en la que ya se detectaban manchas de fuel dirigiéndose a la costa] tuve la fortuna de conocer a un periodista alemán que había cubierto las mareas negras del Erika y Exxon Valdez y que me dijo "Nacho, no hay potencia en el mundo que sea capaz de hacerle frente a esto; estas crisis solo se resuelven con manos". Entonces, para buscarlas, comenzó a mandar "correos masivos" a las universidades, "el cultivo de la sociedad", relata Castro. El 23 ya acudieron los primeros voluntarios desde la Rey Juan Carlos de Madrid. Luego se sumarían otros miles, hasta de países tan lejanos como China o Japón. "Fue algo tremendo", suspira.

"Fue una solidaridad...", confirma Manuel, todavía sorprendido por los peregrinos que, tras abrazar al Apóstol, enfilaban hacia la Costa da Morte para culminar su camino limpiando las playas. "Nosotros que estamos hechos a trabajar en el mar, bueno, pero lo que daba pena eran las universitarias de la Complutense con aquellas manitas... ¡Alguna se desmayaba!", sonríe.

"Lo que quedará en la balanza de la Historia es esa marea blanca que surgió, unas personas que ante la oscuridad del chapapote se vinieron a dejar la piel por Galicia. ¡Eso es lo que queda, lo que trasciende al futuro, lo auténticamente relevante!", sentencia Nacho Castro, que también destaca la "responsabilidad social" de las empresas privadas para "sostener" buena parte de los costes económicos de este operativo humano y logístico que hubo que levantar "de la nada".

La miríada de voluntarios supuso una verdadera transformación para el municipio. "Realmente está todo ya muy normalizado, en el sentido de que no hablamos todos los días de ello, pero el Prestige no pasó de largo, como si nada, sino que cambió muchísimos factores de la realidad social, económica y política de los años posteriores e influyeron en que Muxía sea hoy el Muxía que es" comenta el alcalde, Iago Toba.

El regidor apenas tenía 15 años cuando el naufragio vino a estrellarse contra la crónica de su pueblo. "Optimista por naturaleza", razona que, aunque "prefería no vivir toda la parte positiva" si con ello se hubieran ahorrado la catástrofe, una vez ocurrida esta, su talante le empuja a quedarse con su lado luminoso. El principal surge de ese movimiento solidario en ayuda de Galicia, que no solo se limita a la acción directa contra el infame chapapote. Su dimensión internacional no solo trajo a gente de todas partes del mundo a Muxía, sino que también situó a esta en el mundo. "El Prestige le dio una proyección negativa en ese momento, pero también dio a conocer un municipio minúsculo en España, en Europa. Existía Muxía como ente único", argumenta Toba, que expone que el concello supo apoyarse en esta difusión para reinventarse y potenciar un sector, el turístico, "que a día de hoy es fundamental, sin quitarle importancia a la agricultura y la pesca, que iban y siguen desgraciadamente en decadencia". De hecho, el Parador Costa da Morte fue una de las obras prometidas en el plan de recuperación de la zona. Se estrenó hace dos años.

En paralelo, con miles de foráneos que llegaban a "triplicar" una población de unos 6.000 habitantes, "a cada vecino le correspondía ser anfitrión de unos cuantos" de ellos, lo que propició "una apertura cultural que no podría pasar en una circunstancia normal", expone. Dos años después aún seguían recibiendo visitas que dieron lugar intercambios, amistades e incluso algo más. "Existen matrimonios que se forjaron en aquel momento e hijos nacidos del Prestige", bromea el regidor.

La transformación va de lo colectivo a lo personal. "Posiblemente yo no sería hoy alcalde de Muxía de no haber sucedido, porque posiblemente no tendría unas inquietudes de servicio público o esa vocación", explica el socialista. "Supuso un cambio a todos los niveles: la responsabilidad social corporativa de la que tanto se habla ahora, la adquisición de conciencia medioambiental y social, el saber que no estás solo en el mundo y que va a haber gente que cuando estés en problemas te va a venir a echar una mano...", asiente Castro. El desastre golpeó conciencias primero allí. Luego le tocaría al resto del país. "Quedan los recuerdos, que son muy importantes, queda el aprendizaje y quedan las cosas buenas de aquel mal", insiste Toba, que recalca que, más allá de la efeméride, Mu-xía ya ha dejado atrás el trauma.

Constatando las palabras del alcalde, varios turistas se fotografían, en pleno día laborable de noviembre, junto al Santuario da Virxe da Barca, frente al faro, trepando por unas rocas donde ya no hay chapapote, aunque entre ellas se ven restos de confeti brillante de alguna celebración y un par de bolsas de plástico arrastradas por el viento. Kateryna y Anna contemplan "A ferida", la escultura que graba en piedra la calamidad del petrolero y la generosidad de aquellos voluntarios. Es su última etapa en el Camino Primitivo, que arrancaron en Saint-Jean-Pied-de-Port. De 32 y 35 años, les suena haber oído sobre el Prestige, pero tampoco conocen el caso en detalle, admiten. Proceden de Ucrania. El tiempo pasa. Las catástrofes que muestran la oscuridad y la luz del ser humano, se suceden.