El periplo del Tren Celta

La experiencia de viajar en el Tren Celta desde Galicia hasta Oporto sigue siendo toda una lección de vida. El viaje, que ahora se realiza en vagones mucho más cómodos, es operado por el personal de Renfe hasta que entra en territorio portugués, donde toman el mando los operarios de Comboios.
El moderno tren del Eje Atlántico junto al Celta que sigue uniendo Galicia y Portugal, en Guixar. DP
photo_camera El moderno tren del Eje Atlántico junto al Celta que sigue uniendo Galicia y Portugal, en Guixar. DP

Cuando lo ve usted desde el andén, estacionado junto a una de esas máquinas modernas que alcanzan velocidades pasmosas, ya se da cuenta de que va a subirse a un tren singular. Nada que ver con el diseño aerodinámico del inmaculado tren blanco que se encuentra a su lado. El Tren Celta está construido a base de ángulos rectos. No juega a favor del viento; lucha contra él a pecho descubierto.

En los trenes modernos, si usted no mira por la ventanilla, tiene la sensación de estar parado; hay pantallas, megafonía y en su caso bar. El Tren Celta mira a su vecino como un abuelo a su nieta mientras ella maneja móviles, consolas, tabletas y portátiles, como diciéndole: "Cuando yo tenía tu edad no necesitábamos esas modernidades". Y tiene razón, a su manera. Elegí precisamente este tren y este trayecto por razones sentimentales, le cuento: hace cosa de 40 años, un grupo de unos 30 amigos y amigas quinceañeras nos propusimos una aventura entonces casi imposible: hacer un gran viaje al extranjero de una semana sin tutelas de familia ni profes. Un rito iniciático para el que necesitábamos dos cosas: una, el permiso de nuestros padres; y otra, su dinero. Lo logramos cuatro e hicimos el mismo trayecto, Vigo-Porto.

El moderno tren del Eje Atlántico junto al Celta que sigue uniendo Galicia y Portugal, en Guixar. DP
El tren del Eje Atlántico junto al Celta que sigue uniendo Galicia y Portugal, en Guixar. DP

Esta semana, tanto tiempo después, una vez a bordo, en nuestro vagón se acomodaron dos grupos de chavales, uno de japoneses y otro de alemanes. En sus caras, en sus gestos, en sus conversaciones atropelladas, vi lo mismo que había experimentado yo tanto tiempo atrás: la sensación de libertad de una primera experiencia vital; la euforia del adolescente que se sabe casi adulto.

Los usuarios habituales que aprecian el valor de un viejo guerrero celta que sigue uniendo a dos pueblos hermanos

El Tren Celta es un superviviente muy apreciado también por los usuarios habituales que aprecian el valor de un viejo guerrero celta que sigue uniendo a dos pueblos hermanos. Los pasajeros aceleramos con él, lo animamos cuando llega una cuesta y celebramos esos tramos en los que alcanza su modesta velocidad punta. Todos somos conductores cuando así lo deseamos y cuando no, leemos, dormimos o nos comemos un bocata.

Es un tren tranquilo para pasajeros reflexivos que, como él, vamos a nuestro ritmo, lo mismo que lo fue y lo es para jóvenes aventureros que quieren comerse la vida a bocados. Es polivalente, diría yo.

Este tren es operado por Renfe en su tramo gallego. Entrando en territorio portugués se celebra un cambio de guardia demasiado informal para mi gusto. Baja el personal de Renfe para ser sustituido por el de Comboios de Portugal. Ésa es otra de sus singularidades.

Yo le pido a usted una cosa: si es una de esas pocas viajeras gallegas que nunca ha subido al Tren Celta, dele una oportunidad mientras esté a tiempo. Este abuelo se mantiene en forma, pero encara la jubilación y lo hace con dignidad. Ha mejorado en comodidad, en climatización o en su diseño interior; ha desaparecido aquel traqueteo que iba de vagón en vagón, pero los tiempos se le echan encima, es ley de vida. Con él desaparecerá una manera de viajar en tren que hoy ya es casi un vestigio encantador. Sus modernas herederas son esas formidables locomotoras silenciosas, rápidas como un relámpago, suaves como el terciopelo, espectáculos de luz, pantallas y sonido, esos trenes de Renfe en los que usted se sienta, le revisan el billete, se bebe un zumo, saluda al pasajero de al lado y sin darse cuenta ha llegado a su destino.

Hay que rendir un homenaje a este superviviente que todavía nos va dando alguna lección de vida, que hace del viaje parte de una odisea y que conserva el romanticismo de unos tiempos que fueron peores, los que le tocó vivir y superar. Dentro de no mucho será sustituido por un nieto. Es lo que toca. Entonces diremos, con toda la razón, que ya era hora y también con igual razón que lo echaremos de menos. Que se nos va un viejo amigo y que los tiempos nuevos, que están para quedarse, van borrando poco a poco un pasado que no fue mejor, pero que era el que había, y podemos dejar caer una lagrimilla por este viejo tren, un poco cascarrabias y de buen corazón, que nos dejará, acaso, el recuerdo de una aventura.

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