Circo de difuntos

casi coincidente con Todos los Santos y Fieles Difuntos (hoy más conocidos como el Jalogüín) ocurren dos acontecimientos funerarios, el de Néstor Kirchner y el de Marcelino Camacho. Los dos, multitudinarios y diferentes en su puesta en escena, me llevan a la reflexión y posterior conclusión de que lo que verdaderamente atrae a la masa, ese abstracto e indefinido grupo social, es el entierro, mucho más que los desfiles patrióticos, los mítines políticos o los conciertos de Bruce Springsteen. Sólo se pueden ver superados en fervor popular por determinadas procesiones o por campeonatos de fútbol festejados alrededor de alguna fuente. En realidad, estos dos eventos vienen a ser como un entierro, en el primer caso de algún dios, en el segundo, de los enemigos vencidos. La masa (no confundir con el Increíble Hulk) suele actuar a mogollón, y unas veces es predecible y manipulable, pero, a la mínima que nos descuidemos, avanza por sí sola, como un torrente. Y es en el momento en que fallece el famoso, el grande, el egregio, cuando se organiza, más o menos espontáneamente, para formar un circo de cuatro pistas. Es también en ese momento cuando todo el mundo habla bien del muerto, adaptándose al dicho de que “el indio muerto es indio bueno”, atribuido al genocida General Sheridan, y si en vida el famoso fue un tipo detestable, odiable o, simplemente, uno cualquiera, a su muerte se forma un desfile y todos hablan maravillas de él en la televisión. La historia está llena de panegíricos y entierros con pompa y circunstancia. Desde el famoso discurso de Marco Antonio ante el cadáver de César (versión Shakespeare) hasta la locura desatada por la muerte de Lady Di, hay todo un ritual de adoración al muerto y su circo. La masa, de pronto, sale a la calle y convierte en duelo en un carnaval siniestro. Hace años me pilló la muerte del rey de Marruecos, Hassán II, en la mismísima plaza de la Yemaa en Marrakesh, y les garantizo que aquello no era normal, la multitud formaba remolinos de dolor, con banderas y grandes gritos. Sin embargo, al día siguiente, los comerciantes del zoco abrían de tapadillo para vender a los turistas, justificándose con una frase que era fundamental: “El rey está muerto, pero yo estoy vivo y tengo que comer”. Las televisiones saben que cuando se muere un importante, tienen un espacio de primera magnitud; es el gran circo de la muerte. Lo adivinaron cuando la muerte de Diana de Gales, en donde no faltó rincón por remover, osito de peluche que retratar e, incluso, forzaron a la actuación especial de la Reina de los ingleses, reacia a participar en aquel culebrón: la muerte de unos juerguistas de fin de semana en accidente de circulación. Los muertos que un día fueron la cabeza superior de un país, ya fueran reyes, dictadores o presidentes demócratas, son otro espectáculo, porque pasan a ser Historia. Kennedy (con el añadido del balazo a la cabeza), Franco (muerto a consecuencia de partes médicos habituales) o el mismo Hassán. Sobre ellos se construye un panteón, al estilo de los faraones. Una mezquita en Marruecos, un nicho en la Plaza Roja de Moscú, el Cementerio de Arlington, el Monasterio del Escorial, o el Valle de los Caídos. Después están las tumbas de los famosos, que siempre tienen peregrinos, como la de Jim Morrison o la de Oscar Wilde, en el Pere Lachaise de París; la tumba del primero ya tiene un policía al lado, y de la escultura original ya no queda nada, sólo una piedra; en la del segundo suelen colocar poemitas en las rendijas de la enorme estatua que la corona. Pero los dos ilustres difuntos de la semana pasada fueron como la cara y la cruz del espectáculo obituario. El duelo por Marcelino Camacho fue, en realidad, una marcha de protesta, un mitin funerario, la prolongación de la huelga general, con frases históricas y la Internacional como banda sonora. Sobrio, emocional y ajustado a la figura de un personaje del que recordamos los jerseys, iguales a aquellos que solíamos llevar, tejidos a mano, para aprovechar lanas de otros jerseys viejos. Eso y la conocida frase de su colega Redondo: “Mientes, Marcelino, y tú lo sabes”. Fue un entierro sindical, como un convenio colectivo. El del ex presidente de Argentina, por el contrario, fue un espectáculo mundial. Si hubiera un cineasta con sentido documental, debería instalar la cámara fija delante del féretro y dejarla rodar; el montaje de ese material podría valerle un óscar. En un salón presidido por los retratos de Perón, Evita y el che Guevara, como un mal decorado de ópera rock (faltaba Gardel, pero no faltó Maradona, para completar el Olimpo de dioses porteños) la viuda del finado, con gafas oscuras y maquillaje adecuado, incluido el peinado siempre en su sitio, soportaba con agradecido estoicismo el paso de algo parecido al Show del Pájaro Loco: mineros con casco, arrebatadas plañideras que se desgarraban el alma en llantos, la comisión de las Madres de la Plaza de Mayo, un tenor que cantó el Ave María de Schubert, y todo el surtido de políticos extranjeros y argentinos, que se sintetizan en ese extraño partido político que va desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda y que se llama peronismo. Realmente es difícil establecer comparaciones desde fuera, y por lo tanto tendría que pedir disculpas a los argentinos, pero un circo es un circo, y ante él todos somos espectadores. Y el del difunto Kirchner no es diferente de otros grandes desfiles en los que se mezcla la muerte con el espectáculo más carnavalesco y surrealista. Dentro de unos días, ya mismo, todos los que clamaron al cielo por la muerte del ilustre andarán a otros asuntos y, probablemente estén renegando del muerto, lo mismo que lo hacían en vida, cuando las cosas pintaban mal para aquel país. Los rituales de la muerte siempre han sido un espectáculo, desde las hecatombes griegas (el sacrificio de cien bueyes, ¿se imaginan el desparrame?) hasta los grandes funerales con coros celestiales o desfiles por las calles de las ciudades, todo viene a ser lo mismo, un espectáculo. Como el del Papa en su mini gira veloz, de Compostela-Barcelona, que costará oficialmente unos cinco millones y pico de euros. Un espectáculo religioso en el que el muerto (un judío bimilenario) pasa a segundo término para que actúen los vivos.

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