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EL PORTAL huele a humedad y a viejo. Subo las escaleras a oscuras, paso el entresuelo y llego al primer piso. Empujo y entro. El suelo es de terrazo, distinto en el pasillo y en las habitaciones, y las paredes están empapeladas en blanco. A mis espaldas, un armario de capitoné granate. De una habitación sale una señora vestida con una chaqueta de punto roja y me pregunta qué quiero. Le doy lo que llevo y desaparece. Espero de pie. Hay láminas de grandes éxitos de la pintura salpicadas aquí y allá, todas excesivamente pequeñas, y en los desgarrones del papel se ve una pared marrón oscuro. Miro a los techos y me encuentro con fluorescentes de dos tipos, algunos de ellos sin varios tornillos y con la sucia carcasa medio descolgada. Los interruptores son también de los años sesenta. Las puertas de contrachapado blanco tienen el hueco del pestillo tapado con cinta aislante negra para que no se puedan cerrar. El mobiliario es viejo y el material de trabajo está almacenado en unas estanterías metálicas oxidadas que ocupan todo el piso, incluida la cocina. El cuarto del jefe es diferente: tiene muebles antiguos, estilo Remordimiento, como dice una amiga, y su suelo es el único de madera, pero gastado, sucio y descolorido. Pasa por mi lado, trajeado: es más joven que todas las mujeres que trabajan para él. Espero una media hora, durante la cual la de la chaqueta roja viene varias veces, me dice que me siente y me hace alguna pregunta. A mi lado tengo una placa eléctrica que o no funciona o está apagada, y sigo con el abrigo puesto. Oigo susurros de otros clientes en otras habitaciones: cuántas escenas de miseria habrán cobijado aquellos muros, y cuántas ruindades y secretos inconfesables de personas que me cruzo cada día por la calle conocerán esas mujeres. Al fin vuelve la señora de rojo a rematar la faena. La veo manipular su herramienta de trabajo con una lentitud y una inseguridad incomprensibles, dada la experiencia que debe de tener. Pago. Me ha dicho el precio en pesetas y después lo ha pasado a euros con una calculadora, y luego ha redondeado. Para la fama que tienen, no me parece caro. Al salir a la calle, como retornado de un viaje en el tiempo, me cuesta creer que en ese primer piso en el que nunca había reparado se oculte aquel antro. Parece mentira que las oficinas más cutres que he visto en mi vida hayan sido las de una notaría.

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