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"Al fin he leído el Corto Maltés. Un amigo ha venido a solucionar mi grave carencia con cómics de Pratt"

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EL OTRO DÍA un anciano esperaba delante de mí en la cola de la caja del supermercado. Estaba mirando un paquete de sobaos que llevaba en el cesto, lleno de estrellas doradas que anunciaban un sorteo cuyo premio eran las vacaciones pagadas de los próximos cinco años.

Cuando no era padre, lo que más temía del paso del tiempo era mirar atrás un día y constatar que lo había perdido. Que había desaprovechado mi oportunidad. Y esto ha supuesto siempre un conflicto entre mi prudencia a la hora de tomar decisiones —no sé si innata o aprendida, pero indudable— y un deseo oculto pero siempre presente de vivir la vida de otro modo, más intensamente, supongo. Una idea romántica, al fin y al cabo, que no ha tenido más consecuencias que pequeñas decisiones diarias que no pasan de gestos simbólicos, palmaditas en la espalda a mí mismo.

Y para alguien así hay pocos consuelos comparables a la literatura: a falta de aventuras, se leen. Se acompaña a Miguel Strogoff por Siberia, a Holmes por Londres, a Aragorn por la Tierra Media o a J.R. Moehringer a la barra del Dickens. O al Corto Maltés por todo el mundo.

Al fin he leído el Corto Maltés. Un amigo ha venido a solucionar mi grave carencia con unos cuantos cómics de Pratt. Y estoy deslumbrado. Ya lo esperaba, y así ha sido: deslumbrado. Por un lado, porque las historias son interesantes, complejas, completas, dan qué leer y exigen leer bien. Por otro por el personaje, que con razón se ha convertido en un icono, porque sería difícil crear otro con tantos atractivos; con el atractivo del hombre de acción, del marino, del viajero, del solitario, del amante, del ilustrado, del hedonista, del valiente, del aventurero. Del que no deja un solo día a la inercia. Ni una sola noche. Del que vive intensamente, y además —y esto es lo importante— lo hace también por ti, que estás en el sofá, levantas la cabeza y ves las nubes y por un momento eres capaz de imaginarte sentado en una duna, con el cuello del chaquetón de mar levantado, mirando el horizonte y con las pardelas diomedeas gritando sobre tu cabeza.

Y algo queda, de todo eso, para que al final del día la sensación sea de haberlo aprovechado. Incluso para seguir aprovechando la noche. Y para que, dentro de bastantes años, cuando veamos en un paquete del súper un premio de cinco veranos con vacaciones pagadas, pensemos que es verdad que a lo mejor, aunque ganemos, ya no tenemos tiempo para disfrutarlo, pero que el que hemos vivido ha valido la pena.

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