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De galas, turrones, familias y discursos

El Rey, durante el discurso, Joan Manuel Serrat y la felicitación de Navidad que ha transmitido desde prisión Isabel Pantoja. EFE/AEP/FB
El Rey, durante el discurso, Joan Manuel Serrat y la felicitación de Navidad que ha transmitido desde prisión Isabel Pantoja. EFE/AEP/FB

Las Españas, porque hace tiempo que somos muchas más de dos, tienen la virtud de acuchillarse mucho -y muy bien- en público para, en privado, matarse a abrazos y ponnos otra que esta ronda me toca a mí. Somos así porque, al fin y al cabo, si seguimos compartiendo todos el mismo modelo de pasaporte a estas alturas del apocalipsis es por dos factores que explican nuestra tozuda y casi plácida convivencia. El primero es, sin duda, exógeno: si nos ponemos de acuerdo en acuchillar a un tercero, juntos, lo hacemos mejor que nadie y eso cohesiona más que una fiesta en el pueblo cuando -totalmente ebrios o nulamente sobrios-  el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha y esas cosas que cantaba anoche en la tele Serrat. Por cierto, el catalán, tirando de buen gusto, dignificó el género del especial navideño, que llevaba décadas encerrado en un zulo desde aquel año en que lo secuestraron Raphael y la Pantoja, que ayer cenaba cordero y langostinos en Alcala de Guadaíra lejos de las galas de estas fechas.

Volviendo al ni contigo ni sin ti tan español, el segundo factor que nos ha mantenido, al menos hasta ahora, bajo el mismo paraguas estatal es que Las Españas comparten techo en lo metafórico y en lo literal. No es difícil imaginar cualquiera de esos millones de familias a cuyas mesas se sentaron anoche domésticos representantes de una diversidad ideológica que nada tendría que envidiar al parlamento italiano… o al español, si se esperan ustedes unos meses. Y en un porcentaje alto de esas casas seguro que hubo discusiones porque los roces en las cenas de Navidad son como el turrón: inevitables y se dividen en dos grandes categorías: duros y blandos. Sin que pase gran cosa porque si nos enfadamos ya lo arreglamos en el brindis de Fin de Año. Si puede ser y hay suerte, en el de ese mismo año, claro.

En esos hogares, picoteando, verían ayer el debut del rey Felipe al frente del mensaje institucional de Navidad. Imagino a esa abuela diciendo que “el marido de Letizia” habló muy bien, con su percha y esa foto de su padre al fondo -que se vio lo justo como para que quedara claro que hay que mirar adelante-. Y el abuelo, un poco republicano, farfullando que son las mismas tonterías de siempre. El tío Manolo comenta que se le ha visto solvente y profesional, que da gusto el cambio de imagen y lo claro que ha sido con lo de su hermana. El primo Luis, hijo del anterior, le reprocharía que tampoco ha citado a la infanta y que, si quiere ser contundente, la obligue a darse de baja en la Casa Real. Pep, el marido catalán de otra prima, diría que bueno, se le agradece el guiño y eso… pero sobraba un poco lo de sacar a relucir otra vez la Constitución como arma arrojadiza. La prima Cristina se descuelga diciendo que a ver si los barre a todos Pablo Iglesias y, su hermano, replicando y ya queriendo molestar, sale con que "el de la coleta" nos va a convertir en Venezuela y es amigo de los etarras... Y ya tenemos bronca y ya estamos despidiendo otra vez el año de uñas pero juntos y en familia. Seguro que el año que viene todos volverán a citarse para cenar y vuelta a empezar, porque somos así. Aunque, con la misma, Pep no viene a la cena en 2015. ¿O sí?

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