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Desde el tren

Y me pregunto por qué un pueblo junto al mar parece menos perdido que el mismo pueblo en medio de la llanura

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DESPEDIRSE DE vez en cuando es bueno. Para echarse de menos y —por qué no— para descansar. He conocido bastantes matrimonios que atribuían su longevidad y buena salud al hecho de separarse periódicamente por motivos de trabajo. Sé que esa moneda tiene otra cara, pero creo que en ese caso no es más que un catalizador, y no la causa. Ya decía Domenico Modugno que la distancia es como el viento: apaga el fuego pequeño pero enciende el grande.

Leo en el andén de la estación de tren de Coruña, esperando. Me voy unos días a Madrid. Oigo un ruido a mi derecha y miro, y veo que por una puerta lateral ha entrado desde la calle un globo rojo. El aire lo empuja, se acerca botando, cruza las filas de asientos y sale por el otro lado sin que nadie lo toque.

Ayer comimos en Santiago, en la calle, rodeados de casas con galería bien rehabilitadas, donde creo que no me importaría nada vivir. Lo único bueno de no haber estudiado en Compostela es que no es posible haberse hastiado. Hoy, desde el vagón, veo que sus alrededores están atestados de chalés. En demasiados, un alienígena deduciría que el habitante es el coche, a juzgar por el lugar de preeminencia que se le deja en la finca. Al parar el tren se me sienta un hombre al lado. Le huele el aliento. Me pongo los cascos pero no sirve de nada: confirmo que se trata de sentidos distintos y que el olor sigue ahí.

En algún lugar entre Ourense y León pasamos cerca de un embalse, y el reflejo del sol en el agua hace que parezcan escamas doradas. El concierto para violín de Mendelssohn le da un toque apasionado a cualquier paisaje. Más adelante, Castilla, ese misterio. Me gustaría probar cómo es vivir aquí. Y me pregunto por qué un pueblo junto al mar parece menos perdido que el mismo pueblo en medio de la llanura; pero sin duda para mí es así. No es lo mismo salir en lancha que en tractor. Estos sitios de la Meseta son la estampa de la soledad, y tengo la impresión de que, paseando por ellos, uno puede llegar hasta la última calle del pueblo y ver delante el vacío. Aunque seguro que Delibes no estaría de acuerdo. Hay que saber mirar. La población dispersa, en todo caso, garantiza que ninguna casa sea la última.

Llego a Chamartín. La cotidianidad por teléfono cobra otra importancia. Despedirse de vez en cuando es bueno, para no dar por sentado lo que tenemos, para que la costumbre no lo haga invisible, para no olvidarnos de que podría no estar.

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