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El salvaje infierno

CADA VEZ soporto menos la violencia, incluso cuando es ficción...

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CADA VEZ soporto menos la violencia, incluso cuando es ficción. Desde que fui padre, dejé de ver películas donde hubiese sufrimiento infantil de cualquier tipo, porque no lo puedo aguantar —recuerdo parar de ver una película danesa, a quince minutos del final, llorando desconsoladamente por un ataque de empatía—; pero no es solo eso: parece como si cualquier situación de dolor y, sobre todo, cualquier muestra de crueldad, me superara.

Por eso, a pesar de la entusiasta recomendación de un amigo, dudé si comprar o no ‘Meridiano de sangre’, de Cormac McCarthy. La sinopsis prometía precisamente sufrimiento y crueldad, y el recuerdo de ‘La carretera’ no permitía esperar demasiadas concesiones, ya no al optimismo, sino a la esperanza. Pero al final lo hice, y eso que el hecho de que, nada más empezar, alguien le intente sacar a otro un ojo con el pulgar estuvo a punto de hacerme desistir. Y la acabo de terminar. Y me alegro. Oh, sí, me alegro.

McCarthy describe un mundo salvaje. El salvaje Oeste, donde lo que ocurre no es que se rompa de un botellazo el espejo del saloon, que un borracho atraviese una ventana de un puñetazo o que dos vaqueros se separen lentamente de la barra para un duelo. Donde lo que ocurre es que se mata por la espalda por mirar mal, se degüella, se violan niños y, por supuesto, cualquier mujer, donde se cuelga a la gente de una rama atravesándoles el tendón de Aquiles, donde se arrancan orejas y se hacen collares con ellas, donde se trenzan cuerdas con piel humana, donde se cortan todas las cabelleras —blancas o rojas—, donde los apaches son un pueblo mentalmente paleolítico y, en fin, donde los bebés indios se matan asiéndolos por los pies y golpeándolos contra las rocas. De eso se habla. De un mundo donde no hay ningún refugio donde guarecerse. De un mundo sin ley, si esta expresión diese una idea aproximada del grado de barbarie, de brutalidad, de indefensión absoluta, de desvalimiento, de terror que lo domina.

Y, sin embargo, no solo es una lectura soportable sino una novela excepcional. Describe incesantemente el mismo monótono paisaje —después de este libro y de ‘Breaking bad’, tendría que estar loco para pisar Nuevo México voluntariamente— sin dejar de ofrecer nuevas imágenes, utilizando un lenguaje asfixiante pero sugerente, casi hipnótico, y tan intrincado que, al final, el que me dio más pena de todos fue Luis Murillo, el traductor. Y describe a unos individuos tan inauditos, extremos, desamparados y enloquecidos como cabría esperar encontrar en el infierno.

El salvaje infierno
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