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No se trata ya del peligro de reducir al otro a uno de sus rasgos (...) sino de hacer con uno mismo algo parecido

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LAS REDES sociales arden —no dejan de hacerlo y ahí siguen: ni la zarza de Moisés— con las críticas al cartel de Entroido que representa al Papa, y con las críticas a esas críticas: falta de respeto por un lado, e intolerancia por otro, se oye. A las dos semanas, sin embargo, quejas parecidas surgen por la inclusión de un traje tradicional gallego en otro cartel de Carnaval. No debería sorprender, al fin y al cabo seguimos hablando de religión.

Hace unas semanas murió Tzvetan Todorov, que trató el tema de la alteridad y de la confrontación nosotros/ellos. Confrontación que, para mí, además de la primera y más obvia lectura de rechazo al diferente —los bárbaros—, tiene otra más sutil, tal vez no tan grave pero no del todo inocua: la necesidad de tener un ‘nosotros’ en el que apoyarnos. Dice, en la línea —siempre ese temor a vernos solos— de Fromm: "Si la mirada de los otros no gratifica mi excelencia individual, busco la confirmación de mi ser en la comunidad de la que formo parte". Es decir, no se trata ya del peligro de reducir al otro a uno de sus rasgos, a una sola de sus múltiples pertenencias y esquematizarlo como nos conviene, sino de hacer con uno mismo algo parecido. No somos ni intelectual ni emocionalmente capaces de asumir nuestras limitaciones, nuestra complejidad y nuestras contradicciones, y nos simplificamos: soy esto y desde esta posición vivo. Donde la posición en cuestión, el refugio, la bandera que nos cubre, el lema que nos da respuestas a todo, puede ser cualquier cosa: la patria, por supuesto, pero también la religión, una etiqueta política o un club de fútbol.

O, a veces, una causa que defender. Sobre todo en las numerosas ocasiones en que, en lugar de responder a preocupaciones genuinas, esa causa parece el resultado de la ansiedad personal o las modas. Entonces surgen los fanáticos monotemáticos, sin otro horizonte ni otra vara de medir que su lucha. Comisarios políticos, Torquemadas que nunca dudan y no dejan de señalarnos qué debe preocuparnos, a quién o qué estamos traicionando, o qué nuevo mandamiento estamos incumpliendo.

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