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La toalla de Cheever

Anoche, al doblar la toalla de manera que se viera la inicial bordada, me pregunté qué hacía yo allí", dice John Cheever en sus ‘Diarios’

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«Nos deja ver el momento justo de alguien, de unas vidas, para comprenderlas en toda su complejidad».

A NOCHE, AL doblar la toalla de manera que se viera la inicial bordada, me pregunté qué hacía yo allí", dice John Cheever en sus ‘Diarios’, sembrados del doloroso desánimo de quien fue un desdichado.

Leo otra vez a Cheever. Estoy con su primera novela, Crónica de los Wapshot, y nada más empezar vuelvo a comprobar cuánto me gusta. "Bajo una penetrante lluvia otoñal, en un mundo muy cambiante, la plaza de Saint Botolphs daba una impresión de insólita permanencia": eso es construir algo real en una sola frase.

Sus relatos son extraordinarios. A la altura de los mejores cuentistas norteamericanos (Carver, Salter), porque de hecho es uno de ellos. Tiene —como debería tener cualquier cuentista— la capacidad de contar mucho con pocas palabras. Nos deja ver el momento justo de alguien, de unas vidas, para comprenderlas en toda su complejidad —nunca, nunca simplificando, nunca esquematizando, recuerden a Roth—. Y sus novelas lo mismo, pero abriendo un poco el objetivo y alargando el tiempo de exposición.

Yo lo relaciono con Edward Hopper. Cheever habla del ambiente de Nueva Inglaterra, y Hopper lo pinta en muchos de sus cuadros. Y ambos nos muestran una clase media, puede que inexistente en otros lugares de Estados Unidos, pero que allí es o era real y presenta o presentaba unas características que a mí me asombran: son clase media —no alta, no media-alta—, viven en el campo y tienen barcos, y navegan, y resulta que hay gente que paga su pasaje y unos bocadillos para ir a ver la puesta de sol, y son los años 30; y organizan cenas para las que van a otros pueblos a comprar a tiendas especializadas —las cuales, por tanto, existen—; y la música popular que escuchan son obras maestras del swing o del bebop, tocadas por big bands míticas. Y son clase media, insisto. Me pregunto si en algún sitio de la costa catalana o la vasca hubo entonces aquí algo comparable. Porque a mí me parece ciencia ficción.

Una reunión familiar en el viejo jardín: "Una nube pasa ante el sol poniente, oscureciendo el valle, y ellos experimentan una honda y momentánea inquietud, como si intuyeran de qué modo puede caer la oscuridad sobre los continentes del espíritu. El viento refresca, y entonces todos se animan, como si eso les recordara su capacidad de recuperación". Ante algo así, a uno no le queda sino contentarse con leer. Desde luego, no puede escribir, porque sabe que nunca llegará tan al fondo, ni será tan esencial, tan incisivo y tan pertinente; y menos con esa naturalidad. Así que únicamente leer y, tal vez, consolarse porque al doblar la toalla del baño la sensación es mejor.

La toalla de Cheever
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