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Las capas de la cebolla

"Steinbeck apenas dio con una o dos personas que no quisiesen ponerse en marcha e irse a cualquier sitio"

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AHORA, EN LAS vacaciones, por primera vez en muchos años, cuando no tengo nada que hacer puedo no hacer nada, y es muy extraño. Un día decidí compensar todos los excesos gastronómicos de la semana y comer solamente un par de frutas, mientras esperaba en una plaza a los niños, que comían con su madre. Me senté con un libro en un banco, yo solo, a hacer una de las cosas que más me gustan: leer en un banco yo solo. E iba levantando la cabeza para mirar a la gente que pasaba y tratar de adivinar, por dos frases, cómo era su vida. El tiempo era primaveral y sobre la cabeza me daban sombra las ramas de un almendro, llenas de flores.

Estoy leyendo ‘Viajes con Charley’, de Steinbeck, sobre un viaje por carretera por Estados Unidos, cuando ya era mayor —él no sabía que le faltaban dos años para morir—, con su perro. Y cuenta que, a lo largo de su recorrido de varios meses, apenas dio con una o dos personas que no lo envidiaran; que no quisieran ponerse en marcha e irse a cualquier sitio; que no tuviesen ganas de alejarse de su Aquí, fuese este cual fuese.

Ayer, también el protagonista de una película intrascendente que vi con los niños habría estado encantado de distanciarse una temporada de su aparentemente buena vida, huyendo de una inercia que lo asfixiaba. Y es curioso, porque, si es una situación muy recurrente en el cine, se debe a que lo es en la realidad: una vida bien montada, con razones para ser satisfactoria, incluso con los protagonistas adecuados, que sin embargo se ha convertido en una estructura sin un espacio para respirar, que carece del aliciente que nos hace querer mantener todo lo demás en marcha, donde falta la ilusión que marca la diferencia entre pasar la vida y vivirla.

La pirámide de Maslow es una buena herramienta de análisis sociológico, pero individualmente a veces es más útil una cebolla. Porque nuestra progresión no es verdaderamente ascendente, en contra del estereotipo. La vida consiste en un centro que es imprescindible llenar, y que es sentimental —¿alguien lo duda?—, sobre el que hemos de apoyar capas, unas encima de otras: aprender cosas, conseguir otras, probar novedades, estudiar, renovar el decorado, conocer a gente interesante, viajar, etc., etc. Pero ambas cosas son imprescindibles, porque no hay capa que se sostenga si el centro está hueco, ni centro capaz de resistir solo a la intemperie por mucho tiempo.

La gran tarea consiste en llenar ese corazón y luego poder sentarse bajo las flores de un almendro

Las capas de la cebolla
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