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Madrid en pintura

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PRIMER CAFÉ en la máquina de al lado del ascensor: en lugar de un café con leche me sale un cortado con virutas de chocolate. Son casi las doce. Subo a mi habitación a acostarme.

En llegar desde el hotel a mis clases tardo, en metro, 54 minutos. Aquí lo ven normal y a mí me pasma. Como si voy a trabajar todos los días desde Ferrol a Santiago. Lo único bueno es que garantiza casi dos horas diarias de lectura.

He venido con ganas de ver cuadros y tengo dos tardes libres. La primera voy al Prado a ver una exposición temporal, una selección de la Hispanic Society of America. Una de esas cosas que por sí solas justifican venir a la capital. Veo una Biblia de 1250, de Soissons, con una caligrafía que cuesta creer, y que obliga a pensar qué tipo de seres eran los copistas. Mejor letra que el emperador Carlos V tenían, como compruebo en una carta manuscrita a su hijo diciéndole cómo gobernar en su ausencia. Hay también un decreto suyo mandando doblar el sueldo a Tiziano. Un mapamundi de Giovanni Vespucio, el sobrino de Américo, de 1526, es un viaje fantástico en el tiempo: India Intraganges y Ultraganges, Valaquia, Etiopía superior e inferior, la Tierra de los Bacallaos colocada casi al lado de Florida, y una América que se va difuminando hasta quedarse sin costa oeste. Y, por fin, la pintura: tres Sorollas increíbles, de los cuales me llama la atención, por ser menos conocido, Los pimientos, con una raya de luz del sol que, junto con los remolinos del agua de Idilio en el mar, solo puede pintar un genio; y dos Velázquez. Me quedo diez minutos maravillado por la perfección de su Retrato de una niña. Goya no me gusta. Lo siento, pero ya estoy harto de fingir: no me gusta, y punto.

Al salir, veo en la verja del Ritz los precios de la terraza: la ración (100 g) de Beluga está a 520 euros, y si optamos por el caviar Imperial la cosa sube a 620. Pero además hay una oferta, porque por 379 euros más (999 en total) podemos añadirle una botella de champán Krug Vintage. Yo creo que la gente estos chollos no los sabe y se los pierde. Una pena.

El martes voy al Caixaforum a ver una exposición del pintor Ramón Casas, que no conocía. Principios del siglo pasado, amigo de Sorolla, Rusiñol y algún otro afincado en París. Me encanta, aunque el cuadro que más me impresiona es un retrato de Sorolla pintado por un tal Anders Leonard Zorn.

Último café en la máquina de los ascensores: en lugar de café con leche me sale un vaso de leche caliente con azúcar. Hacía unos cuarenta años que no bebía eso, y recuerdo por qué. Son casi las doce. Subo a mi habitación a acostarme.

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