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El piso es más grande que los dos nuestros juntos pero no cabe nada

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OCHENTA Y cuatro cajas. Dos camas, diez sillas, dos librerías, una vitrina, dos sofás, tres mesillas, cuatro alfombras, dos equipos de música, tres portátiles, una tele, un microondas, una cómoda, un escritorio, veintipico cuadros y ochenta y cuatro cajas llenas básicamente de libros, ropa y tápers. Cientos de tápers con sus tapas.

El piso es más grande que los dos nuestros juntos pero no nos cabe nada. El cajón de los calcetines no me cierra. A lo mejor influye que hayamos reunido ocho nórdicos, dos espumaderas, cinco cafeteras, dos cucharones, cuatro tijeras de cocina, ocho sartenes, cinco tablas de cortar, cuatro cortadores de huevos, dos picadoras de carne, dos ralladores, veinte manteles individuales, treinta y pico tazas, tres vajillas, cuatro cuberterías, veinte bayetas, cuatro pastas de dientes, diez cepillos y seis cortaúñas.

Y dos gatos, el que ya teníamos y uno nuevo. El de antes lleva una semana atemorizado perdido: por el sitio, por las cajas, por los ruidos, por mis hijos y hasta por su congénere, que pesa diez veces menos que él y a quien observaba, los primeros días, con una mezcla de incredulidad y pavor —o eso me parecía ver a mí en su por otra parte poco expresiva cara—. El nuevo, que es una bola naranja que el primer día se metió a dormir en una fuente de horno, parece haber desandado el camino recorrido en sus hábitos higiénicos y ya llevamos tres nórdicos lavados —menos mal que nos quedan cinco—. Hace dos días que ya juegan juntos.

El horno no funciona —por eso nos dio igual lo de la fuente—, una ducha tampoco, la otra pierde agua, la caldera deja de calentar caprichosamente, dos cisternas están rotas y por ahora los dueños han accedido a pintarnos algo así como una sexta parte del piso. Y hemos vislumbrado la pesadilla que debe de suponer ser hijo de un matrimonio mal divorciado, si ser sus inquilinos es esto.

El piso siempre me pareció precioso, y la zona, estupenda. Hasta ahora: atravieso una fase de oscuridad total y no veo la luz. Ni la luz ni ninguna de las virtudes que me atraían. Solo humedades, grietas, armarios repletos, baños clausurados y duchas frías. Y cajas.

Me tocaba a mí ponerle nombre al gato, y decidí escogerlo en honor del mejor presidente de los EE.UU. Un hombre inteligente y preparado, honesto, bondadoso, audaz, consciente de su papel, de sus aptitudes para desempeñarlo y de la responsabilidad de hacerlo. Ejemplar, casi perfecto. Nuestro gato se llama Presidente Josiah Bartlet.

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