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Mujeres que visten el uniforme de la Armada frente al machismo

De izquierda a derecha, las estudiantes María José Gil, Sheila Pachón de la Torre y Cristina Názara
De izquierda a derecha, las estudiantes María José Gil, Sheila Pachón de la Torre y Cristina Názara
Este curso, 72 chicas se forman en la Escuela Naval Militar, una cifra récord que confirma el aumento de la presencia femenina en las Fuerzas Armadas ►Tres alumnas, algunas únicas mujeres en su brigada, hablan sobre su día a día y su lucha contra los estereotipos de género

Llevan el pelo recogido en un moño casi perfecto, del que no se escapa ni un solo pelo rebelde. Las gorras y los uniformes, pulcrísimos, sin rastros de manchas o arrugas. Tienen pendientes en las orejas, mirada segura y paso firme. Son mujeres en lo que, a ojos de la sociedad, es un mundo de hombres, una etiqueta que ellas rechazan por la experiencia de su formación en la Escuela Naval Militar. "Aquí lo único que nos diferencia del resto es el nombre", dice una de ellas.

Sheila Pachón de la Torre, granadina; Cristina Názara Besada, sanxenxina, y María José Gil Fernández, conquense, son tres alumnas del centro de la Armada situado en Marín, que este año ha pulido el récord de mujeres que ingresaron en sus listas. En el curso 2016-2017, incluyendo tanto a los cuerpos específicos (cuyos alumnos pasan todo el año en la escuela marinense) y los cuerpos comunes (cuyos integrantes solamente pasan unos cuantos meses en las dependencias de la villa), ingresaron 72 mujeres.

Esta cifra es la más alta de las registradas hasta ahora. El año pasado fueron 66 y hace dos no llegaban a las 40. La presencia femenina en la Escuela es cada vez mayor, aunque todavía está muy por debajo de la masculina.

María José Gil Fernández "Hay mucho desconocimiento acerca de este mundo, por eso se generan estereotipos en la sociedad"

De hecho, las alumnas que pasan todo el año en el centro formativo son solamente doce. Sheila es de primer curso, y está acompañada por siete mujeres más, de entre 78 alumnos. Cristina y María José, de segundo y cuarto año, respectivamente, son las únicas chicas en sus brigadas.

"Lo de este año es algo excepcional", reflexiona María José, la veterana de las tres, que opina que, aunque es un dato positivo y a tener en cuenta, no tiene por qué llevar implícito "que el año que viene entren otras ocho".

Quedamos en una de las salas que tiene la escuela en su interior, después de traspasar la kilométrica pista de atletismo que la rodea y la escalera principal, que sirve de telón de fondo de las fotos oficiales.

Mientras caminamos, dos chicos pasan a la carrera y las saludan con el protocolo habitual. Llueve y sus gorras blancas se tiñen de oscuro por culpa de las gotas, pero rápidamente nos resguardamos del mal tiempo.

Bajo techo, rememoran cómo decidieron ganarse la vida trabajando para el Ministerio de Defensa.

Tanto Sheila como Cristina cuentan con lazos familiares que las unen al oficio. "Cuando terminé Bachillerato, no sabía qué carrera estudiar. Como mi padre es Guardia Civil, me empecé a interesar por las Fuerzas Armadas", relata la primera.

En el caso de la segunda, fue el padre de un amigo suyo del colegio, "que era médico militar", el responsable de que orientase su incipiente interés por la Medicina hacia la rama del Ejército. "En Bachillerato me di cuenta de que me pesaba más la parte militar que la médica, así que, por cercanía y por el amor al mar, decidí meterme en la Armada", cuenta.

María José, por su parte, es todo vocación. "Desde pequeña quise ser piloto. Para mí no había otro camino", indica. No fue un vínculo familiar lo que motivó su ingreso, pero sí influyó que sus padres tuvieran muchos amigos militares.

Cristina Názara Besada "Cuando preparaba las pruebas físicas hubo comentarios que me influyeron, pero nunca desistí en mi objetivo"

PRESIÓN SOCIAL. Tal y como era de esperar, cuando las tres hicieron público su deseo de ser militares, su entorno se volvió en contra de ellas y rápidamente intentó ponerles sobre la espalda los estereotipos de género que dicen que la mujer es el sexo débil. Ellas, por supuesto, se negaron a aceptar lo inaceptable.

"Yo vengo de un pueblo pequeño, y allí sorprendió mucho mi decisión. Pero nunca me eché atrás, a mí me daba igual lo que dijera la gente, ser mujer no es un condicionante", dice Sheila.

Cuando Cristina le dijo a su madre que quería ingresar en la Escuela Naval "lo pasó fatal. Creía que esto no era un mundo para mujeres, que iba a estar mal. A mí esos comentarios no me dolían, pero sí que me influían".

Pese a todo, siguió su camino. "Un año más tarde me confesó que la primera vez que salimos de francos de la escuela me dijo que me vio tan contenta que se le olvidaron todos los miedos", apunta.

Para María José, el problema de que la sociedad no avance en este sentido y siga viendo su profesión como si solo pudieran desempeñarla hombres es "el desconocimiento. Los estereotipos que hay alrededor de esto son enormes y son fruto de la ignorancia. Y si otras mujeres no lo escogen como opción laboral es por lo mismo". En su opinión, "una vez entras aquí el trato es el mismo, uno se da a conocer por sus cualidades o por lo que vale, igual que el resto de gente o de compañeros". Aunque el hecho de que "las Fuerzas Armadas tampoco hacen una publicidad excesiva" no ayuda para cambiar la visión machista imperante.

A base de contar su experiencia y de acercar a su entorno cómo es su día a día en la Escuela, "han cambiado su forma de ver las cosas", concuerdan todas.

ESFUERZO FÍSICO Y MENTAL. Para convertirse en alumnas de la Escuela Naval, las tres tuvieron que pasar unas pruebas físicas nada sencillas, para las que se prepararon duramente.

Sheila Pachón de la Torre "Yo vengo de un pueblo pequeño de Granada y sorprendió bastante mi decisión, pero ahora ya lo ven normal"

Los ejercicios a realizar son los mismos para hombres y mujeres, lo que cambia son las marcas. A este aspecto, del que se podría hacer una lectura de discriminación positiva, ellas anteponen la lógica y la necesidad de que así sea.

"Las marcas que nos corresponden se adaptan a nuestras condiciones físicas", explica Cristina, a lo que María José añade: "Es igual que en los Juegos Olímpicos, donde las atletas tienen unas marcas totalmente distintas a los hombres. Está más que justificado fisiológicamente".

A lo que están expuestos tanto hombres como mujeres, tal y como apunta la conquense, es "al sacrificio que exige este oficio". "Además, todos los días es distinto", agrega, "cambian tus prioridades, tus dificultades, tus retos...".

Por otro lado, "haces lo que en general nadie quiere hacer: estar lejos de casa y de la familia, y dependes de los permisos. Pero lo compensa saber que nos dedicamos a los demás y cumplimos un servicio", dice.

"MUY BUEN ROLLO". "La verdad es que cuando llegué a la Escuela y me di cuenta de que era la única mujer de mi brigada pensé: ‘¿Dónde me he metido?". Así recuerda Cristina, ahora sonriente, su primer día en la ENM.

Sin embargo, relata que le duró muy poco la sensación de desubicación. "Al ser la única, los compañeros te tratan como una hermana y se crea muchísimo buen rollo. Ese ambiente de compañerismo supone una motivación extra".

No cree que se le trate de forma diferente. "Cuando me echan la bronca, me la echan como a la que más", y atisba "un punto de admiración" entre sus compañeros, "porque valoran que, a pesar de estar sola, eso no me condicione". De hecho, cuenta que antes "yo era muy tímida". "Ahora son como mis hermanos", ríe.

María José fue la única chica a bordo del buque escuela Juan Sebastián de Elcano de su brigada. Actualmente, las dos alumnas de tercero y quinto curso están en su travesía, haciendo prácticas.

María José recuerda de aquella experiencia que "era una más, que trabaja como todo el mundo". "Mis compañeros me cuidaban y yo a ellos, era una simbiosis", comenta.

Con sus testimonios, las tres alumnas intentan redescubrir un gremio en el que hay cabida para mujeres, aunque la sociedad aún crea que no es una plaza amable para ellas. 72 chicas ya han hecho oídos sordos a ello.

Y a medida que pasen los años serán muchas más.

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