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Nélida Piñón: "No tuve que matar a Dios para ser libertaria"

Nélida Piñón
Nélida Piñón
"Pongo la creencia en el otro por encima de todo y no aplico las decepciones a los demás". La carta de presentación de la escritora brasileña con orígenes en Cotobade evidencia el mimo con el que cuida sus vínculos afectivos. Ama tanto sus raíces que declinó la invitación a los Premios Príncipe de Asturias por acudir a Pontevedra

El amor por la familia, la ternura, Brasil y Cotobade. En el universo de Nélida Piñón (Rio de Janeiro, 1937) los afectos son un elemento fundamental. Por eso controla el reloj para reservar unos minutos y dedicarlos a comprar regalos para sus amistades - «¡tengo amigos en casi todos los países del mundo!» -. Por eso está pendiente de que le comuniquen a través del teléfono móvil cómo se encuentran sus perros al otro lado del charco. Y por eso se para a hablar cordialmente con una trabajadora del Parador de Pontevedra, en donde se aloja, cuando se entera de que es de Cotobade, el lugar a donde siempre quiere volver.

Siempre hay algo de Galicia en sus libros. En este caso, uno de los relatos habla de una mujer gallega, pero no se especifica el lugar concreto en el que vive. ¿Es Cotobade?

No nombro ningún lugar, pero es como si lo fuera. Cotobade es una presencia mítica que me aporta una mirada del mundo. El libro gravita alrededor de la familia, la genealogía, del lugar de donde salimos todos. Las personas llevamos nuestros apellidos hasta la muerte y eso forma parte de la estructura social desde siempre. Muchas lenguas incluyen en los apellidos un prefijo o un sufijo que significa ‘hijo de’. Hay un empeño de la humanidad por buscar conexiones amorosas, afectivas y sanguíneas. Por el poder, el dinero, los castillos, los cerdos o lo que sea. Estamos dramáticamente vinculados al concepto de familia, porque la familia beneficia, pero también arruina. Además, el libro también explora otras conexiones genealógicas como la lengua, los amigos o la tribu. Es una obra que cubre la historia de los sentimientos humanos. Son nueve cuentos que terminan con un epílogo trágico que es la genealogía de la soledad, del desamparo, de la miseria. El espíritu es un personaje viejo, sin dinero, deambulando por las calles de Lisboa. Es Camões, el padre del idioma, abandonado por el rey y la corte.

También habla de la emigración y los sentimientos encontrados: la ilusión y la tragedia de romper los vínculos familiares.

Es un tema que me fascina. En el discurso que escribí cuando entré a formar parte de la Real Academia Galega, que se llama ‘La épica del corazón’, hablaba de la historia de la emigración. Tengo una visión muy nítida de la emigración gallega porque yo soy hija de ella. Por eso es tan importante. Pero volviendo al libro, hay un cuento que se llama ‘El tren’, que habla precisamente de la ilusión. La gente no puede vivir sin ella. No es una invención de los poetas, sino de los seres humanos. Por ejemplo, cuando una mujer se queda embarazada tiene la ilusión de la felicidad, de ofrecerle todo a ese hijo, incluso de que su vejez estará garantizada.

"Estamos dramáticamente vinculados al concepto de familia. Porque beneficia, pero también arruina"

Esos vínculos familiares tan fuertes de los que habla a muchos les sonarán a vestigios del pasado que no tienen que ver con las sociedades urbanas.

El mundo cambia mucho pero siguen existiendo las mismas estructuras. La gente joven se puede ir de sus casas e independizarse, pero convierten a sus amigos en padres. No todo tiene que ver con la biología. Podemos tener un hermano aunque no compartamos vínculos sanguíneos. Por eso los amores son tan fugaces, porque se convierte a los amantes en hermanos. ¡Y eso no puede ser! ¡Es incesto! La gente no prescinde de un hogar, de un ‘acouchego’, como decimos en Brasil. Dependemos de los afectos, una sociedad que prescinde del amor está condenada a la soledad. No a la deseada, porque esa soledad es maravillosa, sino al repudio. Eso es un horror.

El rol del hombre dentro de las relaciones afectivas sale algo perjudicado.

Hay de todo. En el primer cuento la mujer es cruel y vengativa. Podría ser una figura trágica griega, propicia casi que la reconstrucción del mito de Caín y Abel. Tengo textos de gran violencia física, insidiosa, verbal o erótica. La literatura no es selectiva y no tendría que expurgar quien somos por el bien de la estética. Ninguna teología o religión tendría que comandar las decisiones estéticas.

"Para escribir hay que ser mujer, hombre, animal, vegetal y mineral a la vez. Hay que invadir la psique y el cuerpo del otro"

En una entrevista decía que los hombres deberían coger más a sus hijos en brazos.

¡Por supuesto! El amor es más que un fundamento, es fundacional. La ternura es necesaria, todo lo que estoy diciendo no es real, es una apología de una verdad narrativa. Tendríamos que hacer un esfuerzo hacia el amor. Pero no hay moral dentro de la creación estética, por lo tanto, todo tema es narrable. Por eso trato de tener una formación colectiva, no de mujer (o lo que se acostumbra a llamar ‘mujer’). Una escritora tiene que tener una visión amplia, universal, para escribir hay que ser mujer, hombre, animal, vegetal y mineral a la vez. ¿Cómo se podría explicar si no que Flaubert se pusiese en la piel de Emma Bovary? Flaubert pudo ser mujer. Se trata de invadir la psique y el cuerpo del otro. Si no es así no estás habitando el mundo. A mí me encanta habitarlo.

Por eso quiso ser escritora desde que era niña.

Siempre. Es muy interesante. Ya no soy una niña pero ese amor por la literatura sigue siendo inocente. Porque el amor te inocenta.

En muchas ocasiones habló de sus propias experiencias a través de sus obras. ¿Nunca ha sentido pudor?

Yo soy muy delicada. Tengo el poder de elegir lo que cuento y lo que no (ríe). A veces tampoco es interesante lo que tengo que decir. Lo que soy lo sé yo.

No es difícil abrir un libro suyo al azar y encontrarse una descripción de Borela. ¿Qué tiene Cotobade?

¿No le parece maravilloso? Yo gané el Premio Príncipe de Asturias y en el discurso hablé de Brasil y Cotobade. Los periodistas después me preguntaban qué era eso, dónde estaba (ríe). Tengo el honor de poner Cotobade en el mapa mítico, narrativo y en el de mi vida. No me imagino mi propia historia sin Cotobade.

¿Siente nostalgia?

Mucha, una gran nostalgia, pero no es destructiva. Es una nostalgia que me ayudó a construirme. Ha hecho de mí la mujer que soy. Por ejemplo, amo la familia, soy una escritora que habla mucho de los afectos, porque soy descendiente de personas que me enseñaron mucho: los rituales, las comidas, el sentimiento de pertenencia, el espíritu de trabajo, la disciplina... Mi madre fue una mujer muy exigente y eso era fantástico. Si no fuese por ella, yo sería una mujer apasionada, enamorada, aventurera, pero que no habría hecho nada porque no tendría disciplina para convertir ese material en trabajo. Hacer un libro requiere mucho tiempo y dedicación. Solo los fuertes hacen literatura de calidad. La vida tiende a ponerte débil, por eso hay que resistir. Y también hay que superar la pereza. Pero me hablaba de Cotobade. Estos días estoy muy contenta porque hoy (por ayer) estaré allí presentando un libro. El domingo vuelvo porque van a bautizar la Casa do Pobo con mi nombre y el lunes voy para entregar el premio de relato breve Nélida Piñón. Pero mi sueño es quedarme una larga temporada. Hay una casa rural en Borela que se llama O Pozo y me gustaría pasar allí un tiempo.

"Tengo el honor de poner a Cotobade en el mapa mítico, narrativo y en el de mi vida. No me imagino mi historia sin él"

Sin embargo, los años que pasó allí durante su niñez fueron en plena posguerra. La vida no era fácil.

Había una miseria total. Era sucio, no había comida, ni siquiera había pan de trigo. Pero yo siempre he sido una mujer tan optimista, tan luchadora, que me enamoré del pan negro. Incluso ahora si me ponen delante un trozo de pan negro y otro blanco me quedo con el primero. Mis padres trajeron más de 15 baúles de ropa y comida no perecedera cuando vinimos: mermeladas, guayabadas, café, jabones... Trajeron de Brasil todo lo que pudieron en aquel viaje. Lo que había en Galicia venía del estraperlo. Pero además teníamos animales y cultivos. Mi abuela tenía cerdo, patatas, grelos y otras cosas del huerto. También había árboles frutales que yo adoraba. Mi padre me regaló un canivete, una especie de navaja, y yo me iba con ella y un trozo de pan, jamón y una manzana a un lugar llamado Pé da Múa para cuidar a los animales. Andaba yo solita, me encantaba estar sola ya de niña. Escuchaba el ruido del lobo y no tenía nada de miedo. Para mí el Pé da Múa era una especie de Himalaya, era como el Anapurna, me sentía como una gran alpinista. Cuando lo vi de mayor me pareció una montañita pequeña que no tenía que ver con la inmensidad que yo recordaba. Yo lo tenía todo: pan, un pedazo de cerdo y la imaginación -que hay que alimentar cada día, igual que el estómago-. ¿Qué más quería?

En uno de sus libros habla del párroco de Borela por aquel entonces, Don Ventura.

¡Era terrible! Una figura nefasta. Él venía a casa de mi abuela y había que ofrecerle comida y una botella de brandy Fundador. Se la bebía casi toda. Pero me marcó.

¿Nélida Piñón tiene dios?

Sí, lo tengo. Soy laica pero con Dios. Hace poco le dije eso al Rey Don Felipe, que es muy cariñoso conmigo. Él me contesto: «claro, por si acaso» (ríe). Soy una mujer que no tuvo que matar a Dios para ser libertaria. No afecta a mi conciencia, no me hace daño.

La mitología clásica y las referencias bíblicas son muy recurrentes en su literatura. ¿Escuchó cuentos gallegos cuando era niña?

Tengo una formación que abarca toda la trayectoria de la civilización. Desde niña empecé a leer lo mejor del mundo. Mi padre me llevó una vez a una librería y me introdujo a la lectura. Abrió una cuenta para que pudiese ir y comprar los libros que quisiese, él pagaba a final de mes. Ni él ni mi madre me preguntaron nunca qué leía. Siempre confiaron en mí y me dieron plena libertad de una forma espléndida y generosa. Puedo decir que amo a mi familia y la memoria que me dejó. Tengo presente ese homenaje, por eso vengo tanto, porque Cotobade es parte de ella. Yo soy un producto de la generosidad y de la gente que me ha rodeado, aunque también ha habido cosas malas, pero siempre he tendido a quedarme con lo bueno. Estoy profundamente en contra de la ferocidad de los seres humanos, somos unos salvajes que se tienen que plantear seriamente hacer cambios morales.

¿Y qué me dice de los cuentos?

La tradición oral gallega es una maravilla. Todo el tiempo escucho cuentos. Mi abuelo Daniel y mi abuela Amada me contaban muchas historias. También leía libros y revistas y luego le pedía a mis tías que me preguntasen sobre lo que había leído. Me lo sabía todo sobre Cleopatra. Me fascinó el mundo narrativo, tanto que cuando alguien me empezaba a contar una historia yo siempre pedía más. Detestaba los epílogos, siempre quería continuar. Y los gallegos son muy buenos contadores. Yo conocí a Fidel Castro, siempre me llamaba ‘gallega’. Un día le dije: «Comandante, usted es cubano, pero mantiene su sentido narrativo gallego, por eso habla horas y horas» (ríe).

"Estoy profundamente en contra de la ferocidad de los seres humanos. Tenemos que hacer cambios morales"

En una entrevista dijo que escribía pensando en un indio de la Amazonia. ¿La literatura a veces es elitista?

No, a no ser que fracase. Es una cuestión de tiempo. A veces un gran libro no encuentra un público preparado para leerlo. Shakespeare era visto por la gente modesta en el teatro y se reía mucho. Por aquel entonces tenían un sentido del erotismo de feria. La gente del Medievo era desbocada, le gustaba mucho lo escatológico. No creo que exista la literatura elitista, sino que hay buena y mala literatura.

Si alguna vez gana el Premio Nobel de Literatura...

No lo voy a ganar, así que no me haga esa pregunta.

Si se diese el caso, Cotobade tiene la garantía de que saldrá en su discurso, ¿no?

Ya salió en el del Premio Príncipe de Asturias, no quiero pensar en cosas que no van a pasar (ríe). Por cierto, ponga que me invitaron a asistir hoy (por ayer) a la entrega de estos galardones y dije que no porque primero es Cotobade.

Nélida Piñón: "No tuve que matar a Dios para ser libertaria"
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