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Odio eterno al regalo

ES FÁCIL CONFUNDIR un regalo con un gesto hermoso y técnico, que casi lo acerca al milagro. Si cierras los ojos, distingues cómo late cierta poética en el instante que el regalo pasa de una mano a otra. Ese misterio agazapado resulta agradable a los sentidos. Pero no nos engañemos. Detrás de esa expresión, y su belleza, se oculta un horror íntimo, ligeramente disimulado bajo unos buenos modales. Encontrar el regalo para cada momento y persona representa un tour de force que te deja para el arrastre.

Resulta complicado —aunque a mí me gusta más la palabra ‘imposible’— no experimentar angustia cuando adviertes que el regalo idóneo se te oculta continuamente. Esto es muy caro, esto es muy barato, esto es feo, esto ya lo tiene, esto lo prefiero para mí, esto parece muy pretencioso, esto no tiene uso, esto no lo hay en color azul, en esto no hay talla, esto lo puede tomar con segundas, esto ya se lo regalé tres veces, esto no quita el frío, esto da calor, esto es de mujer, esto es de hombre, esto no combina con nada, esto se lo vi a su madre, esta marca la odia, esta otra lo odio yo, esto es para primavera, esto es para otoño, esto ya no se lleva, esto es muy arriesgado, esto coge pelos, esto suelta pelos, esto se rompe el primer día, esto cansa a la vista, esto parece viejo, esto resulta demasiado íntimo, esto creerá que lo compré en un aeropuerto, esto parece de feria, esto le hace culo gordo… y así toda la vida.

Haría cualquier cosa por evitar la desesperante y árida búsqueda de algo que a menudo no existe, pero que aun así, a última hora, compras. Cualquier cosa. Incluso ponerme enfermo. ¿Qué puede salir mal? Rafa Cabeleira confesaba hace poco que sus días más felices fueron su larga convalecencia en la cama de un hospital, aquejado de una neumonía preciosa. Un mes pasó allí, tumbado por un mal «que casi me borra del mapa», pero que le dejó los recuerdos más venturosos de su vida, en forma de cama.

Las cosas tristes a veces nos ponen muy felices, porque en cierto sentido nos evitan una ruina mayor. En agosto de 2007 yo debía acudir a la feria del libro de Viveiro. La organización se había empeñado en que presentase allí mi primera novela, malísima, por otra parte. Siempre lo 
digo: aquel libro no merecía vivir. No niego que a mí me amargaba un poco —aunque me gusta más el adverbio infinitivamente—, cruzar Galicia entera en coche, para al llegar a Viveiro pronunciar unas palabras insustanciales, vender dos libros y dar la vuelta. Y después estaba la resaca. O las resacas. Aquel día se juntaban la resaca del día anterior y una de 2003, que había rebrotado. Pero cuando aún no había entrado en la provincia de Lugo, recibí una llamada. Descolgué sin dejar de conducir a toda velocidad. Aquellos eran tiempos de jauja. Me hablaba la coordinadora del evento. Había ocurrido una desgracia. Unas potentes ráfagas de viento, que esa mañana se había levantado en varios puntos de la costa, se llevaron por delante todas las casetas, y la feria quedó suspendida. Me pareció horrible lo sucedido, pero sin dejar de apreciar una gran relajación. La resaca se me curó de golpe.

No niego que resulta perverso alimentar pensamientos de comodidad en mitad de un naufragio. Es tristemente habitual en el género humano. No digamos entre escritores. Bebo de vez en cuando con un novelista que siente una repulsión secreta por las campañas de promoción de sus libros. Naturalmente, participa en ellas, sonríe, deja grandes frases cada vez que habla, pero por dentro las aborrece con fuerza. Las aborrece hasta ese punto, casi artístico, en el que le gusta pensar que dos horas antes de una presentación o de una entrevista, alguien lo llama por teléfono y le comunica que ha muerto tal persona, vagamente conocida, y eso le obliga a cancelar toda su agenda del día. Después se va al tanatorio y entre risas da el pésame a un montón de personas que no conoce, incluso reza ante el difunto, con el que está en deuda.

La posibilidad de acudir a un entierro le parece muchísimo más grata que la idea de referirse a su obra ante un público que pagaría encantado la novela y le aplaudiría a rabiar cualquier chorrada. Son pensamientos pecaminosos, infames, que masticas atrapado en una gran soledad, insonora e irrompible. Rara vez se producen grietas. Me ocurrió un día que fui a cenar a casa de mis exsuegros. Cuando estaba en el coche, y conducía absorto, pensé que de buena gana seguiría conduciendo mil kilómetros sin detenerme, hasta que fuese mañana. Para mi desgracia, había pensado en voz alta. En el fondo, gocé de fortuna. Las cosas ya no iban bien entre mi pareja y yo. Aquello facilitó poco después el desastre y la separación, lo que nos hizo muy felices.
 

Odio eterno al regalo
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