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Pier Paolo Pasolini, el hombre fuera de cuadro

Pasolini fue un hombre que no se ocultó ni se arredró. Un hombre trágico, un intelectual que profetizó males que hoy padecemos. Quiso ser él mismo y contar la realidad, en palabras e imágenes poéticas y espeluznantes por igual. Abismales e imponentes. Un hombre que dijo lo que nadie quería oír y mostró lo que nadie quería ver. Pese a su vida. Pese a su muerte

HAY UNHA escena, tremenda, en la película ‘De repente, el último verano’, en la que se ven los momentos finales del protagonista, asesinado a golpes, descuartizado, destrozado, por una marabunta de jóvenes, en una suerte de orgía macabra en la que la muerte no puede significar otra cosa que liberación. Comparación que sería superficial si de lo que se trata es de dilucidar el complejo universo pasoliniano. Sirva, sin embargo, la imagen para lo que viene a continuación.

El 2 de noviembre de 1975, en Ostia, la periferia de Roma, Pier Paolo Pasolini, fue asesinado de un modo brutal, después de haber recogido en su coche a un chapero adolescente, el cual, primero se declaró culpable y, años después, se retractó. Aunque la probabilidad de ese único asesino ante la ferocidad del crimen se tambaleó desde el principio, todo el mundo calló. Durante cuarenta años y algunos días, el silencio ha ido cubriendo de culpables la historia de un hombre que, en vida, escandalizó, combatió, repugnó y deslumbró a partes iguales con el lenguaje. Fue poeta, profesor, escribió teatro, ensayo y novela, artículos periodísticos y guiones, fue director de cine. De un cine original, lírico y cruel, escandaloso y desafiante, de un cine verdad y reflejo de aquello que veía y que la mayoría prefería no ver.

Las escenas de sus películas plantean todos los interrogantes que por norma se rehúyen, todos los cuestionamientos que no se abordan, toda la realidad que queda fuera de cuadro. Justo donde la mirada se tuerce, la cámara pasoliniana pone el ojo, y se detiene, y se recrea, y cobra sentido. Desde muy joven intentó entender y expresar las peculiaridades de su propio yo, las de su pueblo, las de su país, las del mundo. En Casarsa, al norte de Italia, en la región del Friuli, Pasolini vivió junto a su madre, a quien idolatraba, sus años de juventud y primera madurez.

Su padre reaparecía de vez en cuando, produciendo grietas en el hogar que jamás se repararían. Fascista, alcohólico y violento, representaba aquello que su hijo rechazaba, y que, consecuentemente, había que mirar, había que expresar. Su hermano, partisano, murió en la guerra. Ese modo peculiar, valiente, de enfrentar un sufrimiento personal lo llevó a una actividad intelectual y cultural casi frenética, casi sobrehumana. Y lo fue conformando como una persona sólida en su debilidad, en su dolor, en su humillación, en su incomprensión. Recibió, desde muy joven, insultos, amenazas, expulsiones y denuncias. Porque no torció la cara ante sí mismo. Ni las consecuencias de ser quien fue. Atraído irremisiblemente por menores, en quienes veía la encarnación de algo que se acercaba a la realidad soñada, iba en su busca, los seguía, los convencía, los encantaba.

Después venían las represalias, venía la reflexión que se transformaba en palabras, poesía o relato autobiográfico, que asumía con miedo, con tristeza, con estoicismo. De la enseñanza y del Partido Comunista fue expulsado por "conducta depravada" —léase: seducir a adolescentes—. Pero siguió enseñando y siguió considerándose comunista. Aunque fuera de cuadro. Los chicos pobres, campesinos, analfabetos de Casarsa, le querían; junto a su madre adecentó una estancia que servía de escuela. Allí, madre e hijo, enseñaban lo que los libros ofrecen cuando se acaban sus páginas. Enseñaban eso que viene después y que no tiene un nombre definitivo: pensar, emocionarse, elegir. La libertad. Defendía, asimismo, lo originario, lo primigenio, en la naturaleza, en las personas, en el lenguaje; defendía el estado de los seres, de las ideas, de las cosas, antes de corromperse. Esa mirada define su personalidad y su obra. Es una mirada política. Muchos también la han calificado de profética.

Sus primeras películas son analizadas en el marco del neorrealismo italiano, pero ya en ellas, se desplaza la cámara hacia lugares periféricos, esos donde el ojo no llega. Con actores reclutados de la calle, de los arrabales, de la miseria —algunos de ellos amantes ocasionales y otros, amores más duraderos— realiza filmes tremendamente poéticos que podrían considerarse continuación de su escritura. El nuevo lenguaje le añade realidad a la realidad. En 1961 estrena ‘Accattone’, la historia de un proxeneta con vacío existencial y con fondo musical de Bach.

Impacta, por lo nuevo, por el coraje, por la contradicción que supone para la moralidad y lo formal y lo establecido. Eso es lo que provoca, ese desvío de la perspectiva para que veamos lo que queremos ocultar. Un año más tarde estrena ‘Mamma Roma’, esta vez con Anna Magnani de protagonista, una prostituta que lucha por una vida mejor para su hijo. Aunque la película tuvo éxito, Pasolini no quedó satisfecho. Demasiado enfocada en la famosa actriz. Pasolini se negaba a hacer cine por el placer de la mirada.

Rechazaba todo lo que significase gregario, todo lo que destruyese el ser individual, todo lo que supusiese sumisión y pérdida del yo. No era católico, pero creía y entendía conceptos como la gracia, la redención, el sacrificio, la voluntad. Veía una belleza peculiar en la idea de la fe y en 1964 filmó una película que revolucionó al poder, civil y eclesiástico —aunque, posteriormente, el Vaticano aprobaría la cinta— y a la sociedad. ‘El Evangelio según San Mateo’, con Bach, de nuevo, con un Jesucristo polémico, por desconocido, con un planteamiento político y social. "Haré cine cada vez más difícil, más árido, más complicado, y quizá incluso más provocador para que sea lo menos consumible posible".

Estas palabras de Pasolini se convirtieron en una realidad ardiente, explosiva. Sus películas fueron censuradas una y otra vez, al tiempo que aumentaban sus admiradores y sus enemigos. Las amenazas de muerte se sucedían, por parte de aquellos que representaban lo que él, explícitamente, criticaba. No por ello, dejó de hacerlo. Después del ‘Evangelio’, utilizó parábolas en sus siguientes filmes, ‘Pajaritos y Pajarracos’ y ‘Teorema’, adaptación este último de un libro suyo, en el que realiza un colosal retrato de la burguesía, de su decadencia, de su cosificación.

En los primeros 70 rueda lo que se llamó ‘La trilogía de la vida’ (‘El Decamerón’, ‘Los cuentos de Canterbury’ y ‘Las mil y una noches’), adaptaciones de obras literarias que son cantos, exaltaciones de la vida y lo que ella implica, sin inhibiciones. Y en 1975 filmó ‘Saló o 120 días de Sodoma’, su última película, que no vio estrenada. La película hace un paralelismo con el régimen fascista establecido en Saló en una adaptación del Marqués de Sade, donde la denigración de la persona, la violencia, el poder, la tortura, el sadismo, la humillación y, finalmente, la masacre, llenan la pantalla de horror.

De repente, el último noviembre. Un ensayo polémico, Petróleo, sin terminar. ¿Quién mató a Pasolini mientras avanzaba, ascendía, se elevaba en una búsqueda de sí mismo y de la verdad, por encima y a pesar de quien fuese y de lo que representase? Lo mató el poder, lo mató la religión, lo mató la ignorancia, el fascismo, la izquierda acomodaticia, la corrupción de las ideologías, de las mentes, de la sociedad. Lo mató todo lo que nos puso delante e intentó que viéramos. Esa marabunta.

Pier Paolo Pasolini, el hombre fuera de cuadro
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