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Personas a las que les pasan cosas

Un anciano en las últimas, un abuelo ejemplar que cargó con la familia en tiempos difíciles, encarga a su nieta que llame a los vecinos del barrio para que él, en cama, pueda pedirles perdón por algo que ellos desconocen: fue el verdugo de sus familiares más queridos en la Guerra Civil. Esta historia tremenda la escribe Rosario, una ama de casa de vida común que padece terrores nocturnos. Buscando cura, escribe relatos animada por su psicoterapeuta. Esa arquitectura sencilla el director Mario Iglesias (Pontevedra, 1962) la ha paseado por los festivales de San Sebastián y Tokio, fue incluida por la International Film Guide como una de las cinco películas españolas del año y se estrenó finalmente, con fastos y un cine repleto, en las salas de Vialia, donde permanece en cartelera diez días después. Un triunfo bestial para una productora, Matriuska, que domeña presupuestos bajos, equipo reducido y recursos modestos de los que extrae, cada vez que baja a la mina, oro puro.

Ya en la arena, no es menor el mérito de Iglesias, por más que a estas alturas no sorprenda ya a nadie. El cineasta infiltra la cámara en la cotidianeidad y de ahí, como de la chistera de la que vuelan palomas, artilla su discurso matriusko de telas trenzadas y nudos gordianos que acaban sometiendo al espectador hasta el impacto. Contra las palomitas y el estruendo, el cine chico de Mario Iglesias se ha ido haciendo mayor sin restar influencias y deberes, sin arramblar con cánones innegociables y sin el sacrificio, siempre tan pesaroso, del mercado. Mario Iglesias rueda como mira, y ese milagro lo repite con Relatos, su mejor película.

A Rosario la interpreta Concepción González. El director le escribió el personaje a ella y la actriz le devolvió a una mujer de bondad volteriana, cándida y frágil a la que sigue el espectador con cierta angustia (cuando se pierde buscando la dirección de una editorial, por ejemplo) por si le ocurre desgracia violenta o golpe mayor, tan comunes en la vida hacia los débiles de ánimo a la vuelta de la esquina. El trauma de la mujer, casada con un hombre, Martín (Yago Presa) con la obsesión permanente de comprarse un coche, está en manos de su psicoterapeuta, Luis Callejo, el hombre que la anima a escribir y buscarse el éxito editorial; el profesional que pelea para sacar a Rosario de las sombras.

La película se conduce entre los relatos de la protagonista, que cobran vida en interpretaciones tan valiosas como la de Isabel Rey, la madre acechante a la que se le encarga la tarea de pintar el retrato de un niño del que no hay imágenes; la frustrada novia que interpreta Bibiana Piñeiro, a la que quieren arruinar la boda; o el embaucador decadente de barra de bar, el autoproclamado representante de Rosendo que asalta el cuello de una jovencita inmadura. Los fantasmas de Rosario emergen como esos cadáveres que suben después de nueve días en el fondo del océano, y la trama alza el vuelo a la mitad del metraje para llevar a la protagonista a la raíz de sus obsesiones. En medio, colgada en la galería de la mejor cosecha del cine español de 2009, una escena magistral que lleva a Rosario al concesionario a escuchar las prestaciones del Ford Mondeo con el que sueña su divertidísimo marido. Una escena que empieza kafkiana y que transcurre con un pulso tan idéntico al mejor Woody Allen que hasta extraña que no acabe la buena mujer conduciendo rallyes y su marido escribiendo novelas. Es también ahí cuando Martín dibuja el trazo buenote y encantador, tiernísimo, de su personaje. Presentado al principio con cierta dureza (su mujer lo aleja en el ‘tablero de la vida’ del psicoterapeuta; él aparece viendo fútbol, racaneando lecturas, fantaseando con coches y mirando culos de jovencitas), al final este señor, además de los mejores momentos de humor de la película, se revela como un hombre enamorado, vigilante y protector de su mujer. Para el recuerdo la frase con la que anima a su esposa tras su topetazo con la realidad editorial: «Que una cosa es criticar, hombre, y otra dejar llorando a la gente».

El final devuelve la Pontevedra soleada de un verano y una Praza de Galicia envuelta en verdes, y la sensación tan familiar de que Mario Iglesias ha vuelto a sumar historias encima de historias para retratar lo que siempre ha retratado: un trozo de vida, unas personas a las que les ocurren cosas, que era lo que le pasaba a Francis Scott Fitzgerald si bebía. Una maravilla.

Relatos está en cartelera de los cines Vialia de Pontevedra: 17.00 / 19.30 / 22.00

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