Público-privado: Variaciones

Después de superadas la lucha de masas y la dicotomía Comunismo-Capitalismo (es un decir) ya no quedan terrenos de enfrentamiento, considerando que la Política ha sido superada por la Economía, poder que todo lo contamina y que todo lo condiciona. Así que la cosa se centra en otra alternativa: publico y privado. Todo consiste en hacer pasar lo público (que es materia que maneja la Política) a lo privado (que es materia que sostiene la Economía) Realmente el Capitalismo triunfante, con todos sus disfraces, Poder, Religión, Banca e, incluso, Democracia (todo le vale, incluidos los pobres a los que llama, cuando puede sacarles algo, países emergentes) consiste en pasar lo publico por derecho, a lo privado, por ley. La maniobra es perfecta; se crea la dependencia del capital para sostener a la sociedad, y, al tiempo se maneja a la sociedad y a sus recursos para que el Capital sea el único beneficiado del resultado final. Occidente (ese mundo ficticio en el que entran Europa, EEUU, Japón y algún que otro país, incluso Rusia) aplica la receta del libre comercio. Europa, que es lo que nos toca más directamente, aplica ese libre comercio al movimiento de capitales, que circulan sin trabas ni protecciones a su libre albedrío; a la mínima sospecha de que se protegen con aranceles o políticas de apoyo a la producción propia, saltan las alarmas: ¡ojo, que el comercio es libre! ¡no se pueden poner condiciones! Y así sólo se sostiene como público la parte social, la necesaria para suponer que vivimos en un estado de bienestar; pero no controla el beneficio de lo privado, que lo somete a la ley del libre comercio (el comercio nunca es libre, siempre es del que más puede, en este caso, una entelequia que podríamos llamar la Banca o los factores que manejan el cotarro de los capitales en Bolsa). La resultante es que la parte privada es independiente y beneficiosa (salvo cuando se provoca a sí misma una crisis de la que tiene que salir con fondos públicos) y la parte publica se presenta como deficitaria (y se confunde el gasto con la inversión) Los países que se asoman como grandes potencias no se andan con disfraces. China, que antes era “el peligro amarillo” y ahora es “el gigante asiático” ve el panorama desde el otro lado; un país que todavía es comunista, no lo olvidemos, sostiene lo público con todas sus protecciones, todo está al servicio de lo público, de la sociedad, y lo privado, ese “boom” productor y consumidor que la convierten en gran potencia, está controlado. Se produce, se vende y se compra, pero ellos son los que marcan las reglas de su juego, no el libre comercio, porque en China el comercio no es libre, lo dirige el Estado. Y si tiene que tener la moneda barata para facilitar las exportaciones, pues la tiene, y si a Occidente no le gusta, pues que se aguante. Los sistemas políticos están cambiando a marchas forzadas por los tiempos. Las reglas del juego que había hasta ahora ya no sirven. El baremo para registrarlos es diferente; la Democracia, en la que cabe cualquier cosa, incluso la tiranía o la dictadura(personal, ni siquiera la del proletariado) ya no es la panacea. Los bloques se desdibujan y varían: URSS y USA ya no pueden hacer valer la guerra fría para justificarse; y China, es todavía un gigante indefinido. Y, de repente, el bloque árabe se resquebraja, y lo que se venía venir, llegó. Los sultanatos, los emiratos, los califatos, las democracias hereditarias y las organizaciones dictatoriales barnizadas entre un islamismo a la antigua y una democracia falsa, se rompen, las masas, esa incontrolada marea, descubrió que todos en la calle son más que uno en el palacio, y que se puede hacer la revolución del jazmín (igual que hubo una del clavel, ¿se acuerdan?, los portugueses, no). Un día salen a la calle en Túnez, un país al que se iba de turista y parecía que todos eran felices, y al día siguiente la mecha corre y prende en Egipto, en Yemen, en Jordania, y suma y sigue. Y esta vez no valen las referencias previstas; no se trata de islamistas radicales, ni de protestas anticoloniales, ni de autodeterminaciones. Se trata de que hay una generación de personas distintas, de jóvenes, que tienen teléfono móvil, Twitter y Facebook, que tienen ordenadores y no tienen libertades y, en la mayoría de los casos, tienen un presente de paro y hambre y un futuro en el que ven un poder perpetuado en los mismos que ahora disponen de vidas y haciendas. Y la cosa estalla, aunque nunca se sabe en que acabará todo. Lo importante es que la juventud ha tomado mando de su tiempo. Mientras tanto, Occidente pide una transición pacífica, que los cambios no les compliquen los negocios; hasta ayer mismo, todos los detentadores del Poder que caen o están a punto de caer, eran los sonrientes amigos de Francia, de España, de EEUU, los que aparecían en viajes oficiales sonrientes en Berlín o en Moscú. Formaban parte de la parte privada de los Estados, eran el dinero, que no huele, aunque se recoja en las cloacas; ahora, la masa, mientras no la controlen, los echa, y Occidente se pone a pedir prudencia, tranquilidad y elecciones (con eso se cura todo) mientras suelta el lastre de los dictadores, abandonados al amparo de países amigos. Nadie aprenderá de estos hechos. Ningún país de Europa piensa que estas cosas de los pobres magrebíes puede pasar en el norte del Mediterráneo. Y la cosa es muy simple, la famélica legión que se canta en la Internacional, siempre está ahí para salir a la calle, a poco que la aprieten. Y con la que está cayendo, con la asunción paulatina en España de lo público en beneficio de lo privado, con una clase empresarial que es la que produce más parados de Europa (no nos engañemos, los Gobiernos no fabrican parados, sino la corta visión empresarial de trinca-el-dinero-y-corre) Van y firman un pacto por el cual un trabajador se jubilará a los 67 años o a los 65 si estuvo trabajando más de 38 años y medio. En este país nadie (que no sea funcionario) llega a los 65 años sin que lo hayan mandado unos años antes al paro o le hayan montado un ERE del que sólo sale beneficiado el empresario.

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