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Queremos doblegar a Moby Dick

ALLÍ A DONDE MIRES ves hombres y mujeres con sus teléfonos, a la deriva. Son neoyonkis. Podrían morir, y seguirían escribiendo whassapps en el vacío. Una obsesión no es algo que se aparque. Me recuerdan a esa gente que enciende el cigarro sin dejar de caminar, en mitad de la ventisca. Es como si ya no tuviesen nada que perder. Están ellos solos y su teléfono. La máquina contra el hombre. Es una forma de belleza helada y decadencia a la vez. Te hace feliz, mientras te destruye. Nunca me sentí tan fascinado por algo, como cuando a los ocho años vi a un sacerdote a la deriva jugando a la tragaperras. Un tipo a la deriva es uno de los espectáculos más espeluznantes y bellos que nos regala la vida, a condición de que el tipo no seas tú. Por eso nos gusta tanto Scott Fitzgerald, porque sus personajes lo tienen todo, dinero, clase, porvenir, y poco a poco se hunden hasta perderlo y quedarse solos, con la misma ropa de ayer. Aquel día yo entré al bar en busca de mi abuelo, que estaba echando la partida. «Tómate una Mirinda y no molestes, neno», me aconsejó, tenso, como si fuese Wyatt Earp media hora antes de OK Corral. No levantó la cabeza de las cartas. Me habló de memoria. Yo me acerqué a la barra, recogí la botella -la Mirinda se bebía sin vaso- y, como si no supiese qué hacer con mi vida, a la deriva, me senté cerca de la tragaperras, a mirar. El cura jugaba mientras le susurraba a la máquina. En casa lo conocíamos de misa, vagamente. En ese momento también iba a la deriva.

Yo no entendía el juego, pero en aquel minuto, embelesado, hubiese sacrificado un brazo por accionar una vez la palanca que hacía girar las ruedas. Poco a poco presentí que cierta combinación de frutas, por ejemplo una sandía, una pera y una cereza, podía conducirte a la locura, como en aquel texto de Cortázar, donde hablaba de un pueblo de Escocia en el que vendían libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen; si un lector desembocaba en esa página al dar las tres de la tarde, moría.

La melodía de la tragaperras producía el efecto de la ‘Sinfonía fantástica’ de Berlioz, que con sus campanas profundas pronostica el horror. Nota a nota, la música guiaba al cura al patíbulo. Yo disfrutaba y sentía terror y bebía Mirinda, para comprender. La reiteración me hipnotizaba. El fulano, la moneda, la palanca que accionaba el juego, el giro de las ruedas, la combinación inane, y otra vez el fulano, la moneda… Cuando bajaba la palanca te sobrecogías porque creías que se abriría una trampilla bajo sus pies que lo conduciría más rápidamente al infierno. A menudo no importa tanto a donde vas, como llegar pronto.

De repente, se rompió la pauta de ese modo abrupto y turbador que, cuando se va la luz y regresa, se descontrola el reloj de la radio. Casi sonó un ‘crack’. El sacerdote acababa de tomar la tragaperras entre sus manos, como en el judo, y le gritaba «¡te venceré, te venceré!», constatando el fracaso. Sobrecogía. En el fondo, parecía una vulgar disputa por dinero en un callejón oscuro, donde un mafioso del barrio proporciona un escarmiento al granuja que le ha robado el reloj. La escena transmitía una violencia atroz, y reproducía, en una escala menor, de bar, las grandes batallas del hombre contra los imposibles. Todos queremos doblegar a Moby Dick. La ballena blanca puede ser cualquier cosa: el redactor jefe, el penalti, el folio en blanco, la máquina tragaperras, el smartphone.

Entretanto, vamos a la deriva. Kennedy Toole persiguió toda su vida el sueño de publicar ‘La conjura de los necios’. Creía en sí mismo. A veces eso ya es bastante deriva. Chesterton alertaba contra algunos individuos con una fe ciega en sus fuerzas. El creer en uno mismo era una de las características más comunes de los fracasados. En ‘Ortodoxia’ hace referencia a un paseo con un amigo editor que le habla de un autor llamado a alcanzar el éxito. «Ese hombre va a lograrlo, cree en sí mismo», dice. Chesterton, que miraba al suelo, levanta la vista y ve pasar un ómnibus con destino a Hanwell, donde había un sanatorio para enfermos psiquiátricos. Eso le sirve para pergeñar su respuesta: «¿Quiere que le diga dónde están los hombres que creen en sí mismos? Porque puedo decírselo. Conozco hombres que creen en sí mismos más colosalmente que Napoleón y César. Sé dónde está la llama de la estrella de la certidumbre y el éxito. Puedo llevarlo hasta los tronos de los superhombres. Los que realmente creen en sí mismos están todos en manicomios». El editor masticó unos segundos la idea y preguntó en qué, pues, deben creer los hombres que no deben creer en sí mismos. «Iré a casa y escribiré un libro contestando a esa pregunta», dijo Chesterton.

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