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Sandes do caminho

"Lo único peor que la obra fue ver a gran parte del público llorando de risa y dándose codazos..."

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CINCO personas recorren O Alentejo en un coche: una pareja reciente, una ex pareja y yo. Es agosto, nunca antes hemos pasado más de un par de horas juntos y apenas se baja de los treinta y cinco grados. Y, sin embargo, todo va bien.

La excusa del viaje fue el Festival de Teatro Clásico de Mérida. Y por suerte era solo eso, una excusa, porque lo que vimos, La comedia de las mentiras, un remix de varias obras de Plauto revisitadas, fue nefasta. Una especie de La que se avecina pero con menos gracia, con un humor facilón que el imponente escenario hacía más bochornoso. Unos actores que supongo buenos —María Barranco, a pesar de todo, estuvo muy bien—, al servicio de unos diálogos penosos. Lo único peor que la obra fue ver a gran parte del público llorando de risa y dándose codazos de complicidad con las picaronas indirectas de lo bien que tocaba la flauta una tal Gimnasia.

Pero, como decía, fue solo una excusa para subir por Portugal, por el Alto Alentejo, la Beira Baixa y la Beira Alta, y Tras-os-Montes. Vimos un paisaje muy bonito, y pueblos preciosos y bien cuidados: Elvas, Ébora, Estremoz, Castelo Branco, Idanha-a-Vella, Monsanto, Belmonte y Chaves. Ruinas, fortalezas, callejuelas, iglesias y torres de mármol. Y descubrimos que aún es posible el turismo en soledad, sin otros turistas ni turismófobos y, en realidad, sin nadie, lo cual, dadas las temperaturas, no me extraña. Comprobamos también, sin necesidad de ir a Egipto o a China, hasta qué punto las maravillas arquitectónicas de todos los tiempos han sido fruto del hecho de que quienes decidían construirlas no tenían que hacerlas. Porque, de lo contrario, seguro que el castillo de Monsanto les habría valido un poco más abajo; y así casi todo, empezando por las calzadas romanas, que por cierto suscitaron encendidas discusiones durante el viaje e hicieron que tacháramos de disparates nuestros respectivos puntos de vista historiográficos, nada más y nada menos.

Ha sido el verano de Portugal, porque antes habíamos ido con los niños a Oporto, donde -ahí sí- las hordas de visitantes teníamos tomado el centro. Pero, de todos modos, no recordaba bien la zona alta de la ciudad y me encantó. Y paramos en Braga y en su maravillosa librería Centésima Página, donde volví a dejarme aconsejar: Angustia para o jantar, de Luis de Sttau Monteiro; que, como me dijo el librero, refleja perfectamente el ambiente cerrado y la tacañería mental del Portugal de los años 50. Mucho parecen haber cambiado las cosas.

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