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'Star Wars': el héroe en el mundo líquido

La saga de ‘Star Wars’ continúa con el inminente estreno del episodio VII: ‘El despertar de la Fuerza’. Este éxito imparable nos remite a relatos clásicos y a estructuras míticas que, con el paso de los años, han ido derivando en estrategias de captación de públicos, relacionadas con un concepto de cultura que fluye, sin detenerse jamás.

'La Guerra de las Galaxias’ es la segunda película más vista de la historia del cine y todos los episodios de ‘Star Wars’ se encuentran entre los treinta filmes de mayor recaudación mundial. ¿Por qué? ¿Es acaso un argumento tan original que nos impacta, nos sobrecoge, se queda grabado para siempre en la memoria? ¿O el argumento es más bien común y lo que ocurre es que los personajes realizan una interpretación exquisita? ¿O tiene unos efectos especiales impresionantes que sobrepasan cualquier ejemplo visto anteriormente? ¿O es que resulta que dio en el centro de la diana, aunque no sepamos muy bien, lo mismo que George Lucas —su creador— que no auguraba semejante éxito, de qué diana estamos hablando? En 1977, fecha en que se estrenó el episodio IV, titulado ‘Una nueva esperanza’, nadie imaginaba que la película iba a inaugurar una saga triunfal y que, en la actualidad, todavía se pudiera seguir explotando económicamente aquella idea primigenia. Pero así es. El próximo día 18, veintiocho años después del primer estreno, ‘Star Wars’ continúa.

¿Qué ocurrió entonces y qué sucede ahora con estas películas? ¿Es que no se agotan? Es interesante, para tratar de dilucidar el asunto, comenzar por los referentes de Lucas a la hora de escribir el guión: por un lado, el Rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda; por otro, el cómic de Flash Gordon; por otro, su admirado director japonés, Akira Kurosawa y, por último, el libro ‘El héroe de las mil caras’, de Joseph Campbell, en el que se analiza la permanencia universal de ciertas constantes arquetípicas. Quizá, así, de golpe, no se vea la relación, y sin embargo, ‘La Guerra de las Galaxias’ tiene un poco o un mucho de todo eso. Si hacemos un barrido inicial, observamos una historia enmarcada en un género cinematográfico mixto —ciencia ficción y aventuras—, con unos efectos especiales notables para la época predigital, y con unos personajes fácilmente identificables por el gran público. Y es que de eso se trata, del gran público. Estamos hablando del impacto de un producto cultural en una cultura de masas, de la coincidencia en la respuesta de millones de espectadores de todos los rincones del mundo ante el mismo estímulo, ante la misma escena, ante el mismo mensaje.

Es similar el mecanismo que funciona con las películas en las que la violencia es el motor principal: después de verlas, a un número nada despreciable de personas le da por imitar las acciones de los protagonistas y convertirse en asesinos múltiples. Esta reacción simultánea y masiva conecta directamente con engranajes psíquicos y con las estructuras del inconsciente que, a su vez, nos remiten a sueños, instintos y símbolos, que se manifiestan en el individuo y en la sociedad a través de mitos, cuentos y leyendas. Así que Freud y Jung, aunque no lo parezca, están presentes en ‘La Guerra de las Galaxias’, que no es más que un relato mítico que sigue un modelo existente en todo tiempo y lugar: el viaje iniciático del héroe, que se ve obligado a abandonar el grupo y que, tras superar una serie de pruebas, regresa en posesión de un conocimiento salvador de sí mismo y de la sociedad. Una travesía clásica, da igual en que planeta la pongas, siempre funciona. Las imágenes arquetípicas junguianas, que beben de las fuentes grecorromanas, se personifican en la saga y en ocasiones se desdoblan para facilitar el reconocimiento del espectador. Es sencillo seguir al héroe en su aventura, así como al resto de acompañantes, porque exteriorizan en forma de personaje la simbología interior del ser humano.

‘La Guerra de las Galaxias’ obtuvo seis Oscar, todos concentrados en efectos varios, vestuario, montaje y banda sonora original de John Williams. Ganó los más importantes Woody Allen con la película ‘Annie Hall’.

Así que no es tanto calidad o profundidad o complejidad en el relato como conexión con la audiencia. Algo en lo que Lucas es un experto y que nos mete de lleno en una segunda clave del fenómeno ‘Star Wars’, como es el c o n s u m o del mismo producto en multitud de versiones, a través, primero de la publicidad, después de otros formatos —vídeo, CD, vídeojuegos— y, hoy en día, de las derivaciones casi infinitas de uso y disfrute por medio de la red. Hay un punto de giro interesantísimo a partir de la primera pelí- cula, sobre todo, en la trilogía ‘precuela’, que conecta con las palabras de Zygmunt Bauman y su definición de la cultura como cultura líquida que «ya no busca ilustrar e iluminar al pueblo, sino seducir al público». Es, precisamente, en ese espacio en el que habita la seducción, donde el individuo pierde su propiedad individual —la que lo convierte en ser único— y pasa a ser masa. Es ahí, en ese espacio, donde, curiosamente, el objetivo del relato mitológico vira en su significado y lo que era impregnación cultural se transforma en consumo masivo.

4.300 millones de dólares, solo de proyección en cines. 27.000 millones de dólares, recaudación total.

Cuanto más ricos se hacen el señor Lucas & company, más le da a la gente por vestirse de Darth Vader. Volvemos, como sin querer, a esas estructuras profundas de la personalidad, que nos igualan y, paradójicamente, nos diferencian, al permitirnos tomar decisiones más o menos ajustadas a los valores universales. La primera ‘guerra de las galaxias’ fue un entretenimiento cultural, que reprodujo fielmente ese viaje interior de todo héroe, que no es otra cosa que el aprendizaje del yo.

La conexión de los arquetipos representados en los personajes generaba la empatía del espectador y por eso obtuvo una respuesta exitosa. Por el contrario, en las siguientes, y a medida que nos acercamos a la actualidad con mucha más virulencia, lo que está en juego ya no es una creación artística que puede convertirse en un bien cultural, sino la deriva de la sociedad en una especie de ente efímero —líquido—, mero consumidor de los productos que mejor se venden. Es curioso entonces el alejamiento del primer relato mítico, de su significación, que formulaba el episodio IV de ‘Star Wars’ —a la manera y salvando las distancias de ‘La fortaleza escondida’, de Kurosawa—, y la desviación hacia propuestas que contradicen aquella finalidad: se construye el andamiaje ideal para dar rienda suelta a los instintos, de consumo en un nivel superficial e irracionales, en un nivel profundo o, si se prefiere, a un mecanismo de estímulo–respuesta que desempe- ña el papel deseado y estudiado por los productores de la saga. También Bauman en ‘La modernidad líquida’ trata el tema del individuo y su miedo a la inadecuación, al sentimiento de fragilidad y vulnerabilidad al romperse vínculos colectivos que anteriormente mantenían la unión.

Puede que sea descabellado asociar ‘Star Wars’ a las palabras del sociólogo. O puede que no. Quizá sea una respuesta válida para dar salida a la estupefacción que provoca el contemplar a cientos de personas de todas las edades —hablamos de adultos— desfilando por las calles con los trajes de sus héroes galácticos o haciendo fiestas temáticas en un pabellón o luchando con espadas láser por los parques. No sé. A mí me encantaba Tintín. Aunque no por ello voy por la vida con bombachos y gabardina. Aún.

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