Terapias que dejan huella

En las instalaciones de Amencer, la Asociación que ASPACE (Confederación Española de Asociaciones de Atención a las Personas con Parálisis Cerebral) mantiene activa en Pontevedra, no solo se permite la entrada de animales, sino que, además, son muy bien recibidos. Por esto, todos los profesionales del centro saludan con tanta efusividad a los canes que acompañan las sesiones del terapeuta César Bouzón: Lía y Arpia. Son dos compañeras más y, si no estuviese mal visto taparse la cabeza en lugares cerrados, al paso de estas dos jovencitas de tres y un año, seguro que la gente hasta se quitaría el sombrero. Aunque no sean veteranas, su mérito iguala o supera el de cualquier otro trabajador a punto de jubilarse. Por cada aula van dibujando sonrisas en los rostros de niños como Luara, Álvaro, Bea o Dani y despertando emociones que, de muchas otras maneras, habrían permanecido dormidas.

Estas dos perras de aguas portuguesas han sido adiestradas para ser la guinda de un pastel que lleva por nombre Terapia Asistida con Animales (TAA). Hermanada a la de tipo ocupacional, pero apoyada en una formación particular, esta disciplina encuentra en estos seres vivos una fuente de recursos muy valiosa tanto para el profesional de la salud como para el usuario. En España, la TAA todavía se encuentra en la línea de salida y el camino a recorrer es largo si comparamos su situación con la de otros países de Europa o del continente americano. Pero todos los estudios elaborados hasta el momento sobre su aplicación sirven como un aliciente para extender su credibilidad y avanzar sin reducir velocidad. Gracias a la TAA, se obtenienen mejoras en la vida de personas, no solo con parálisis cerebral o patologías afines, sino también con Alzheimer, cáncer, autismo…

Cómplices

Entre los animales domésticos aptos para estas terapias, el perro es uno de los que más aporta debido a su disposición y carácter. Pero no todos sirven para este trabajo. Por ejemplo, si Milú fue el cómplice perfecto de Tintín, Idefix se ajustó mejor a Obelix. Y, también en estos casos, hay que buscar un cómplice adecuado. En su selección; para empezar, se produce una justificada discriminación de género. Deben ser hembras por dos razones básicas: porque el macho resulta más dominante, acostumbrado a marcar territorio de una forma que, por higiene, no procede, y porque su aparato genital puede molestar a la hora de manipular al animal.

También hay que ser selectivo con la raza del can. No deben ser perros que suelten pelo, ni foco de repetidas alergias. Se recurre mucho al Golden Retriever pero, en Galicia, esta práctica se realiza también con Bulldog o con perros de aguas portugueses, la especie de Lía y su compañera. Algunos terapeutas opinan que lo ideal es la variedad de razas en las sesiones. Las reacciones pueden variar en función de la especie que se ponga delante. ¿O no resulta diferente acariciar la cara arrugada de un Bulldog?

Trabajo en equipo

En Amencer, el terapeuta César Bouzón (nacido en Soutomaior hace 33 años) lleva desde 2.008 realizando sus intervenciones junto a Lía (recogida en Zamora) y Arpia (procedente del Algarve, en Portugal), a las que, además, acoge en su casa.

El pontevedrés aplica en sus terapias los conocimientos que adquirió en las instalaciones barcelonesas del Ctac (Centre de Teràpies Assistides amb Cans). Para él, sus perros son sus mejores aliados y, también, el de los usuarios. ''Es un animal al que le da igual que huelas bien o mal, que estés babado... Él se va a acercar a ti. Partiendo de esto, hay que buscar el enfoque terapéutico''. Y se ha encontrado. Estas dos perras que Bouzón seleccionó por su carácter y la fiabilidad de los criadores de los primeros meses de su vida, hacen compañía en el centro de día a niños de a partir de tres años que tienen afectados los miembros superiores o inferiores y que necesitan una silla de ruedas. Las sesiones en Amencer se programan entre el profesor de cada aula, el terapeuta y en base a las indicaciones de Marga Rodríguez, la adiestradora canina. Si se decide buscar una estimulación sensorial porque una niña como Luara no conoce qué se siente al tocársele los pies, Lía o Arpia se los lamen. Los progresos, al ritmo de cada usuario -en función de cada patología y según su afectación-, son ''fantásticos'', como el mismo terapeuta indica. Pasan de no emitir sonidos a emitirlos. De no moverse a intentar hacerlo. De permanecer sin expresión a esbozar una sonrisa. Y como rimó el poeta Gustavo Adolfo Bécquer: ''Por una mirada, un mundo y por una sonrisa, un cielo''.

Sin estrés

''Y por un beso, yo no sé qué te diera por un beso'', siguen las líneas de Bécquer. Pues Arpia es muy besucona. No es difícil que confunda trabajo con placer y suelte un lengüetazo nada más presentarse ante uno de los niños -como le pasa con Álvaro-, pero sin perder las formas. Se deja acariciar, adopta la posición perromanta para que la cabeza de los pequeños repose sobre su tripa… Y están tan cómodos, que Álvaro le perdona ese gesto de cariño tan precipitado.

Las expresiones de los usuarios de Amencer brotan unos días más rápido que otros. Nunca puedes planificar el tiempo de una sesión, porque las reacciones no siempre son las mismas. Pero Arpia, que entró en el mundillo hace un año, lleva bien esto de esperar y cuenta con una muy buena salud, lo cual también es muy importante en estas terapias. Marga Rodríguez, del grupo Alma Canina, es su adiestradora desde el principio y se ocupa junto a Bouzón de su bienestar. ''El perro tiene que sentirse a gusto en su trabajo. Yo me encargo de ver si eso es así y de que aprenda a situarse en los bancos, a dejarse manipular… Tiene que familiarizarse con el ambiente, recibir premios (un trocito de salchicha, por ejemplo) al igual que una persona cobra todos los meses por su empleo...''. Esta especialista en modificación de conducta, que acude una o dos veces por semana al centro de ASPACE en Pontevedra, vela porque las perras se sientan útiles. A Lía, que lleva tres años sobre las tablas, la cogió iniciada, pero vivió con ella sus momentos más delicados, pues la perra pasó por un embarazo psicológico y situaciones de estrés que le valieron una baja. ''Lía contó con un adiestrador previo que no lo hizo bien. Al animal hay que entrenarlo en positivo, a favor de él. Hay que controlarle y a veces toca una riña, pero tiene que disfrutar en el trabajo''. De vez en cuando, Lía sale al escenario. Por ejemplo, para visitar a otro de los niños del centro de día: Dani. Pero es Arpia quien estos días ha tomado las riendas y quien disfruta yendo a recoger la pelota con casi todos los demás.

Progreso

El caso de Arpia sirve para mencionar el caso de Bea, porque a esta niña de diez años le cambia especialmente la cara cuando la perra se le acerca para jugar. A ella y a todos los que contemplan el momento. Como Bea tiene algunas emisiones orales, a la llegada del terapeuta y el animal en la sala, la profesora le muestra dos tarjetas que acompañan a su vez dos pulsadores con sonido: una de ellas lleva escrito un 'Hola' y la otra un 'Adiós'. Ella debe pulsar el botón de la tarjeta que sirve para recibir al resto del equipo. “¡Hola!”. En cuanto lo escucha, se mueve con entusiasmo porque sabe lo que se avecina. ''Qué quieres, Bea, el peine o la pelota?'', le pregunta su profesora. Si quiere el primero tiene que decir 'papapa', si prefiere lo segundo, 'pepepe'. Son sonidos fáciles de articular para ella.

Y casi siempre gana la pelota, por lo que Bouzón le ayuda con el lanzamiento, Arpia corre a buscarla y Bea la recoge, devolviéndola luego. Su progresión ha sido impresionante en dos años. Algunas personas como Marga, la adiestradora canina, se emocionan recordando cómo a ella ha llegado a pedirle algo más que la pelota. Levantando sus manos, una vez le pidió un abrazo. En esto consiste, en conseguir pequeños gestos por los que a veces se daría el mundo, el cielo y todo aquello que hubiese dado Bécquer por un beso.

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