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¿Todavía queda sitio para nosotros?

No se sabe qué pasará con nosotros los humanos en un futuro no demasiado lejano. La serie televisiva sueca 'Äkta Människor' ('Humanos reales') rastrea probabilidades de convivencia —no siempre pacífica— entre hombres y robots y, a la vez, propone una reflexión filosófica sobre un destino cada día más incierto. No se trata solo de lograr coexistir, sino de ser superados.

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"ALGUIEN VIENE hacia mi. Se acerca con paso decidido. Como si me conociera. Como si supiera con quién va a encontrarse. A medida que se aproxima, me va resultando familiar. Ese gesto. La mano derecha en el bolsillo y la mirada fija. En mí. Una manera de caminar entre despistada e insultantemente segura. Desde fuera, es evidente que sabe adónde va dando la impresión de que no lo sabe. Puede sonar extraño. Pero conozco la actitud. Incluso el sentimiento. Ya estamos casi cara a cara. Sus ojos sonríen. Los míos también, es un brillo característico. No sé su nombre, pero no importa, lo crucial aquí es la magnitud de lo que tengo delante. Que no soy yo está claro porque yo soy yo y todavía tengo la capacidad de percibirme como tal. Sin embargo, algo no encaja. La perfección identitaria conmigo es excelente. No solo lo físico es una réplica de mí misma, sino que parece ir más allá. Siento un ligero retraso cognitivo con respecto a mi clon. Esta humanoide posee la habilidad de interpretarme mejor que yo. Eso significa que muy pronto estaré tratando de salir de los errores en los que caigo mientras ella se balanceará alegremente con las olas que vienen y van. No es yo. Es una versión mejorada de mi, lo cual da miedo".

Äkta Människor (Humans, en la versión anglófona) es una serie de televisión sueca que, de modo elegante, muy sutil, desarrolla esta situación candente, a saber: la convivencia entre humanoides y humanos, la relación conflictiva que surge entre ellos, el problema de la libertad y la ética de la creación. Tras unos capítulos interesantes y entretenidos en los que los planteamientos narrativos indican pautas reconocibles, es decir, que entran dentro de los parámetros de la historia de la humanidad, la resolución de la trama principal aboga por seguir dotando al hombre de potestad y criterio en el mundo conocido. La conclusión todavía se enmarca en los condicionantes propios de las personas, en un cierto raciocinio y determinadas emociones que nos impulsan a actuar. Aún tenemos el control de la situación, por decirlo de algún modo. Eso nos da la tranquilidad de levantarnos cada mañana con la certeza de que, por alguna razón que se nos escapa, somos lo mejor que existe. Al menos así pensamos los que hemos bebido de la tradición liberal humanista y creemos en el poder ilimitado del hombre por encima de todo lo demás. Así pensamos los que hemos sustituido a Dios por el hombre y su capacidad para inventarse respuestas adecuadas. Pero, ¿y si las cosas no fueran exactamente así? ¿Y si, desde hace ya bastante tiempo, estuviésemos perdiendo alcance en cuanto seres humanos?

Muy pronto vamos a convertirnos en el margen de error de todo sistema lógico


Si por algo son conocidos los dioses griegos es por sus castigos crueles e imaginativos. Fijémonos en Prometeo, ahí encadenado a la roca y con el águila acechante. Ese sufrir eterno está pensado a mala fe. ¿Y todo por qué? Porque gustaba de desafiar a Zeus y robarle cosas que ayudaban a los hombres a ser hombres. Tarea compleja que, con el paso de los siglos, se ha ido perfeccionando a tal punto que nos ha puesto en un dilema. Hay muchos que afirman que ahora los de la roca somos nosotros, que, creyéndonos dioses, hemos acabado encadenados, sin futuro y sin sentido. Que han venido a reemplazarnos. ¿Quiénes? Los datos. La información. Las máquinas. Las versiones mejoradas de nosotros.

Empecemos por el principio para afirmar que estamos en una especie de final. El final de la historia. The end. Si nos ponemos a pensar cuál fue el momento en el que el ser humano perdió su primacía, quizá tengamos que remontarnos al punto en que la técnica dejó de ser un complemento y se convirtió en un sujeto preparado para sustituirnos. Es la línea de pensamiento que desarrolló el filósofo polaco Günther Anders —seudónimo de Günther Stern, primer marido de Hannah Arendt— en su monumental antropología filosófica en la época de la tecnocracia titulada La obsolescencia del hombre. Escribe algo a la vez poético y aterrador. Habla de la 'vergüenza prometeica', de la separación que se produce entre imaginación y producción, de cómo el hombre ya no es capaz de imaginar una realidad que él mismo está en condiciones de producir. Esta disociación significa una reducción del ser a la nada, una existencia superflua en un mundo que ya no nos necesita. Hay otro ensayo, publicado el pasado octubre, Homo Deus, del historiador israelí Yuval Noah Harari, que adelanta probabilidades sobre el devenir humano. No son buenos augurios teniendo en cuenta que los planteamientos científicos actuales dan un paso de gigante, identificándonos —el funcionamiento de nuestro organismo— con algoritmos. Somos, dicen, algoritmos orgánicos cuyas pautas de comportamiento todavía no conocemos al cien por cien, pero, tiempo al tiempo. Algoritmos orgánicos que una vez descifrados pueden corregirse con un cero aquí o un cero allá. Algoritmos orgánicos que se rigen por comportamientos pautados —únicamente hay que descubrir su lógica—. Algoritmos orgánicos con una altísima probabilidad de ser superados por organismos inorgánicos aptos para corregir muchísimo antes que nosotros nuestras propias deficiencias.

Hace rato que dejamos de ser sujetos de la historia para pasar a ser materia prima al servicio de algo sobre lo que ya no tenemos control. El problema de la libertad va a dejar de tener sentido muy pronto porque será una incongruencia. No hay sitio para incoherencias ni para filosofías en el universo de los datos. Muy pronto vamos a convertirnos en el margen de error de todo sistema lógico. Y seremos estudiados como esos pobres seres humanos fallidos. Con tara.

"Me reconoce porque es igual a mí, pero en mejor. Nos saludamos alzando las cejas en un ademán que a mí, con el paso de los años, me ha producido marcadas arrugas en la frente. A ella se le dibujan al hacer el gesto, pero se disuelven rápidamente. El envejecimiento de las células es algo superado. Vivir eternamente ya no es siquiera una dificultad. La cuestión estriba en lo innecesario de nuestra existencia. Nos hemos convertido en terreno baldío. Ese alguien igual a mí es más feliz que yo, no resulta un ser falible, jamás sentirá el fracaso. Casi al instante hago un cálculo mental: este nuevo ser —mi alter ego inorgánico— ahorrará al sistema millones de humanos tratando de solucionar los problemas que trae consigo el existir. No habrá psicólogos ni psiquiatras ni, posiblemente, amigos comprensivos que escuchen tus penas y expongan las suyas. No será preciso tomar medicamentos que mitiguen el vacío. Los algoritmos inorgánicos no contemplan el vacío. Con los datos de que disponen, ese comportamiento, demasiado humano, será subsanado de inmediato. A mí el cálculo me marea un poco. A lo más que llego es a una cantidad inmensa de seres carentes de sentido evidente. Ella me sonríe. Es mi sonrisa, pero no digo ni hago nada porque el horror comienza a paralizarme. Ella también ha realizado esa cuenta —al fin y al cabo es yo haciendo lo mismo, pero bien—. Me dice el número exacto de humanos prescindibles. Triunfante añade que no estaría de más eliminar a estos y a los otros. Con los datos de que dispone, dice, sinceramente, están de más. Yo me reflejo en su sonrisa. Que es la mía. Y siento vergüenza".

La maquinaria perfecta requiere de una potente base de datos en constante circulación. El nuevo pensamiento supera a Dios y también supera al hombre. Lo urgente es seguir produciendo y con información detallada lo que se consigue no solamente es mayor y mejor, sino único. Si la historia del hombre como sujeto llega a su fin, lo que empieza es una historia uniforme cuya esencia son las cosas. Pero no podemos imaginar eso, porque nos ha fallado nuestro método de raciocinio, porque un despiste —un error algorítmico— nos hizo creer que no habría en el mundo nada más allá de nosotros mismos. Anders señala Auschwitz y las bombas de Hiroshima y Nagasaki como un punto de inflexión: el momento en que los hombres devienen en "utopistas al revés", el momento en que el hombre se ha quedado obsoleto frente a la máquina. La serie Äkta Människor plantea la confrontación entre lo humano y lo artificial en un mundo en que el hombre sigue siendo el centro de todo, sigue teniendo su lugar. Todavía sí. Pero ¿hasta cuándo?

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