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Tontos, tontas

Hoy no se puede escribir de política por no sé qué de una ley que lo prohíbe. Alguien decidió un buen día que usted es tonta o tonto y si lee un artículo, una noticia, una entrevista o lo que sea que hable de política, eso va a condicionar su voto. De ahí la jornada de reflexión, que es otra tontería monumental. 
Uno debe pasar la víspera de las elecciones reflexionando sin nada alrededor que lo condicione, y luego ha de ir a votar igualmente con la mente en blanco y el voto decidido, no vaya a ser que de camino al colegio electoral venga un periódico y le diga que haga lo que usted no tenía pensado hacer. Son esas cosas que tiene la política en España, que trata a sus ciudadanos como a parvulitos a quienes hay que llevar de la mano porque todavía carecen de criterio para decidir y a lo mejor viene un señor y les ofrece un caramelo o un bolígrafo y van y lo votan, como yo, que tantas veces he ofrecido mi voto a cambio de un gin tonic y tras sacarle un combinado a cada candidato no he votado a ninguno. 
Esa ley, o norma, o lo que sea, queda desfasada. Finalmente si usted se mantiene en la indecisión, que lo dudo, sólo tiene que abrir su cuenta en Facebook o en Twitter y ahí sí encontrará a millones de personas diciéndole a quién puede votar, pero de ninguna manera puede encontrarlo en una emisora de radio o televisión, y mucho menos en un periódico, que viene alguna Junta Electoral o un Comité de lo que sea y le mete un paquete al medio. 
Ni siquiera en una jornada como la de hoy, descrita por Sepo, el que ha hecho el dibujo que ilustra esta página, como una jornada idónea para indecisos: resaca de fútbol y de fiebre de sábado noche, puede un periódico publicar nada parecido a una orientación o una opinión política. No quiero decir con esto que yo tuviera intención de hacer tal necedad, la de decirle a usted a quién tiene que votar. Usted tiene que votar, si así lo desea, a quien le dé la real gana; y si no le da la gana de votar a nadie, pues no lo haga, que eso debería ser la democracia: la capacidad que tiene uno de hacer libremente aquello que le plazca siempre que no incumpla la ley, o incluso incumpliéndola si tal cosa está justificada. 
De lo que se trata es del mantenimiento de obligaciones o prohibiciones absurdas que no tienen otra finalidad que la de decirle al ciudadano que es tonto perdido, que carece de la inteligencia necesaria para decidir el voto. Usted puede hoy emborracharse hasta caer inconsciente; puede salir al monte a tirarse en paracaídas, puede leerse el Ulises de Joyce o puede fumarse cuatro cartones de Ducados, todas ellas actividades legales y mucho más arriesgadas que la de emitir un voto. Lo que no puede es leer o escuchar, vía medio de comunicación, nada que tenga que ver con las candidaturas o con las elecciones que se celebran hoy, porque usted es mayor y puede jugarse la vida, pero no puede jugarse el voto porque para eso ya no es tan mayor. 
El otro día hablaba Diana López Varela en su blog ‘Suspenso en religión’, de otra norma estúpida, en este caso no escrita, que impide a los medios hablar de suicidios. Si alguien se tira de un sexto piso, como mucho los medios titularán: “Un hombre se precipita desde un sexto piso”, pero nunca encontrará la palabra suicidio, ni de la lectura del texto deducirá usted que la causa de la muerte es un suicidio. El motivo es el mismo: alguien, hace tiempo, decidió que usted es tonto o tonta perdida y que si lee una noticia sobre un suicidio no se le ocurrirá nada mejor que correr a suicidarse respondiendo al efecto llamada de la noticia. 
Está claro que los tontos y las tontas no somos nosotros; los tontos y las tontas son las personas que un buen día se levantan, desayunan, se dirigen a un despacho y deciden jugar con la inteligencia de millones de personas decretando que usted no es lo suficientemente lista o listo para leer cualquier cosa y luego hacer lo que ya tenía pensado, sea votar a quien desee o no suicidarse. 
Son los mismos, a fin de cuentas, que hoy se pasarán la jornada acarreando votantes; los mismos que se resisten a cambiar el actual sistema electoral por uno de listas abiertas que viene reclamándose de manera insistente, porque uno tiene la claridad de mente justa para decidir entre varios partidos, pero no tanta como para discernir qué persona es mejor que otra para representarle. Con eso lo que se obtiene son candidatos y candidatas tontas y tontos, no electores tontos y tontas.

Tontos, tontas
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