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Un año con plumas

«El Gaiás sigue siendo un monte y, de camino al aparcamiento, se ven lavanderas con su vuelo ondulante, elegantes cornejas, cuervos y mirlos correteando entre zarzas y dedaleras»

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CUANDO comenzó a construirse la Cidade da Cultura se excavó en la falda del monte una balsa para recoger aguas procedentes de las obras. Como muchos saben, estos trabajos se prolongaron más de una década y ese depósito a cielo abierto quedó olvidado, oculto tras una barrera de maleza, rodeado de escombros y material de desecho. Con el tiempo, alguien advirtió las posibilidades y se llevó a cabo un proyecto de regeneración para convertirlo en un lago.

Con su embarcadero de madera, rodeado de sauces y abedules y frente a un agradable prado, donde se cuelan ovejas de O Viso, el lago es uno de esos secretos que pasan inadvertidos a la mayor parte de los visitantes. Hasta hace poco, cada vez que me acercaba sentía cierto repelús, pensando en el origen turbio de esas aguas. El año pasado apareció una pareja de patos salvajes y, aunque su llegada nos sorprendió y dábamos por hecho que no se quedarían, pasaron el verano. Este año regresaron y vimos a la hembra seguida de siete crías, lo que supone algo así como el certificado de que ese depósito de agua muerta se ha vuelto un lago vivo.

Desde que desbrozaron el Gaiás es habitual que veamos rapaces sobrevolando el monte. Un amigo biólogo me explicó su querencia por los campos abiertos, donde les resulta fácil descubrir presas. Cada mañana, una de ellas nos recibe posada en lo alto de una de las farolas de la vía que llega desde el Sar, con las alas plegadas y aspecto de gárgola vigilante. Durante semanas se convirtió en la estrella de las conversaciones del café. Había quien la consideraba un águila ratonera y otros apostaban por un halcón. De pronto, todos nos volvimos expertos en identificar rapaces por la forma de las alas, hasta que el ojo certero de un fotógrafo nos sacó de dudas. Capturó una imagen de ella remontando la fachada del Museo con un lagarto en las garras, lo que parecía confirmar que se trataba de un lagarteiro.

Por mucha cuarcita que se haya utilizado en su construcción, el Gaiás sigue siendo un monte y, de camino al aparcamiento, se ven lavanderas con su vuelo ondulante, elegantes cornejas, cuervos y mirlos correteando entre zarzas y dedaleras. Nada tienen de exótico estos pájaros y supongo que siempre han estado ahí, pero se han vuelto visibles o quizá, por primera vez, me he parado a verlos.

Me llamó la atención un petirrojo sobre una oxidada valla de obra. Cantaba desacomplejadamente y el potente trino de aquel ser minúsculo, que podría esconder en el bolsillo de mi camisa, resonaba en toda la plaza. Me detuve a una cierta distancia a observarlo, cuando me sorprendió un compañero: ‘¿Qué haces tan concentrado?’. En una centésima de segunda me vi desde fuera como ese tipo raro que mira pájaros en el aparcamiento y le mentí. Me inventé que creía haber visto escabullirse algo entre la hierba, que quizá fuese un gato. ¿Qué tienen los pájaros para que nos dé pudor que nos vean pasmados mirándolos?

Lo cierto es que, de pronto, los veo por todas partes. Un día, por ejemplo, conocí a los luganos. Salí con la bici a la Torre de Hércules y me paré a beber en una fuente cerca de la playa de As Lapas, en una hondonada por la que cruza un riachuelo abriéndose camino entre dos hileras de alisos. Sobre la mesa de piedra de un merendero me sorprendió un pájaro diminuto, del tamaño de un gorrión, pero con plumas negras y amarillas. De pronto reparé en los matorrales y descubrí otros parecidos, pequeñas pelotitas de tenis escondidas entre las ramas. A unos metros, un panel explicativo hablaba de las características del bosque de ribera y mencionaba a los luganos, pájaros de la familia de los jilgueros que regresan en primavera del norte. Intrigado, quise saber más.

Mientras observaba de reojo a aquel emigrante con plumas, como si temiese que me descubriese espiándolo, leí en el móvil que los luganos viven en grupos cohesionados, con férreas jerarquías, hasta el punto de que quienes ocupan los escalafones más bajos buscan alimento para sus líderes y se lo regurgitan en la garganta, comportamiento que se llama allofeeding. Durante unos minutos me quedé en silencio, pensando que, por su actitud ociosa, mi orondo lugano debía de ser uno de los jefes gordos, aguardando a que algún esclavo apareciese con su merienda.

Hace tiempo que me ronda la idea de apuntarme a algún curso de ornitología y se lo comenté a mi Lama. Al momento, me miró con esa cara de ‘deben ser cosas de la edad’ y se apresuró a dejar claro que ni se me pasase por la cabeza proponerlo como una actividad de pareja. En realidad, no sé por qué he empezado a fijarme en luganos, cernícalos o petirrojos. Tal vez me da pena que no sepamos nada de ellos, que se olviden sus nombres y que pronto sean como esos aperos de labranza que sólo los abuelos saben para qué sirven. La propia palabra ‘apero’ tiene algo de fósil y parece levantarse una nube de polvo al teclearla.

Mi amiga Ana me confesó que hasta la universidad sólo había visto vacas en televisión, algo que en Galicia resulta difícil de imaginar, a menos que hayamos crecido en salas de juegos y centros comerciales. Con mi amigo Alberto conseguimos resolverlo a tiempo. En bachillerato lo acompañamos a una aldea cerca de Ourense para que comprobase que los cerdos no eran de color rosa y que no había ningún árbol de patatas. No creo que las generaciones que han venido detrás hayan mejorado mucho.

Pese a esta indiferencia, pocos dudarían de la fascinación que el ave más común puede despertar. Visitando el Victoria & Albert, el mayor museo del mundo de arte y diseño y uno de los más concurridos de Londres, me llamó la atención como se había dispuesto una cinta dividiendo a la mitad uno de sus elegantes patios interiores. Decenas de turistas se apelotonaban sobre ella, haciéndose hueco para disparar fotos con el móvil. Muerto de curiosidad me abrí paso, esperando descubrir la sesión de fotos de alguna celebrity. Mi sorpresa fue mayúscula al ver que el objetivo era impedir el paso a una zona elegida por una pareja de patos para criar. No importaba que la exclusiva terraza del V&A se hubiese reducido a la mitad, aquel espacio se reservaba a los nuevos inquilinos. Nadie duda de la dosis de marketing, pero lo cierto es que aquellas insignificantes bolitas de pluma impusieron por unos días su belleza en uno de los museos más prestigiosos del mundo.

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