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Encuentro histórico en Sanxenxo

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«Tú te encontraste con mi padre en el frente, ¿no? Tú lo viste». «No, a tu padre en el frente no lo vi. Yo llevé a Borobó a él para que le arreglase los papeles y pudiese salir del país». La conversación es entre José Ángel Fernández Arruty, hijo de Bibiano Osorio-Tafall, alcalde republicano de Pontevedra al estallar la Guerra Civil, y Celso García de la Riega, nieto del histórico impulsor de la teoría del Colón pontevedrés, combatiente de la República, militante más antiguo del Partido Socialista de Galicia y primo de Xosé María Álvarez Blázquez. A la charla se acerca José Luis, uno de los hijos de Alexandre Bóveda, que pone unos albariños de la casa.

El centenario de Lola Álvarez Gallego (Pontevedra, 1909) reunió ayer en Padriñán a buena parte de la historia republicana y nacionalista de Galicia. Hija de Gerardo Álvarez Limeses, tía de los Álvarez Cáccamo, hermana de Amalia Álvarez Gallego, viuda de Alexandre Bóveda, y prima de los Álvarez Blázquez, Lola se rodeó de una treintena de familiares que, como ella, padecieron la Guerra Civil y sufrieron la degradación impuesta por el franquismo. Lúcida de cabeza como pocas y en un estado físico envidiable, Lolita recibió el agasajo de una gran comida en la casa de Padriñán de su sobrino Emilio Álvarez, anfitrión junto a su mujer Oliva Pérez Roca, y rememoró en el caluroso mediodía de Sanxenxo la historia de sus cien años y la biografía de las cien batallas que esta mujer ha contemplado y finalmente ganado.

La Guerra Civil derrumbó muchos de los pilares de la familia de Lola. Su tío, Darío Álvarez Limeses, fue  fusilado en Tui, y sus primos, los Álvarez Blázquez (entre los que estaba Xosé María, Día das Letras Galegas 2008), degradados. Degradado también fue Emilio Álvarez Gallego, hermano de Lola y padre de Emilio, el anfitrión de la comida celebrada ayer. Y fusilado fue Alexandre Bóveda, intelectual y figura central del nacionalismo gallego, mártir de la patria («Fixen canto puiden por Galiza e faría máis se puidera. Se non podo ata me gustaría morrer por ela») y en cuya memoria se celebra el 17 de agosto el Día de Galiza Mártir.

Alexandre hizo rápidamente amistad con todos los hermanos de su mujer Amalia, entre los que estaba Lola. «Mi padre», cuenta, «le dijo: ‘mira, Alejandro, ¿tienes algo aquí? Puedes marcharte de Galicia si quieres’. Y Alejandro le contestaba: ‘Non, eu non fixen nada, non teño de qué ter medo e non marcho de aquí’. Los militares le dijeron que no se marchase a su casa de Poio por si le pasaba algo malo por el puente, que se quedase en nuestra casa, en la Oliva. Que se presentase al día siguiente en el cuartel, y que estuviera tranquilo que no le pasaría nada». Lola recuerda a Bóveda: «Era muy buena persona, muy cariñoso. Siempre me estaba gastando bromas y era muy buena gente. A mí me parece muy bien que ahora Pontevedra lo recuerde como merece. Hizo por el galleguismo todo cuanto pudo y eso lo llevó a la muerte». La noche anterior a su arresto, que pasó en la casa de los Álvarez Limeses en la Oliva, ella fue la última que lo dejó en la noche: «Yo no quería irme a dormir y mis padres marcharon, y nosotros aguantamos la conversación».

Lola nació el 1 de julio de 1909. Vive sola. «Por su edad era obligado que tuviese a alguien en casa, y cómo se puso. Se puso hecha una furia: que no, que no. La convencimos y está alguien con ella de mañana y de tarde», cuenta su sobrino Emilio. Se maneja Lola con una excepcional habilidad, habla a la perfección y aunque dice olvidar nombres, su memoria flaquea lo imprescindible. En un momento de la conversación, esta apasionada ‘futbolera’ recuerda los gritos contra el Madrid en Pasarón. «¡Cómo se ponían! Les llamaban de todo. Los rapaces pequeños les decían de todo». Ella es fan de Casillas. No pierde un partido de fútbol, ni ninguna obra. «Cuando fueron las excavaciones en O Burgo o Santa María, pedía que la llevásemos a mirar», cuenta Emilio.

Es Lolita una mujer informada. Lee todos los días Diario de Pontevedra sin usar las gafas y no tiene ningún secreto de longevidad, salvo la genética: su hermana Amalia murió en 2001 a los 95 años. «Yo la posguerra la viví mal. Mi hermana estaba embarazada cuando mataron a Alejandro. Su muerte fue muy dura, nos afectó a todos mucho. Cuando falta alguien se lleva todo muy mal, y se le recordaba mucho. Toda nuestra familia lo quería muchísimo. No se pudo hacer nada. Mi hermano Gerardo, abogado, habló con el Tribunal y buscó recomendaciones, pero no se pudo hacer nada».

Lola es testigo del siglo XX. Trabó relación con Filgueira Valverde. «Su mujer era pariente. Era un señor un poco apático, buena persona. Muy cariñoso: me daba palmaditas. Filgueira hizo como mi padre, que se dieron de baja del galleguismo», dice sobre ‘o vello profesor’, que dejó el PG por sus pactos con la izquierda y llegó a fundar Dereita Galeguista. A Lola la reclaman, y se despide: «Soy normal. Perdí mucha memoria, sobre todo de nombres. Y lo único es que soy un poco sorda, pero hablo con todo el mundo de lo que sea. Mucha gente me grita, y yo nunca fui muda».

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