Una cotidiana visita inesperada al Hades

No es necesario viajar al centro de la Tierra para experimentar los calores del infierno. La vida inventa por nosotros lugares y situaciones cotidianas en las que nos vemos irremediablemente expuestos a conocer de primera mano el reverso de la existencia

Agustina ahorró durante cinco años para comprarse el traje de novia. Mermado su presupuesto con esa adquisición, el resto de elementos de la ceremonia se ajustó a una estricta austeridad: la iglesia era humilde y lindaba con un arrabal de edificios sometidos por la humedad y el abandono; el número de invitados apenas superaba el mínimo para que pudiese haber testimonio oral del evento; de las fotografías se encargó el hermano de la novia, por supuesto sin cobrar por el servicio; y el banquete, el más apañado que se recuerde en la ciudad para un enlace, se celebraría en la cafetería de un antiguo centro comercial eclipsado por la aparición de otros más modernos y mejor dotados. Al llegar el día señalado se empeñó en disfrutarlo como merecía, pero un residuo incómodo en la mirada del párroco, un vestigio en la luz otoñal que apenas conseguía penetrar la policromía de las vidrieras, favorecía la anidación en el ánimo de los asistentes de esa perplejidad con la que hemos observado las imágenes de Hitler acariciando las blondas cabezas de los infantes que se arremolinaban a su alrededor. Sí, algún recuerdo de aquella máscara del repartidor de caramelos supuraba en el cielo mortecino de las siete de la tarde. Otra luz más artificial, la que reinaba en el centro comercial, iluminó a Agustina cuando se disponía a recogerse de la mejor manera posible el vestido antes de subirse a la escalera mecánica que la llevaría al segundo piso, donde sus invitados ya se disputaban los tristes y escasos entrantes. Su hermano le había propuesto llevar a los novios a la playa para disparar una serie completa de fotos románticas, pero ella había descartado la idea pensando que su traje podría mojarse y ensuciarse con la arena. Por fin se subió a la escalera mecánica, Caronte inanimado y metálico que la transportaría en la ascensión a los infiernos. Esa fue la gracia con la que el destino premió a la novia: recorrer en sentido ascendente el camino que tradicionalmente nos dirige hacia las entrañas.

También en una escalera mecánica, pero esta vez en el metro de Barcelona, sitúa Rafael Argullol al espectro de Gaudí para describir la última visión que tiene del arquitecto el narrador de ‘Mi Gaudí espectral’ (Acantilado, 2015), así como nos encontraremos a Karl Marx, confundido entre la muchedumbre en otro de esos parajes infernales del ferrocarril suburbano, en la lectura de ‘La saga de los Marx’ (Mondadori, 1993) del último premio Cervantes: el audaz, iconoclasta e indoblegable Juan Goytisolo. Atrapado en esa misma soledad del inframundo me sentí tres años antes de la publicación del barcelonés la tarde en que, apremiado en el hormiguero del metro de Madrid para llegar a tiempo a un concierto de música de cámara de Mendelssohn, tropecé y me abrí un boquete en la rodilla con los dientes salientes del engranaje de la maldita escalera. Encontré butaca, pero ni siquiera el prodigio musical del compositor de Hamburgo fue capaz de retener a un aprensivo como yo más de quince minutos en la sala. Apocado por aquel incidente, retrocedí sobre mis pasos para descender de nuevo por la gruta horadada en el corazón mesetario y buscar el refugio de aquel piso compartido en el que deshojaba mis días universitarios.

Mientras ascendía a su coronación como reina por un día, Agustina intentaba alimentarse con las miradas curiosas y asombradas de los compradores que bajaban al primer piso por la escalera gemela. En aquel corto trayecto, que duró más de seiscientas vidas, cosechó la admiración de un anciano que quizá rememoraba su noche de bodas, y también las sonrisas pícaras de dos adolescentes que mascaban chicle e insolencia. El viaje concluía cuando la desposada ya podía escuchar el murmullo que provenía del banquete, pero justo en el momento de alcanzar la cima, el flamante vestido de novia quiso enredarse con las hendiduras de la escalera en las que encajan los dientes que otrora se ensañaron con mi rodilla. Agustina se cayó de bruces intentando salvar su inmaculada indumentaria, que acabó finalmente hecha girones. Desde el suelo pudo contemplar sobre su cuerpo la claraboya que coronaba el edificio, mugrienta por el trabajo paciente de las palomas, pero no gritó. Un halo de piña, un canto de hada madrina, le infundieron aplomo suficiente para perdonar.

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