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"¡Yo no sabía hacer un filete!"

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No es fácil entrar en el ‘universo Froiz’ de Lourido. Un portero sale al paso y reclama el nombre, las intenciones y el DNI. Mientras va a cotejar los datos, el taxista le dice al periodista que esto es algo muy lógico: “Froiz ha tenido muchas amenazas de bombas y secuestros”. Tenemos permiso, y Magín Alfredo Froiz (“¡qué voy a estar amenazado, qué va!”) recibe al instante en su despacho, aunque lo abandona al amparo de esa frase que esperan los periodistas ávidos de una entradilla: “Ponte cómodo”. Es éste un despacho modesto, con una gran mesa en la que hay albaranes, facturas y una agenda. Por las paredes, cartas de gratitud de proveedores y una foto enmarcada de sus empleados del supermercado de Porteliña (Poio) deseándole feliz navidad en 1999. Junto a un mueble, fotos familiares, dibujos y un árbol genealógico hecho por un niño (algún nieto, quizás) en el que se detalla la vasta prole del enlace Froiz-Planes. Y por todo el despacho, en los muebles y en las dos mesas, productos de su firma: vinos de cartón, de botella, aceites, alubias, habas, espárragos… Un espectáculo formidable que Froiz aclara al entrar: “Soy un tendero, y ésta es la oficina de un tendero”. Una hora después, finalizada la entrevista, se ofrece a llevar al periodista a Pontevedra. “No te preocupes, no te voy a cobrar”. Y en el viaje sonríe al ver cruzar a gente el puente de A Barca con bolsas de su empresa.

¿Qué recuerda de su niñez?

-Yo me vine aquí a los dos años, porque mi padre era gallego, de Corpiño, en Lalín [Su padre fue destinado al Ebro en la Guerra Civil, en Huesca conoció a su madre y allí nació y vivió hasta los dos años él]. Era una ciudad tranquila, pacífica. No teníamos nada, y éramos súper felices. Luego ya de joven tenías las cafeterías de siempre: Méndez Núñez, Carabela, Savoy. Hacías un poco de vida y tomabas un vino cuando podías, porque no había pelas, normalmente el fin de semana. Era una Pontevedra de muchísimos amigos.

 ¿Cuál fue su primer trabajo?

-Después de acabar el bachiller superior tuve un pequeño problema en casa, con mi padre: diferencia de criterios, vamos. Y me marché a buscar empleo. El primero fue con Raimundo Vázquez: Raimundo Vázquez Sociedad Anónima, una constructora. Y además te puedo decir la fecha [Froiz se inclina sobre una cajonera, y saca un papel de ella]. El otro día me mandaron un estudio de mi vida laboral, y aquí está: Raimundo Vázquez, el 23 de agosto de 1961. Tenía yo 17 años. Estuve con ellos y después volví a estudiar. Como me gustaba la carrera militar, esperé a la mili. Me hice cabo primero, era tirador selecto, tenía un premio especial por buena conducta. Pero era muy joven, aquello me empezó a aburrir y me volví para casa.

 ¿Qué hizo?

-Mis padres tenían dos carnicerías en la Plaza de Abastos que todavía siguen funcionando: las dirige un hermano mío. Allí estamos desde hace más de sesenta años.

 Empezó con ellos.

-Los ayudaba, sí. De ganado sabía bastante, me gustaba la carne. Y un día me llamaron, con 24 años, del primer súper que montaron en Pontevedra, que era Maceira, en Cobian Roffignac. Me ofreció coger la carnicería. Era 1968. Le pregunté cuánto me cobraba, me pidió un precio muy razonable y le dije que sí. Pensé que tenía futuro, aunque era una época muy difícil. No ganábamos dinero los carniceros, ¡y yo no sabía hacer un filete! Fui junto a mi madre, porque mi madre sí era una buena carnicera y una bellísima persona, y le dije que me echase una mano. Yo sabía muchísimo de carne, era hijo de carniceros y había comprado terneros, pero no sabía hacer un filete… 

¿Ya había negociado, entonces?

-Había un trato confiado pero serio, sin perder de vista lo que se hacía. La gente del rural te trataba bien, te respetaba, dabas la mano y el trato estaba hecho. Precisamente el primer crédito que me dieron fue años antes, y me lo dio un labrador. Me ofreció un buen ternero y le dije que ya había comprado, que no quería más. “He cubierto todo, y acabé hasta el dinero”, le dije. “Por diñeiro non é, lévao”, me contestó. Y al final me lo traje para casa. Fue el primer crédito que me dieron, y lo agradecí como si me hubieran comprado un chalé. 

Se hizo cargo de todo el supermercado cuando se lo ofrecieron y se quedó con los empleados.

-Doce. 

¿Sigue alguno trabajando?

-Sí, sí, de los jóvenes aún queda alguno. Otros se jubilaron. 

¿Cómo fueron los inicios?

-Perdiendo dinero. Las condiciones en las que me lo dieron no eran las mejores. Pero teníamos muy buena carne, tratábamos bien al público, que era nuestra obligación, y teníamos mucha clientela. Empezaron a ir mejor las cosas. 

Y empieza a crecer el negocio.

-No queríamos montar más. Era una época distinta. Los tenderos éramos amigos. Competíamos, nos quitábamos la clientela porque había que competir mejor que el otro, pero entonces por ejemplo nos reuníamos los tenderos para repartir el impuesto. El Estado ponía un impuesto gremial, y en Pontevedra se decía, pongo por caso: “son ustedes doscientos tenderos, y tienen que pagar de impuesto cinco millones”. ¿Cómo iba a querer yo a un tendero que está conmigo montarle más competencia y…? Queríamos hacerlo mejor que nadie pero sin el afán de crecer y arrollar a nadie: no era nuestra intención. Yo durante años fui muy feliz con una sola tienda. 

¿Qué ocurrió?

-Pues que la situación fue cambiando, y algunos tuvieron más problemas que otros: hubo quien me pidió que le comprase sus empresas. Ayer, hablando de los inicios del negocio, recordaba al primer proveedor que vino a venderme fuera de mi entorno local. Se llamaba Gabino Chamoso, debía de tener setenta años y vino de Vigo a cobrar una factura del anterior propietario. Me decía que lo tenía que pagar yo, y le decía: “¡Que llevo aquí un mes, que yo tengo aún que levantar esto!”. “Que usted lo levanta”, me decía: “Yo llevo esta casa, y esta otra, y usted me compra”. Le explicaba que no tenía ni cuenta en el banco, que tenía que pagarle al contado. Y recuerdo que ese señor confío en mí. En este negocio puede haber gente mala, no digo que no, porque dónde no la hay, y la mala además se ve mucho, pero considero que el 90% es gente buena, desinteresada, seria y honrada. Y muchísimas de esas personas confiaron en mí. Si estamos donde estamos es porque los empleados han confiado en mí, los bancos han confiado en mí…, y yo les he devuelto seriedad. Procuré cumplir. Y gracias a ellos hemos hecho esta empresa. 

¿Cuántos hijos tiene?

-Tres. Dos trabajan conmigo, y son bastante competentes, por suerte para ellos. Y tengo una tercera que trabaja para una multinacional francesa, ¡y ya quisiera yo que estuviese conmigo! 

No estará en Carrefour.

-No, no, Deloitte… Ella estudió Administración y Dirección de Empresas, y quería trabajar en una consultora. 

¿Hace deporte?

-Los domingos salgo a veces con la bicicleta. [Froiz tiene un equipo ciclista y presta apoyo a la Gimnástica] 

¿Qué le ha dado el dinero?

-Tranquilidad. Si lo tienes, porque en la empresa tener dinero es muy relativo. Si lo tienes en el banco, te da seguridad. 

¿Usted piensa en algún momento que si vienen mal dadas, hay que dejar a gente en el paro?

-No me gustaría, sería un trauma. Pero no me agobia. Los barcos se pueden hundir, pero el capitán no puede tirar la toalla, y muchas veces el capitán se va con él. 

Le gusta mucho la vela.

-Me gustan las Rías Baixas. 

¿Tiene vacaciones?

-No, nunca las tuve. 

¿Algún fin de semana?

-Tampoco. Muchos sábados también trabajo. No tengo mérito, porque no es esfuerzo. Soy feliz. En mi juventud anduve en moto, recorrí Galicia. También hice algunos viajes. 

¿Cree en Dios?

-En éste no. Pero hay palabras de este pobre hombre [señala un crucifijo] que dicen que no hay que hacer daño a nadie. Hacer daño no da placer. De noche, sólo pensarlo puede provocar que no duerma. Soy visceral, y si me pisan un callo cuatro veces puedo gritar, pero se arregla rápido.

¿Piensa en la muerte?

-Muchas veces. Yo he estado en el mar con 18 años con un tipo colgado al cuello, que pensé que no llegaba a la costa. No me obsesiona. Pero me gustaría morir de mayor y sin dolor. 

Una curiosidad, ¿cómo hace usted la compra?

 -Mi mujer va al Súper Froiz, hace la compra, le dan la factura y pagamos. Compramos en Froiz.

"¡Yo no sabía hacer un filete!"
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