Doce años de solidaridad: SOS Marín se despide

La ONG cierra sus puertas tras más de una década atendiendo a decenas de familias en necesidad, que hora se enfrentan a la incógnita ¿dónde se van?
Losa voluntarios de SOS junto a la ropa donada. DAVID FREIRE
photo_camera Los voluntarios de SOS junto a la ropa donada. DAVID FREIRE

Un grupo de personas que solicitaban dinero para comprar comida en las reuniones dominicales de la iglesia evangélica de Concepción Arenal, fueron el inicio de una labor social que duraría doce largos años.

Ahora, tras haber superado esa década, una pandemia y varios recortes económicos, las puertas de SOS Marín se cierran sin fecha de regreso coincidiendo con el fin de 2021.

El camino de la ONG marinense dio comienzo a finales de 2009 con el objetivo de ayudar a aquellos que llamaban a su puerta y, aunque no fue un camino fácil, se han mantenido al frente sin mirar atrás. Tan solo el cansancio, el miedo a los contagios y la falta de relevo generacional han podido con este equipo de voluntarios que, finalmente, dice adiós.

Respaldada por la comunidad evangélica de la localidad, comenzó con una veintena de miembros de la Iglesia, "cada uno aportó una parte de esa inversión inicial, que completó la Iglesia para poder hacer una primera compra de agua, leche, azúcar...", explica el presidente de la ONG, Juan Carregal.

A partir de entonces comenzaron a solicitar las ayudas necesarias, primero de la mano de Cruz Roja hasta que, con el aumento progresivo de usuarios, fueron derivados al Banco de Alimentos, con sede en Vigo.

Una furgoneta prestada y un remolque de los propios voluntarios, eran los medios que empleaban para acudir cada mes al punto de recogida de alimentos, que después derivaban a una pequeña nave cedida durante años y de forma gratuita por Frutas Moncho en Pontevedra.

Un aumento del 100 % en los años posteriores obligó a la ONG a solicitar los alimentos de la Comisión Europea a través del FEGA, una aportación que han completado hasta este mismo mes con un recorrido semanal que los propios voluntarios hacen cada jueves para recuperar de almacenes de Pontevedra, e incluso Vilagarcía, aquellos productos frescos que, aunque no son vendibles, sí se encuentran en perfecto estado.

A las ayudas de alimentos, que se entregan a las familias en forma de carrito mensual, se suman también las de ropa, procedentes de los vecinos de la localidad o de comercios que han cerrado y que cada semana renuevan, como si de una tienda se tratase, para ofrecer nuevas piezas.

El efecto del covid. Hace dos años, la ONG recibió uno de los grandes batacazos: el fin de la aportación económica de ENCE. Este golpe se sumó en 2020 a la llegada de la pandemia, quien acabaría por definir el futuro de la entidad.

"Los voluntarios empezaron a dejar de venir. Algunos se cansaron, otros se hicieron mayores y se retiraron, otros se fueron por enfermedad y el resto, sobre todo, marcharon durante el covid".

El miedo a los contagios y las dificultades a las que se vieron sometidas las entidades para continuar su labor a pesar de la pandemia que vivía el mundo, acabaron por marcar su destino. "Me quedé solo", lamenta Carregal, "reuní a la junta y propuse ayudar a otra persona a ponerse al frente, pero nadie quiso".

De esas 15 mujeres y cuatro hombres que dieron comienzo a la actividad de SOS, el equipo se ha reducido a tan solo cuatro. Un pequeño grupo conformado por el presidente y su mujer y personas que estuvieron al otro lado de la puerta de esta misma ONG en algún momento de su vida.

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En cuanto al resto de dificultades, Carregal reconoce que la parte económica ha jugado también un importante papel y, aunque agradecen y valoran el esfuerzo del Concello y del equipo de Servizos Sociais, este no es suficiente.

"En la parte económica podrían esforzarse un poco más, menos fuegos, menos luces, que es por cuatro o cinco días, y añadirlo a la obra social, que es todo el año", demanda Juan.

Las aportaciones económicas son necesarias para poder suplir la reducción del Banco de Alimentos en sus repartos, derivada de un aumento de las ONG en los últimos meses.

¿Y ahora? En cuanto al futuro tras su cierre, Carregal reconoce encontrarse preocupado. SOS Marín atiende a un total de 94 familias, que no solo se limitan a su localidad (de la que proceden la amplia mayoría), sino que se acercan también de los núcleos más próximos, como Estribela o Lourizán, oficialmente pontevedreses, pero muy cercanos a Marín, o incluso de zonas como el Vao.

"Nos están preguntando a donde van ahora", y es que esa es la gran incógnita, no solo para los usuarios, sino también para las demás ONG de Marín, que se muestran preocupadas y "sobrepasadas". Mientras, desde el Concello, se preparan para repartir tanto a las familias como la ayuda económica que recibía SOS.

La red de solidaridad marinense se completa con otras cinco entidades, que atienden entre 48 y 70 familias, con un claro repunte en el caso de Cáritas, que alcanza a ayudar hasta 300 personas.

“Estamos muy colapsados”, es el sentimiento generalizado que verbaliza el presidente de Sor Elvira, Julio Santos. Al igual que SOS, reconoce que “la ayuda municipal no es suficiente” y se muestran preocupados por un posible aluvión de personas derivadas del cierre de la entidad local vecina.  “No podemos acoger a más gente materialmente hablando, habrá que ser selectivos”, sentencia.

La concelleira de Benestar Social, Marián Sanmartín, adelanta la única posibilidad en estos momentos: “las familias se reconducen al resto de ONG y la ayuda económica se repartirá también entre las entidades locales restantes según el número de familias que atienden”.

En previsión al cierre de SOS, explica la edil, algunas personas ya se han pasado a otras ONG, un aumento que se suma al ya sufrido durante la pandemia y que continúa llenando 'el vaso' de las entidades marinenses. Otro de los problemas en los que coinciden todos los voluntarios es en la falta de solidaridad de algunos usuarios.

“Tenemos familias que llevan 12 años viniendo”, explica Carregal, al mismo tiempo que reconoce que algunas de las personas usuarias “se acomoda con la ayuda del Gobierno y las aportaciones que les damos aquí”, lo que provoca a su vez que se vean sobrepasados para ayudar a gente que “tiene un tropiezo o se queda sin trabajo y necesita ayuda”.

Antonio Otero, de Cáritas, insiste en esta falta de empatía en la localidad. “Hay quien se aprovecha de estas circunstancias”, por lo que, con la entrada en el nuevo año, “seremos muy exigentes”.

La mayoría de los usuarios de todas las ONG se derivan a través de Servizos Sociais, quien se deberá encargar ahora de gestionar todas estas familias atendiendo a sus necesidades.

“La Iglesia continuará”, explica Carregal quien, además de presidente de la ONG, es ministro de culto. El local, que hasta esta misma semana albergaba alimentos, ropa y donativos para las familias necesitadas de la localidad, pasará ahora a cumplir únicamente la función para la que se creó, servir como lugar de culto.

La esperanza de que la labor social regrese en algún momento se mantiene sin embargo intacta en la mente de Juan, “espero que venga gente de la Iglesia interesada en retomarlo”, y aunque esa es su “ilusión”, se mantiene firme en su decisión, sabiendo que “en estos doce años hemos dejado huella”.

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