"Las bombas no se olvidan"

La guerra de Ucrania ha conmocionado al mundo, pero, en especial, a aquellos que han vivido de cerca un conflicto bélico. Es el caso de un grupo de nonagenarios afincados en Pontevedra que, aunque eran solo unos niños cuando estalló la guerra civil, saben lo que es esconderse de los bombardeos o jugar entre cascotes y trincheras
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photo_camera De izquierda a derecha, Pilar García, Eugenio Álvaro, Agustín González, Tinita Montoya y María Ferreño, esta semana en Saraiva. G. GARCÍA

Desde el 24 de febrero, cuando el presidente ruso, Vadimir Putin, dio la orden de atacar Ucrania, el mundo entero vive pendiente del mayor desafío bélico que ha tenido que afrontar Europa desde la II Guerra Mundial.

Una ofensiva sin precedentes que se ha cobrado ya la vida de miles de personas, mientras los desplazados que han tenido que abandonar sus hogares y sus familias para dejar atrás el horror de la guerra se cuentan ya por millones.

Las imágenes y noticias del asedio ruso a Ucrania que llegan cada día no dejan indiferente a nadie, pero en España hay un sector de la población que las ve con otros ojos porque conoce bien lo que es una guerra.

Son los hombres y mujeres que hoy superan los 90 años y que eran apenas unos niños cuando estalló la guerra civil española. Porque lo vivieron, ellos y ellas saben lo que es correr bajo las bombas para buscar refugio. Los sonidos de la guerra, dicen, no se olvidan.

Cinco nonagenarios que vivieron el conflicto en distintos lugares y hoy residen en el centro Saraiva de Pontevedra los recuerdan en una tranquila tarde de sol. María Ferreño, nacida en Pontevedra en 1928, vivió la guerra en su ciudad natal; Tinita Montoya, vallisoletana nacida en 1932, lo hizo en El Bierzo; Agustín González, de la quinta del 28, en Alcocer (Guadalajara), su lugar de origen; el más veterano del grupo, Eugenio Álvaro, pontevedrés nacido en 1923 y 'bautizado en San Bartolomé', pasó la guerra en Navalmoral de la Mata (Cáceres) y Pilar García, lucense nacida en 1931, en Lisboa. Aunque eran muy pequeños y en algunos casos apenas eran conscientes de lo que pasaba a su alrededor, la actualidad les devuelve temores del pasado y les llena de preocupación por el futuro de las nuevas generaciones.

Un avión que tiraba "papelitos"


La pontevedresa María Ferreño tenía solo ocho años cuando estalló la guerra, pero aquella calurosa tarde de julio en la que empezó todo nunca se borró de su memoria.

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María Ferreño, 94 años. G.G

"Estábamos mis hermanos y yo jugando al lado de casa (en San Martiño de Salcedo) y oímos el ruido de un avión. Éramos un grupo grande de niños y fue una sorpresa. El avión empezó a tirar papelitos y mi mamá, que no estaba, llegó enseguida y ya nos llevó para casa -relata María-. Nos contó que se había encontrado con un grupo de gente que iba con guadañas y hoces gritando: ‘¡Que los matamos!’ .

Ella no sabía qué pasaba. Como había que protegerse y hacía calor nos llevó debajo de una viña cerca de casa para cobijarnos".

"No había donde comprar nada. Me chocaba mucho ver a muchos niños descalzos"

Aunque su padre, ferroviario de profesión, no se involucró en el conflicto ("iba de casa al trabajo y del trabajo a casa") y en su hogar nunca pasaron "calamidades", las consecuencias de la guerra sí se hicieron notar.

"En el colegio nos cambiaban a cada paso de profesores porque perseguían a los maestros. No había donde comprar nada. No había zapatillas, ni sandalias, ni tela para hacer ropa y me chocaba mucho ver a muchos niños descalzos. Había una señora vecina que se dedicaba a hacer zapatillas por encargo y cuando iba el labrador a labrar a una finca iba una persona detrás a ver si al darle vuelta a la tierra salía alguna goma para ponerle de suela. Luego ya empezó la cartilla de racionamiento. Nos fuimos adaptando para el aceite y todo eso. Íbamos a la cola de la carne y del pan. Llegamos a conocer el pan de algarroba, que era muy negro. Muchas cosas se cosechaban en casa. Nosotros teníamos jornaleras y plantaban de todo", cuenta María, que en la actualidad tiene 94 años.

Tampoco olvida la imagen de "un tren de la Cruz Roja lleno de heridos". "Nosotros estábamos donde teníamos el hórreo para ver pasar en el tren a mi padre, que trabajaba de guardafrenos y siempre nos saludaba con un pañuelo blanco, y vimos pasar un tren con vagones de madera todos llenos de heridos. Murió mucha gente, lo que pasa que yo no me enteraba mucho", lamenta María.

"Muchos chicos también anduvieron escapados y a sus hermanas, que eran jóvenes, les cortaban el pelo al cero", añade con pesar.

Colchones en las ventanas


En 1936 Tinita tenía cuatro años pero, asegura, "hay cosas que te quedan grabadas". "Yo era muy pequeña y veía que mi madre ponía colchones en las ventanas para que los aviones no vieran la luz cuando pasaban. Ese recuerdo no lo olvido", afirma.

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Tinita Montoya, 90 años. G.G

"Entonces, mi padre nos llevó a donde está el pantano de Bárcena (León), que había muchos trigales. Allí estuvimos durante la guerra. Teníamos una casa que nos habían alquilado. Mis padre trabajaba en un ferrocarril que había de la Minero Siderúrgica que iba de Ponferrada a Asturias y nunca se metió en política. Él y mi madre plantaban patatas... Eran muy trabajadores. Éramos tres hermanos, dos chicas y un chico, y nunca pasamos hambre", señala.

"Mi madre ponía colchones en las ventanas para que los aviones no vieran la luz"

Entre los recuerdos de Tinita también figura el 'famoso Girón', un guerrillero antifranquista leonés. "En esa época muchos se eScondían en los montes y bajaban al pueblo para que les dieran comida porque allí no tenían que comer. Luego iba la Guardia Civil a buscarlos al monte y a algunos los cogía. Los que estaban en el monte también iban a mi casa a pedir comida y lo poco que teníamos lo repartíamos", cuenta.

"Luego para entrar en los pueblos tenías que pagar el ‘fiolato’ si querías pasar pan o cualquier cosa", añade.

Aunque sus padres no estaban implicados en el conflicto, en la familia de Tinita sí hubo pérdidas. "Yo tengo dos familiares que murieron en la batalla de Navalcarnero (Madrid), uno era mi tío, hermano de mi padre", explica.

Escuelas sin maestros


"Yo recuerdo que unos apoyaban a un lado y otros a otro. Alcocer era zona roja. Esos tres años de la guerra fueron muy malos. Las escuelas no tenían maestros. No había gente que mandara en el pueblo, ni alcaldes ni nada", comenta Agustín, que en 1936 tenía ocho años.

"Yo me dedicaba al campo con mi padre, a trabajar más que nada. Pasaba miedo porque se oían los tiros en pueblos como Pareja, que está muy cerca de Alcocer, a 12 kilómetros aproximadamente", precisa.

Sin embargo, el mayor temor en el hogar de Agustín se produjo cuando su padre fue llamado para combatir con el bando nacional. "Ya tenía fecha para salir él y otros cuatro quintos. Comieron carne porque celebraban una comida cuando se iban y estaban a punto de marchar. Recuerdo a mi madre llorando, pero al final no fue porque en ese intermedio terminó la guerra", apunta Agustín.

Bombas incendiarias 


A Eugenio le faLtaban cinco meses para cumplir los trece años cuando empezó la guerra y recuerda aquellos días como si fuesen ayer. "Yo era hijo de ferroviario y en febrero de 1936 nos marchamos para Navalmoral de la Mata, donde mi padre era subjefe", explica Eugenio, quien también heredó la profesión de su progenitor.

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Eugenio Álvaro, 98 años. G.G

"Cuando estalló la guerra vi por primera vez un avión. Muy bonito, color aluminio. Aquel avión echaba unos papeluchos. Cuando llegaron a tierra, todas las personas, mayores y niños, nos apresuramos a ver qué decían esos folletos. Ponían: ‘Pueblo de Navalmoral de la Mata, civil y militar, si en el plazo de doce horas no os habéis rendido, seréis bombardeados con bombas incendiarias. ¡Viva la República!’", cuenta Eugenio con precisión. "Es algo para recordar toda la vida", recalca.

"El pueblo de Navalmoral al principio de la guerra se posicionó al lado de la república y las tropas de Franco que habían desembarcado en Algeciras ya estaban invadiéndolo. Por eso el bando republicano advertía del bombardeo -explica Eugenio-. Los de Franco no se rindieron y a las nueve de la mañana empezó el bombardeo. Estuvieron machacando con bombas hasta largas horas de la tarde. A las seis cayó una bomba en la calle, reventó los pasadores de la cocina donde estábamos refugiados bajo colchones por si caían cascotes y abrió las puertas de par en par. Vi entrar fuego con piedras y tierra que se estrellaron en la pared de enfrente. Eso no se olvida. Aquel infierno pasó por encima de mi colchoneta", destaca.

"Cayó una bomba en la calle, las puertas se abrieron de par en par y vi entrar fuego con piedras y tierra"

"Cuando terminó el bombardeo, a las siete u ocho de la tarde, empezamos a salir todos a la calle -prosigue Eugenio-. Se veía la ceniza de los trigales por el aire y el resplandor llegaba a nuestros rostros. Desde ese día, era tanto el miedo que cuando veíamos a alguien correr corría todo el mundo a esconderse".

Con angustia también recuerda las amenazas de un legionario. "Estábamos en un refugio, bajó y nos dijo: ‘A ver, gallinas, desgraciados, ¿con qué queréis morir, con un puñal o con esta pistola?’. Aquel refugio estaba lleno de gente y de niños que llorábamos. Había una bombilla de 20 voltios pero el puñal relucía... A raíz de eso, una persona se fue a quejar al capitán de la Legión y lo mandaron a primera fila del frente", relata Eugenio.

Pero, pese al horror, era un niño y también recuerda tardes de juegos, marcados, eso sí, por el conflicto. "Tenía amigos de mi edad y jugábamos a la guerra. Sorteábamos quien era rojo o nacional echándolo a suertes. Nos íbamos a las trincheras de verdad y cogíamos los casquillos de las balas y nos los tirábamos unos a otros. Éramos conquistadores y conquistábamos casas que habían sido abandonadas. Recuerdo que estaba la loza de la cocina rota por el suelo y en una casa había un piano machacado a golpes producto de un saqueo... En otra encontramos un cochecito de niño con cuatro ruedas y pedales y lo ‘incautamos’", rememora Eugenio con una sonrisa.

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Pilar García, 90 años. G.G

La misma con la que relata que fue ‘flecha de Falange’, niños aspirantes a falangistas. "En el bando nacional había que dar la imagen de que estabas de acuerdo con las tropas de Franco, entonces mi padre, que no era de ningún partido, pensó: ‘Hago al niño flecha y ya está’. Nos daban escopetas y teníamos que desfilar. Nos gustaba mucho, todos estábamos contentos".

Su expresión cambia cuando recuerda las represalias franquistas contra las familias republicanas. "Como no podían coger al republicano se vengaban en la mujer, en el padre, en la hija... A las mujeres les rapaban el pelo e iban 50 en un grupo y todos mirábamos. Yo no sé si nos reíamos de aquella gente o llorábamos", comenta.

Muy distintos son los recuerdos de Pilar. "Mi padre era ingeniero industrial y estuvimos todos los años de la guerra viviendo en Lisboa, donde estaban haciendo electrificaciones. En el extranjero no notábamos nada porque estuvieron completamente al margen. Veníamos a Galicia en Navidad pero tampoco notábamos la guerra. No había nada de importancia. El norte estaba tranquilo", cuenta Pilar, que en mayo cumplirá 91 años.

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Agustín González, 94 años. G.G

De vuelta al presente a todos se les encoge el corazón cuando hablan de Ucrania y están muy pendientes de las noticias que llegan de allí. "Me da mucha pena ver los niños", dice María. "Me acuerdo de los nuestros que marcharon a Rusia", apunta Tinita. "Lo que está pasando es una masacre", concluyen