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DIARIO DE UN CONFINADO

El contagio de mi hermana Mercedes

Boris Johnson, con sus medidas a medio gas en el Reino Unido, donde el coronavirus se expande. J. SIMMONS / EFE
Boris Johnson, con sus medidas a medio gas en el Reino Unido, donde el coronavirus se expande. J. SIMMONS / EFE

9:00 

Me despierto temprano. El suministro de pan para hacer tostadas se ha regularizado. Lo que no se da regulado es el suministro de material sanitario. A los aviones de Ayuso, que no dan llegado, se suman los test chungos que encargó Sanidad y no funcionan. Yo me ofrezco al ministro y a todo el Gobierno a proveer cuantos test defectuosos quieran y cientos de aviones inexistentes cargados de mascarillas, de batas, de test y de respiradores. Hasta vendo vacunas falsas, todo ello al mejor precio de mercado. 

10:15 

Me entero del fallecimiento de Paul Hogan, que resulta que no murió. El que murió fue otro actor de Cocodrilo Dundee, una de las mejores películas que se han rodado jamás aunque Ramón Rozas no va a estar de acuerdo y me retirará el saludo durante al menos media hora. Ramón es más de John Ford que yo, que soy mucho de Silvester Stallone. 

13:00 

Me pongo a cocinar un exitoso plato para mi hijo y para un servidor. Costillas de cerdo con arroz o viceversa. Nunca lo había hecho, ni sé si es un invento mío o va a resultar que es un plato tradicional en algún lugar del planeta. Pues queda bien. Mi señora, como siempre, come mientras me mira mal. Ella se sirve una lasaña vegana y siento cómo su odio recorre mi médula espinal, pero eso es de siempre. 

15:30 

Después de la comida y una siesta agonizante, me despierto y compongo uno de mis humildes y grandiosos poemas. Se lo recito: "Loita / loita coma una troita / que cando marcha da auga / morre ou contaxia / coma ti se saes da casa. / Non saias nunca da casa, / pinfloi / como a troita de Caroi”. Y rima y todo. Ahora que tengo un premio Puro Cora, puedo escribir estupideces, como siempre, pero hay que leerlas con un mínimo de respeto. 

17:00 

Me amargan el día, la semana y el mes. No intencionadamente, claro, pero me llama Marcela y me cuenta que nuestra hermana Mercedes, Meye, se contagió del coronavirus. Trabaja en Londres en un hospital haciendo pruebas diagnósticas a bebés. Resulta que allí, según los protocolos, sólo reciben mascarillas quienes tratan a pacientes que ingresan en la Uci con síntomas severos. Los demás no, ni usan mascarillas en hospitales y mucho menos en supermercados, ni en gasolineras ni en ningún lado. La que se va a montar ahí en un par de semanas va a ser una cosa apocalíptica. Por encima, las instrucciones que reciben los infectados son estar de baja un par de semanas y reincorporarse, con lo que los trabajadores sanitarios se convierten en grandes contagiadores. La llamo y me cuenta que muchas madres, abuelas y padres de bebés a los que trató están ahora ingresados. Odio mucho a Boris Johnson, que también está infectado y es un imbécil. 

Me dice Meye que justo antes de coger la baja tuvo que cambiar unos días de hospital porque las seis personas que llevaban el servicio estaban de baja, y que están en cuadro porque todos y todas caen como moscas, pero como sólo le hacer los test al príncipe Charles, a Boris Johnson y a los que ingresan en urgencias, las estadísticas son totalmente irreales. Pues si aquí estamos mal, lo de allá ni les cuento: será una verdadera masacre. 

19:30 

Me escribe uno de mis amigos mejores, el padre Javier Porro, que es párroco en Santa María y debiera serlo en todas las parroquias de planeta, o sea, Papa. Me manda un vídeo que compartió con sus feligreses. El tío es genial. Subido al campanario con un elefante de peluche, pide a sus parroquianos y parroquianas que dejen de estar todo el día en las redes sociales, donde pierden un valioso tiempo en leer a cualquiera que les dice a quién deben rezar y a qué hora, cuelgan compulsivamente estampitas y generan todo tipo de liturgias y rituales. Mi padre Javier les dice que dediquen parte del tiempo que pierden en las redes sociales a rezar de verdad, y estoy con él, aunque yo no rezo porque para eso reza él por mí. Pero tiene razón en una cosa, y es que hay tanta gente estos días diciéndonos lo que tenemos que hacer y perdemos tanto tiempo leyéndolos o escuchándolos que para una vez que nos sobra el tiempo, nos dedicamos a perderlo. 

20:00 

Me escribe la exconcelleira María José Teso para preguntarme qué tal lo llevo. Es un cielo. En principio la confundo con Aurora Cañizares y le pregunto qué tal su novio John Henderson, campeón mundial de tiro al plato. Una vez aclarado el malentendido, ahora sí acertadamente le pregunto por uno de sus dos hijos, que la última vez que lo vi venía con los dos brazos escayolados. Imagínese usted. Uno lo partió en un accidente de moto y el otro no me acuerdo. Pero el chaval, que es alto y apuesto lo llevaba bien. Me dice la madre que ya no tiene los yesos. Pienso que por lo menos hay una persona en el mundo que ahora está mejor que antes y eso me levanta el ánimo. 

El contagio de mi hermana Mercedes
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