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CAMINO A LA NOROMALIDAD

Destrozar estatuasa

Estatua del general confederado Albert Pike con una soga al cuello tras ser derribado en Washington.EFE
Estatua del general confederado Albert Pike con una soga al cuello tras ser derribado en Washington.EFE

VAYAMOS por partes. Hay que empezar diciendo que como norma, no está bien destrozar un bien público, sea un contenedor de basura o una estatua de Colón. Los monumentos que se están derribando estos días, principalmente el los Estados Unidos, pero también en otros países, son de todas y todos los habitantes de la ciudad que los erigió, o del condado, o del distrito o de lo que sea. Nadie debe usurpar una propiedad pública y destruirla simplemente porque no le guste. O sea que muy mal.

Un bien público, sin embargo, no es siempre necesario y puede ser ofensivo. Obligar a ciudadanos negros o antirracistas a pasar cada día por delante de la estatua de un tratante de esclavos o de un general confederado es someterlos a un agravio intolerable y eso no está bien. Esas estatuas tenían que haberse retirado hace mucho tiempo ya, o sea que si las autoridades no lo han hecho nunca, está bien que lo haga el pueblo. O sea que muy bien.

Muchas de esas estatuas tienen un valor artístico indiscutible, según han dicho algunos expertos. Y el arte no debe destruirse jamás por el simple hecho de que no le guste a alguien lo que representa, pues eso mismo hicieron los talibán con los budas aquellos de Bamiyán y a todos nos pareció horroroso. O sea que muy mal.

Los hechos históricos, dicen, hay que observarlos con la perspectiva del momento en que ocurrieron, pero eso no significa que con el paso del tiempo y la evolución de la sociedad no puedan reinterpretarse con una mirada de 2020. Es obvio que cuando se erigieron esos monumentos a líderes esclavistas, los consideraban dignos de tal honor, de la misma manera que es absolutamente razonable que hoy mucha gente no los vea como a héroes que merezcan una estatua expuesta al público en un lugar destacado. O sea que muy bien.

Pintarrajear un monumento, o decapitarlo, o tirarlo al mar es un acto de vandalismo violento. Y ni una cosa ni la otra son hechos que se puedan consentir, de la misma manera que no se debe consentir que un nazi acuchille el Gernika de Picasso porque lo que ve ahí no le parece bien, o porque se siente señalado. Si todo el mundo se siente libre para decidir qué monumentos quedan en pie y cuáles no, no habría estatua en el mundo. O sea que muy mal.

La Guerra de Secesión de los Estados Unidos terminó en 1865 y con ella la esclavitud, pero no el racismo. Todos nos negros norteamericanos crecieron escuchando historias de sus antepasados esclavos y a día de hoy siguen siendo tratados como ciudadanos de tercera clase. La Ley de Derechos Civiles que prohíbe la segregación racial es de apenas 1964. Hasta ese año, escuelas, alojamientos, restaurantes, centros de trabajo y transporte público no permitían que los afroamericanos compartieran espacio con los blancos. Y hoy día siguen siendo discriminados a diario por la policía y por grupos supremacistas. Para ellos, esos monumentos representan demasiado sufrimiento. O sea que muy bien.

En casos como la agresión a una estatua de Cervantes, ahí ya se les fue la pinza. No entiendo qué pueden tener contra un señor que lo único que hizo fue escribir novelas. Casos igualmente discutibles son los de Fray Junípero Serra, un fraile que anduvo por ahí de misionero. Tampoco entiendo qué les hizo para que se metan con él. La discrecionalidad con la que se emplean los destructores de monumentos puede llevarles a meterse con inocentes. O sea que muy mal.

Lo de Colón es otra cosa. Aunque jamás pisó tierras del actual EE UU, por alguna razón el país está repleto de monumentos dedicados a su memoria, imagino que por influencia de la potente y numerosa comunidad italoamericana. Aunque por el mundo adelante se haya presentado siempre a Colón como un explorador y navegante, se oculta que fue el primer esclavista europeo que pisó el continente americano, un conquistador nada piadoso que trató a los indígenas con extrema violencia. O sea que muy bien.

Para dilucidar estas cuestiones, las partes en conflicto deberían sentarse y hablar de lo que está mal y de lo que está bien partiendo de una premisa, y es que todo parte de una discriminación racial que parece no tener fin, de la desigualdad social y de la brutalidad policial que sufren en Estados Unidos los ciudadanos negros, también los latinos y los asiáticos. O eso, o que tiren las estatuas una tras otra y con ellas, lo que representan, porque aunque eso no esté bien, ni todas las estatuas del mundo valen más la libertad y el respeto a los derechos humanos.

Lo óptimo sería que se decidiera qué estatuas se deben retirar, por qué, y qué hacer con ellas, ya que parece que ni es buena solución dejarlas ahí como una ofensa permanente, ni lo es que cualquiera vaya por ahí destrozando monumentos a lo loco.

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