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FRÄULEIN PONTEVEDRA

La Quimera... Ya le digo que Carmela Silva no es lisonjera

Carmela Silva. JAVIER CERVERA-MERCADILLO
Carmela Silva. JAVIER CERVERA-MERCADILLO

—Ya le digo que Carmela Silva no es lisonjera —advertí antes de que me lo preguntara Mein Fraülein Rottenmeier. Como de costumbre, ella salía de la puerta giratoria de su hotel y me entregaba la maleta.

—Eso ya me lo imaginaba. Aparte de Herr Tino Lores, nadie lo es en esta ciudad, o eso me parece a mí. No obstante me interesa llevarme bien con ella, caerle bien. A veces los negocios como el que me traigo entre manos dependen mucho del aprecio mutuo entre dos personas, así que dígame entonces cómo es ella.

-Frau Silva es feminista...

—¡Vaya, no será de esas mujeres que piden el derecho al sufragio. Vaya tontería. En los mejores tiempos del III Reich no existía ese derecho ni para los hombres y nos iba divinamente, pero en fin. ¿Qué puedo hacer para caer en gracia a Frau Silva?

—Bueno. Utilice lenguaje inclusivo.

—¿Y qué estupidez es esa? —preguntó intrigada.

—Pues que si por ejemplo se refiere usted a un grupo de personas en el que hay mujeres y hombres, debe citarlos y citarlas como ellas y ellos —expliqué—. Y desde luego, si habla usted de una mujer que ejerce la cirugía, debe llamarla cirujana, no cirujano.

—Qué contratiempo. ¿Y eso se hace siempre? Menudo aburrimiento. Debe la gente acabar harta, pero en fin, si hay que hacerlo, todo sea por mi bien. ¿Algo más?

—Sí, también es una firme defensora de la diversidad. O sea que las personas deben tener los mismos derechos con independencia de su orientación sexual, de su procedencia, de su religión, de la cultura a la que pertenezcan o de las tradiciones que practiquen.

—¡Bueno, bueno, bueno. ¿O sea que un negro o un gitano homosexual son como yo? ¿Pero a quién se le ha ocurrido tamaña tontería? Mañana mismo llamo a Herr Hitler y le pido que tome cartas en el asunto.

Entramos en el palacio de la Deputación, pasamos frente al busto de Juan Carlos I, si es que todavía sigue ahí, y subimos hasta el despacho de la presidenta, que nos recibió en la puerta tendiéndonos la mesa y ofreciéndonos asiento, invitación que yo rehusé con un gesto amable pues Mein Fraülein no me lo permitía.

—En fin, ¿qué puedo hacer por usted? —se dirigió a la institutriz.

—Soy lesbiana o lesbiano —mintió ella mientras Frau Silva la miraba con extrañeza—, así que tengo un gran concepto o concepta de usted, que defiende la igualdad entre todos y todas. Bien, le diré: el solar o solara sobre el o la que se levanta este edificio o edificia me pertenece, así como muchos y muchas de las propiedades de esta provincia y provincio, como el castillo o castilla de Soutomaior o Soutomaiora. Entrégueme la carpeta o carpeto —me ordenó—. Como sabrá, me está resultando muy complicado o complicada hablar con los responsables y las responsables políticos o políticas de Pontevedra o Pontevedro. Ya no sé si recurrir a un periodisto o una periodista para hacer que el asunto o asunta despegue. ¡Mein Führer, qué agotador es hablar así! —exclamó mientras tomaba aire e ignoraba mis gestos desesperados, que consistían en mover la cabeza de uno a otro lado, ya que las dos manos las tenía ocupadas con la maleta.

—¿Pero exactamente qué es lo que quiere usted? —preguntó la presidenta, que se estaba impacientando—. Perdóneme un segundo, que estoy poniendo un tuit. Ahora mismo estoy con usted.

—Él o ella —me señaló Rottenmeier despectivamente—, me ha dicho o dicha que usted es una persona o persono que sabe escuchar o escuchor. Hablé con Herr Mosquera o Mosquero, con Frau Gulías o Gulíos, con Frau o Herr Fouces. No sé, mi intención o intenciona es llegar a un acuerdo o acuerda negociado o negociada para o paro resolver lo de mis tierras o tierros de una manera favorable o..., o favorable, vaya por fin encuentro una palabra o palabro que se puede decir de una única o único manera o manero. ¡Mein Kampf!, ¿de verdad hablan ustedes así o asá? ¡Es un derroche o una derrocha de energía o energío!

—Verá, señora Rottenmeier, yo la he recibido por una cuestión de cortesía, pero ya me imaginaba a qué venía su interés por mantener esta reunión. Lo que nadie me había contado es esa manera absurda que tiene usted de hablar. Voy a serle sincera: comprenderá que voy a defender los intereses de la institución que presido, o sea que aquí no hay nada que negociar, y tengo la certeza de que no encontrará a nadie que pueda ni quiera ayudarla. Ya puede hablar usted con el alcalde...

—Miguelancso —interrumpió.

—Sí, con Miguel Anxo o con quien quiera. ¿Pero de verdad usted creía que le íbamos a entregar media provincia o una cantidad como compensación? Usted viene aquí dándoselas de dueña y pretende encontrar a alguien que le siga la corriente, y lo único que ha encontrado es a éste, —me señaló mientras me miraba como llamándome parvo—. Está usted muy equivocada, permítame la franqueza...

—¡Es usted una desconsiderada o desconsiderado! —gritó Mein Fraülei Rottenmeier mientras se ponía de pie y sacaba la regla de madera de su manga—. ¡Extienda o extiendo los manos o las manas!

Cuando Carmela Silva nos echó de su despacho, Rottenmeier salió hecha una furia.

—¡La culpa o el culpo es suyo o suya! ¡Estoy escalfada o escalfado! me chilló. ¡No sirve usted para nada ni nado! ¡Idiota o idioto, eso es lo o la que es usted, un papanatas o papanatos! La próxima o próximo semana o semano espero que las cosas o cosos vayan mejor o mejora o tendré que tomar serias o serios medidas o medidos. Usted verá o veró.

(continuará)

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