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El último habitante del monasterio de Tenorio: "No vivo solo; tengo tres gallinas y un gato"

El cura de San Pedro de Tenorio, en el exterior del monasterio. RAFA FARIÑA
El cura de San Pedro de Tenorio, en el exterior del monasterio. RAFA FARIÑA

Jesús Escudeiro Gandos llegó al convento de San Pedro en 1965 ▶A sus 88 años, oficia misa todos los días y conduce

Jesús Escudeiro Gandos se levanta todos los días a las siete de la mañana, salvo los domingos, que lo hace un cuarto de hora antes. Es el último habitante del monasterio de San Pedro de Tenorio, situado en Cerdedo-Cotobade. "No vivo solo. Tengo tres gallinas y un gato", señala.

El religioso llegó al convento en 1965 cuando estaba "lleno" de curas. Pero la falta de vocaciones sacerdotales ha convertido su hogar en un remanso de silencio que solo interrumpe el coro. "Tienen un aquí una sala para ensayar", apunta.

Una gallina en el monasterio de Tenorio. RAFA FARIÑA

Jesús es el guardián de una iglesia que se remonta al año 1073, de un claustro proyectado en 1580 y de una casa de 1696. "Eso sufrió muchos cambios. Y también algunos derrumbes", recuerda.

El cenobio se encuentra en un estado casi ruinoso, con algunas de sus salas cerradas por riesgo de desplome del suelo de madera carcomido por las polillas –en la imagen inferior–. "Hace 25 años que estoy solo. No hay relevo", lamenta. "Las cosas han cambiado mucho. La vida de familia ya no es como antes", añade.

Dependencia monacal con el techo de madera a punto de caerse. RAFA FARIÑA

El párroco de San Pedro oficia misa todos los días. Y también conduce. "Ahora tengo el coche en el taller. Hay que ponerlo a punto", indica. "Realmente, mi preocupación fundamental es la edad. Cada vez va a más y se puede menos. ¿Cuántos me echas?", pregunta.

A sus 88 años, don Jesús, como lo conocen sus feligreses, refugia sus horas muertas en la lectura. "Ahora estoy leyendo el diccionario gallego", afirma en el interior de la biblioteca –en la imagen inferior–, que tiene referencias de más de cien años de antigüedad.

Don Jesús en la biblioteca, donde tiene su despacho. RAFA FARIÑA

También se ocupa de su gato, al que le echa de comer tres veces al día, y de sus terrenos. A cambio de que le quiten las malas hierbas, Jesús permite que las ovejas de una vecina pazcan en las fincas del monasterio, que cuentan con un importante viñedo. "Es todo uva catalana. Este año no hay", lamenta.

Jesús no ve con malos ojos que el convento pueda tener un uso turístico, aunque cuestiona el interés de la iniciativa privada. "Un embajador de los países árabes quiso comprarlo hace muchos años. Cuando supo que había un cementerio, se echó atrás", comenta con retranca. Luego recuerda haber sido objeto de varios intentos de robo, lo que le obligó a poner rejas en una ventana y a reforzar una puerta.

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